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El intento de divinizar su figura le estalla en la cara incluso entre sus propios aliados religiosos
Hay gestos que retratan una época. Y hay gestos que la deforman hasta lo grotesco. Lo que ocurrió el 13 de abril no fue solo una polémica más en la larga lista de Donald Trump. Fue otra cosa. Una escena que mezcla propaganda, delirio y cálculo político mal medido.
El presidente de Estados Unidos publicó en su red social una imagen generada con inteligencia artificial en la que aparecía como Jesucristo, curando a un enfermo. No era una metáfora sutil. Era literal. Una apropiación simbólica de lo religioso en su versión más explícita. Horas después, tras una tormenta inesperada, la borró sin explicación. La imagen, que puede verse en el mensaje original difundido en Truth Social, duró poco más de doce horas en su cuenta oficial.
Doce horas. Eso fue suficiente para medir el pulso real de su base.
Porque esta vez no fueron solo sus críticos habituales. Ni los medios progresistas. Ni los sectores laicos. El rechazo llegó desde dentro. Desde su propio ecosistema. Desde quienes llevan años justificando cada paso, cada exceso, cada declaración.
Isabel Brown, presentadora de un podcast católico vinculado a Daily Wire, no se anduvo con rodeos: calificó la publicación de “repugnante e inaceptable”. No es un matiz. Es una ruptura. Una grieta. Michael Knowles, otra figura mediática alineada con Trump, fue más pragmático: le convenía borrarla, dijo, tanto “espiritual como políticamente”.
Y la borró. Sin dar explicaciones. Sin asumir el error. Como si no hubiera pasado nada.
Pero pasó.
Pasó porque la operación era evidente. No se trataba solo de una imagen provocadora. Era un intento de consolidar una narrativa. La del líder providencial. La del salvador. La del elegido. Una lógica peligrosa que no es nueva, pero que aquí se expresa sin filtros. Sin metáforas. Directamente.
Y aun así, esta vez falló.
Porque incluso dentro de un movimiento acostumbrado a la exageración simbólica, hay límites. Límites culturales. Límites religiosos. Límites que no siempre coinciden con los de la política, pero que siguen existiendo.
Lo interesante es que esto ocurre en un momento concreto. Justo después de que Trump cargara públicamente contra el papa León XIV, al que acusó de ser “débil con el crimen” y “terrible en política exterior”. El motivo: las críticas del pontífice a la guerra en Irán. Trump fue más allá y dejó claro su malestar con una frase reveladora: no quiere un papa que critique al presidente de Estados Unidos mientras él está cumpliendo su mandato, según dice, respaldado por una “aplastante mayoría”.
Ahí está el núcleo. No es solo una disputa política. Es una concepción del poder. Una idea de autoridad que no admite cuestionamiento, ni siquiera desde el ámbito religioso. O especialmente desde ahí.
La imagen como Jesucristo no era un accidente. Era coherente con ese marco mental. Si el poder no puede ser cuestionado, debe ser sacralizado. Convertido en algo superior. Incuestionable. Intocable.
Pero la reacción demuestra que ese proceso tiene límites. Y que no todo el mundo está dispuesto a seguirlo hasta el final.
No es la primera vez que Trump juega con este tipo de simbología. El año pasado ya publicó otra imagen en la que aparecía vestido como papa, también generada con inteligencia artificial. Aquello generó ruido, sí. Pero no este nivel de rechazo interno.
Algo ha cambiado.
Quizá el contexto. Quizá la acumulación. Quizá el desgaste de una estrategia basada en la provocación constante. O quizá, simplemente, que hay gestos que rompen incluso las dinámicas de lealtad más férreas.
Porque una cosa es instrumentalizar la religión. Y otra muy distinta es colocarse directamente en el lugar de la figura central de esa religión.
Y eso, esta vez, no ha colado.
Lo que queda ahora no es solo la anécdota de una imagen borrada. Es la evidencia de que la maquinaria simbólica también falla. De que incluso en los entornos más alineados hay resistencias. De que no todo vale.
Y sobre todo, que cuando el poder intenta convertirse en fe, a veces acaba chocando con algo más difícil de manipular: la propia creencia de quienes lo sostienen.
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