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Cuando los hospitales son arrasados, callar también es tomar partido.
LA NEUTRALIDAD QUE CALLA ANTE EL HOSPITAL DESTRUIDO
The Lancet ha publicado una petición para suspender a la Israel Medical Association (IMA) de la World Medical Association (WMA). No hablamos de un gesto simbólico menor ni de una rabieta académica. Hablamos de una fractura ética en el corazón de la medicina internacional. La petición, publicada el 13 de junio, llega firmada por organizaciones sanitarias como People’s Health Movement, Artsen voor Gaza (Doctors for Gaza) y el Health Advisory Council de Jewish Voice for Peace. El motivo es brutal: la IMA no habría alzado la voz contra el genocidio del pueblo palestino, la destrucción de la infraestructura sanitaria y la tortura y asesinato de trabajadoras y trabajadores de la salud en Gaza.
La noticia, recogida el 14 de junio por The Jerusalem Post, intenta envolver el debate en el embalaje habitual: antisemitismo, boicot, innovación médica, doble rasero. El repertorio completo. Pero el fondo no desaparece por mucho que se le ponga una bata blanca encima. La pregunta incómoda no es si la medicina debe ser neutral. La pregunta es qué clase de neutralidad mira un hospital destruido y solo ve un problema diplomático.
Leslie London, profesor emérito de Salud Pública en la Universidad de Ciudad del Cabo y miembro de PHM South Africa, fue directo al hablar con The Lancet: la IMA habría colaborado, por acción u omisión, en el trato insoportable dado a las y los palestinos durante esta guerra. La frase escuece porque rompe el lenguaje anestesiado con el que se intenta hablar de Gaza. No dice “crisis”. No dice “tensiones”. No dice “daños colaterales”. Dice complicidad. Y esa palabra pesa.
La British Medical Association ya suspendió sus vínculos con la IMA en junio de 2025. No fue un exabrupto. La BMA venía denunciando ataques contra personal sanitario e infraestructuras médicas, y en su reunión anual de 25 de junio de 2025 aprobó resoluciones sobre la protección de quienes trabajan en salud, la defensa de la libertad para criticar a los Estados y la necesidad de respetar el derecho internacional humanitario. En una de esas resoluciones se condenaba la destrucción sistemática de hospitales en Gaza y la muerte de más de 1.000 trabajadoras y trabajadores sanitarios desde el 7 de octubre de 2023.
Frente a eso, la WMA ha elegido el lenguaje de los pasillos acolchados. Dice que se opone a excluir a cualquiera de sus miembros por las acciones de sus gobiernos, porque eso reduciría su capacidad de denunciar injusticias y estrecharía el diálogo entre médicas y médicos. Suena razonable. Suena institucional. Suena cómodo. Pero también suena a excusa cuando el diálogo sirve para mantener dentro a quien no condena con claridad el aplastamiento de un sistema sanitario entero.
La WMA recuerda que la IMA es miembro fundador y defensora de sus políticas éticas. Es curioso. La ética médica se invoca como escudo cuando debería funcionar como límite. Porque no basta con recitar principios. Hay que aplicarlos cuando hacerlo cuesta. Una asociación médica no puede esconderse detrás de la palabra “ética” mientras Gaza se convierte en un mapa de quirófanos vacíos, ambulancias atacadas y profesionales enterrados.
BOICOT, INNOVACIÓN Y LA COARTADA DE SIEMPRE
Tras la publicación de la petición, el cardiólogo judío iraní Afshine Emrani respondió con una carta abierta a The Lancet. Su argumento es conocido: suspender a la IMA no castigaría a un Gobierno, sino que dañaría colaboraciones científicas, formación médica e innovación. Citó tecnologías desarrolladas en Israel como PillCam, ReWalk y avances en inteligencia artificial aplicada al diagnóstico cardíaco y oncológico. También sostuvo que Israel tiene una de las tasas per cápita más altas de innovación médica del mundo.
Ese argumento merece ser leído, claro. La medicina salva vidas. La investigación salva vidas. La cooperación científica salva vidas. Pero hay una trampa obscena cuando la innovación se usa para tapar la devastación. No se puede exhibir un exoesqueleto robótico como coartada moral mientras se guarda silencio ante un sistema sanitario destruido por bombas, bloqueo y castigo colectivo. La ciencia no queda por encima de la política cuando sus instituciones se niegan a mirar la violencia que las rodea.
Emrani también habló de doble rasero. Señaló que las asociaciones médicas de Irán, Rusia o Corea del Norte no sufren campañas equivalentes. El punto no es menor. La coherencia importa. Mucho. Si se exige responsabilidad ética a una asociación médica, debe exigirse en todas partes. Pero el doble rasero no absuelve a nadie. No absuelve a Israel. No absuelve a la IMA. No absuelve a la WMA. Convertir la hipocresía internacional en una coartada para no actuar es una forma muy elegante de garantizar que nunca pase nada.
La WMA fue fundada en 1947, entre otras razones, como respuesta al horror de los crímenes cometidos por médicos nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Esa fecha debería pesar como una losa en este debate. La medicina internacional nació también de una promesa: nunca más usar la bata para cubrir la barbarie. Nunca más permitir que la obediencia institucional se disfrace de neutralidad profesional. Nunca más mirar hacia otro lado mientras los cuerpos se convierten en material de administración militar.
The Lancet ya había sido atacada por sus publicaciones sobre Gaza. En julio de 2024, publicó una correspondencia firmada por Rasha Khatib, Martin McKee y Salim Yusuf que sostenía que no era inverosímil estimar hasta 186.000 muertes o más atribuibles al asedio a Gaza, contando muertes directas e indirectas. Era una correspondencia, no un artículo académico revisado por pares. Esa distinción importa. También importa que Martin McKee dijera después que las cifras eran ilustrativas y que el texto había sido mal citado o malinterpretado.
Pero lo fundamental sigue ahí. Gaza no es una discusión metodológica para tertulias con aire acondicionado. Gaza es gente sin hospitales, sin anestesia, sin refugio, sin agua segura, sin infancia. Gaza es el lugar donde las palabras “neutralidad médica” empiezan a oler mal cuando no van acompañadas de responsabilidad. Y aquí está el núcleo del asunto: la suspensión de la IMA no destruiría la medicina global. Lo que destruye la medicina global es permitir que una asociación médica siga hablando de ética mientras el sistema sanitario de un pueblo sometido al asedio es reducido a escombros.
La WMA puede seguir defendiendo el diálogo. The Jerusalem Post puede seguir hablando de boicot. Emrani puede seguir enumerando tecnologías. Todo eso forma parte del debate. Pero ninguna PillCam, ningún robot, ningún algoritmo cardíaco borra lo que se está discutiendo de verdad: si la medicina internacional sirve para proteger vidas o para proteger reputaciones cuando esas vidas son palestinas.
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