No se trata solo de Trump, de Musk o de sus seguidores. Se trata de nosotras y nosotros, de si seremos capaces de identificar a tiempo los monstruos que emergen en este claroscuro.
Por Javier F. Ferrero
Decía Antonio Gramsci que en los momentos de transición entre un viejo mundo que muere y uno nuevo que no acaba de nacer, emergen los monstruos. En este claroscuro contemporáneo, Elon Musk ha protagonizado un gesto que, lejos de ser accidental, se inscribe en la normalización de discursos y símbolos que evocan el fascismo. Durante la investidura de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, Musk levantó el brazo en un movimiento que tanto medios como la ciudadanía no ha dudado en calificar como un «saludo fascista». Solo algunos que siguen con la venda en los ojos dicen que esto fue una casualidad.
Desde su posición como uno de los hombres más poderosos del mundo, Musk ha hecho de la provocación un arma política. No es casual que su gesto, acompañado de frases sobre un supuesto «futuro asegurado» de la civilización, resuene con ecos peligrosos de discursos totalitarios. La banalización de estos gestos no es inocente; forma parte de una estrategia global que busca normalizar lo inaceptable, reescribir las reglas y anestesiar la resistencia.
La prensa internacional, desde Haaretz hasta el Jerusalem Post, no tardó en hacerse eco del gesto, subrayando su similitud con el «sieg heil». En España, figuras políticas como Gabriel Rufián lo señalaron con crudeza, denunciando que no hay equívocos en estas acciones. Sin embargo, el verdadero problema no reside únicamente en Musk, sino en la audiencia de 20.000 personas que vitorearon sus palabras y en las redes que amplificaron su gesto sin matices. Este apoyo masivo evidencia algo más profundo: el terreno fértil que ha encontrado el autoritarismo en nuestras sociedades digitales.
ELON MUSK COMO MOTOR DE LA INTERNACIONAL REACCIONARIA
Elon Musk no es solo un multimillonario excéntrico; es el arquitecto de un sistema que promueve y refuerza agendas de extrema derecha en todo el mundo. Desde su red social X, previamente conocida como Twitter, ha transformado el algoritmo para amplificar mensajes reaccionarios y limitar voces disidentes, consolidando un espacio donde las narrativas autoritarias prosperan sin freno.
Su discurso durante la investidura de Trump deja entrever una agenda global que utiliza la tecnología como herramienta de control y propaganda. Musk habló de conquistar Marte y de un «futuro asegurado», pero lo que realmente propone es una visión de futuro donde la desigualdad, la explotación y la represión están garantizadas bajo una capa de progreso tecnológico. Este relato se convierte en un vehículo perfecto para conectar a líderes ultraderechistas de distintos países, configurando una especie de internacional reaccionaria que encuentra en él su principal estratega.
La maquinaria tecnológica liderada por Musk no solo influye en elecciones, sino que redefine las reglas del discurso público. Al modificar el algoritmo de X para priorizar ciertos contenidos, Musk se sitúa como un actor político global, capaz de moldear opiniones y consolidar liderazgos autoritarios. Esta es una estrategia que trasciende fronteras, conectando a fuerzas ultraderechistas en Europa, América y más allá, bajo un mismo paraguas ideológico.
La pregunta que debemos hacernos no es si Musk simpatiza o no con el fascismo, sino cómo sus acciones refuerzan un sistema que avanza hacia un autoritarismo global. Ante este panorama, la pasividad es complicidad. Permitir que gestos como el de Musk queden sin respuesta es abrir la puerta al resurgimiento de ideologías que creíamos derrotadas. La tecnología, en manos de quienes buscan el poder a cualquier coste, se convierte en el arma más eficiente de dominación.
No se trata solo de Trump, de Musk o de sus seguidores. Se trata de nosotras y nosotros, de si seremos capaces de identificar a tiempo los monstruos que emergen en este claroscuro.
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Javier F. Ferrero
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