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Estimada Maribel,
No te escribo para sumarme al linchamiento, ni para engordar el vertedero emocional de las redes. Ya hay suficiente miseria ahí. Te escribo porque, en la historia del 29 de octubre, tú ocupas un lugar que no pediste, pero que aceptaste; un punto exacto entre la casualidad y la responsabilidad pública. Te escribo porque no eres culpable de la tragedia, pero sí eres pieza necesaria en su relato. Y porque el silencio también construye un relato.
Aquel día, mientras 229 familias empezaban a perderlo todo, tú estabas en un restaurante con Carlos Mazón durante tres horas y media. No eras la responsable de emergencias, no llevabas un teléfono rojo, no tenías que activar protocolos. Pero eras periodista. Y estabas al lado del president cuando él mentía sobre dónde estaba, cuándo llegó a su despacho y a qué hora pisó el Cecopi.
Y tú lo sabías.
Sabías que no estaba a las cinco en su despacho, como afirmó. Sabías que no llegó a las siete al Cecopi, como juró en sede parlamentaria. Sabías que pasó la tarde contigo; que ordenó a sus escoltas retirarse; que a las 20:28 solo llegó porque salió pitando; y que, mientras la consellera no lograba contactar con él, tú justificabas ante una jueza que estabas trabajando con el portátil en un aparcamiento.
No es delito. No es motivo para insultarte. Pero es relevante. Y es opinable. Mucho más cuando tú eras la única testigo capaz de confirmar la verdad en una tragedia que aún hoy exige respuestas.
Lo que más duele no es que estuvieras allí, Maribel. Lo que duele es que, sabiendo lo que sabías, elegiste acompasar tus versiones a las de él. Primero que salisteis a las cinco. Luego a las seis. Que os despedisteis en la puerta. Luego en el parking. Que la comida duró tanto. Luego que duró más. Que trabajabas en el coche. Luego que esperabas. Una pauta que encaja con él de manera casi coreográfica.
No hablo de intención, hablo de efectos.
Porque tu silencio, parcial e incómodo, ha sido la muleta que Mazón necesitaba para sostener su mentira. Él manipula horas, deshace cronologías, tornea el tiempo para encajarlo a su conveniencia. Y en ese baile tú has bailado también.
Preguntarse por qué no lo contaste todo desde el principio no es un escrache. Es pensamiento crítico. Si tú, que estabas allí cuando él decidió no estar donde debía, no cuentas la verdad completa, ¿quién lo hará?
El periodismo, incluso cuando una ya no ejerce, lleva una brújula dentro. Y tú la tenías delante: la noticia más importante de tu vida. La que podía arrojar luz sobre una gestión que hoy está bajo investigación judicial. La que podía haber obligado al president a asumir responsabilidades. La que quizá habría evitado un año entero de retorcimientos, excusas y versiones cambiantes.
La brújula marcaba norte. Tú giraste hacia otro lado.
Nadie te exige heroísmo. Solo claridad.
Y sí, es él quien tiene que explicar sus 37 minutos en blanco, su ausencia deliberada, sus decisiones u omisiones que pudieron empeorar una tragedia. Pero eras tú quien podía decidir si aquella tarde quedaba envuelta en sombras o en luz. Qué lugar querías ocupar en el relato de una emergencia que no buscaste, pero que te encontró.
La mala suerte o las malas decisiones te colocaron ahí. Lo que hiciste después fue una decisión.
No te escribo para condenarte. Te escribo para recordarte que aún puedes elegir si tu nombre forma parte del encubrimiento… o de la verdad.
Y, sobre todo, porque las familias de 229 víctimas merecen algo más que otro silencio.
Atentamente,
Javier F. Ferrero
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