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Marine Le Pen fracasa en su intento de victimización tras la condena por corrupción
Marine Le Pen creyó que su condena judicial bastaría para movilizar a miles. Se equivocó. El pasado domingo, la líder del Reagrupamiento Nacional (RN) intentó capitalizar políticamente su reciente condena por malversación de fondos europeos con una manifestación en París. Ni el despliegue mediático, ni los autocares fletados por el partido, ni el victimismo de manual sirvieron: la plaza de Vauban apenas reunió a unas 3.000 personas, un pinchazo estrepitoso para quien aspiraba a presentarse como mártir de la “justicia politizada”.
El contraste con otras movilizaciones en Francia no puede ser más revelador. Mientras millones tomaban las calles contra la reforma de las pensiones en 2023 o por la defensa de la sanidad pública en 2024, la extrema derecha no consigue arrastrar ni a su militancia más fiel en un momento crítico. El trumpismo a la francesa ha tropezado con la realidad: en Francia, aún hay quien distingue entre justicia y espectáculo.
Ni siquiera la gravedad de la sentencia —cuatro años de prisión, dos firmes con brazalete electrónico, y cinco de inhabilitación política— bastó para activar el músculo social del RN. Y eso que la convocatoria llegó acompañada de un relato conspiranoico, acusando a la justicia de ser un brazo político del Estado profundo. Pero Francia no es Estados Unidos. Aquí, la teoría del complot no cala tan fácilmente en una sociedad vacunada, al menos de momento, contra el delirio reaccionario.
Además, la respuesta institucional fue clara. El tribunal de apelación se apresuró a anunciar que dictará sentencia definitiva en verano de 2026. Le Pen, por tanto, sabe ya que tendrá diez meses para reconfigurar su futuro político antes de las presidenciales de 2027. Un calendario que desmonta el relato de una persecución urgente, arbitraria y sin garantías.
EL PARLAMENTO Y LAS URNAS OBSERVAN EL DESGASTE
Pese al varapalo, las encuestas siguen dándole aire. Según un sondeo de Elabe para BFMTV y La Tribune Dimanche, realizado entre el 2 y el 4 de abril, Le Pen mantiene entre un 32 % y un 36 % de intención de voto. Jordan Bardella, su heredero designado, también aparece bien posicionado. Pero los datos esconden un desgaste. El apoyo no crece. Y la calle, claramente, no responde.
El espectáculo fallido del domingo no solo ha mostrado la debilidad de Le Pen en la capital. Ha hecho tambalear también su autoridad dentro del partido. Algunos sectores del RN se preguntan ahora si tiene sentido seguir tensando la cuerda institucional con mociones de censura o amenazas de ruptura parlamentaria. Más aún cuando ella misma, hoy por hoy, no puede ser candidata a nada.
Desde el entorno del presidente François Bayrou se apunta que un adelanto legislativo sería un suicidio político para el RN, pues dejaría a Le Pen fuera del tablero. A pesar de ello, el partido insiste en que las decisiones se tomarán “pensando en el país”, una fórmula tan vacía como reveladora de su falta de estrategia.
Mientras tanto, los discursos de odio vuelven a traducirse en violencia real. Este martes, un hombre de 76 años fue detenido en La Garenne-Colombes por amenazar de muerte a magistrados involucrados en la sentencia de Le Pen. La Fiscalía de Bobigny lo investiga por amenazas graves y ultraje a funcionarios públicos. Y no es un caso aislado: según Le Monde, la policía judicial ha recibido múltiples denuncias similares en los últimos días.
Es el resultado previsible de una estrategia que convierte la justicia en enemigo, al Estado en represor y a la ley en un obstáculo a derribar. Marine Le Pen alimenta el fuego de una indignación prefabricada, pero las llamas ya no calientan a su electorado. La indiferencia ciudadana ha hecho más daño que cualquier editorial o condena formal.
Incluso dentro de la derecha tradicional, algunos empiezan a recular. Laurent Wauquiez, de Los Republicanos, que al principio salió en defensa de Le Pen, ha cambiado el discurso y habla ahora de “un asunto grave”. El oportunismo político, como siempre, marca el ritmo de quienes no tienen más principios que los dictados por las encuestas.
La ultraderecha francesa ha intentado construir su relato heroico sobre una condena por corrupción. Ha fracasado. No por falta de medios ni de aliados, sino por exceso de ambición y desprecio a la inteligencia colectiva. París ha hablado. Y lo ha hecho con el silencio de una plaza medio vacía.
Frente al autoritarismo maquillado de patriotismo, la ciudadanía responde con desinterés. Porque ni la mentira constante, ni el victimismo impostado, ni el odio institucionalizado consiguen llenar las calles cuando lo que se defiende es el privilegio de una corrupta.
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«Ajo y agua».
Los votantes de Lepen no les ves en la calle, son como las ratas de Vox y demás chusma, cobardes escondidos que salen como las cucarachas de noche, en hordas de sádicos frustradxs,persiguiendo la presa facil para desahogar su ira malsana apestosa.
Pero mañana pondrán la papeleta si nadie les para los pies, hoy y ahora en todos lados.
Salud y anarkia