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La reciente confrontación entre los líderes del PSOE y el PP, más que un debate pareció una pelea en un patio de colegio
Javier F. Ferrero
Las comparaciones son odiosas, pero a veces son necesarias para abrirnos los ojos y permitirnos apreciar nuestras realidades con una perspectiva más crítica. Cuando nos remontamos en el tiempo y echamos un vistazo a la vasta gama de líderes que han marcado el curso de la historia, es inevitable preguntarnos: ¿Nos merecemos esta clase política?
Consideremos a líderes como Nelson Mandela, cuya resistencia inquebrantable contra la opresión racial en Sudáfrica ha sido una fuente de inspiración para las luchas por la igualdad alrededor del mundo. O a Mahatma Gandhi, cuya doctrina de la no violencia y la desobediencia civil pacífica cambió el curso de la historia de la India y dejó una huella imborrable en la humanidad. Sí, son casos extremos y muy alejados, pero todos ellos, sin importar las críticas que pudieron haber recibido, demostraron una dedicación y un compromiso innegables hacia el bienestar de sus naciones.
Ahora, si contrastamos estas figuras con el panorama político actual, el desaliento es casi inmediato. La reciente confrontación entre los líderes del PSOE y el PP, que más que un debate pareció una pelea en un patio de colegio, ha dejado una huella negativa en la percepción pública. Interrupciones constantes, ataques personales, datos contradictorios sin verificación y un espectáculo de hostilidad que eclipsó cualquier intento de discusión constructiva.
Los espectáculos de este tipo no deberían ser la norma en la esfera política. Las líderes y líderes deberían centrarse en debatir propuestas e ideas que beneficien a la sociedad, en lugar de enredarse en confrontaciones que no aportan nada sustancial. La falta de moderación y la aparente incapacidad para mantener el orden durante el debate sólo sirven para desacreditar aún más a nuestra clase política.
La realidad es que el estado de nuestra clase política es un reflejo directo de la sociedad que las elige y las respalda. A medida que nuestras sociedades se han vuelto más polarizadas, nuestros líderes políticos parecen haber adoptado la misma actitud divisiva. En lugar de buscar un terreno común, estamos obsesionados con la demonización del «otro», olvidando que todas y todos formamos parte de una misma comunidad.
Los comentarios y reacciones en las redes sociales son un claro indicador de este problema. Durante el debate, en lugar de exigir discusiones sustanciales sobre temas importantes como la sanidad, la educación, la crisis climática, los derechos humanos y las políticas sociales, entre otros, gran parte del público parecía más interesado en los momentos de tensión y confrontación.
En este sentido, el periodista Jordi Évole apuntó con sus tuits críticos a la esencia del problema. La falta de condena de Feijoo al eslogan ofensivo “Que te vote Txapote”, y la idea de que los ausentes en el debate (referencia a Yolanda Díaz) podrían ser los verdaderos ganadores, pone en relieve la pobreza de nuestro discurso político.
Cabe preguntarse, ¿es esto lo que nos merecemos? ¿O simplemente es lo que obtenemos cuando renunciamos a la responsabilidad de exigir más de nuestros líderes y de nosotras y nosotros mismos? Quizás es hora de que comencemos a esperar más de nuestras políticas y políticos, a desafiar los discursos de odio y división y a promover un debate constructivo y basado en hechos.
En palabras de George Orwell en su obra ‘1984’: «En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario». Tal vez necesitamos más de estas «revoluciones» en nuestra política y en nuestra sociedad. Necesitamos líderes que se atrevan a decir la verdad, a enfrentarse a los bulos y a las noticias falsas, y a defender las necesidades y derechos de todas y todos, sin excepción.
Por último, pero no menos importante, nos necesitamos a nosotras y nosotros mismos dispuestos a cambiar, a exigir más, y a ser partícipes activos en la construcción de una sociedad más justa, equitativa e inclusiva. Porque, al final del día, la clase política que tenemos es la que, consciente o inconscientemente, hemos permitido tener. Y si queremos algo mejor, el cambio debe comenzar por nosotras y nosotros mismos.
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