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La amenaza de repetir Gaza en Líbano confirma una estrategia de destrucción sistemática sin freno ni consecuencias
El 22 de marzo, el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, dejó por escrito lo que ya no es una sospecha sino una hoja de ruta explícita: la devastación aplicada en Gaza se replicará en el sur del Líbano. No fue una filtración ni una interpretación interesada. Fue una declaración pública difundida por el propio ministro en redes sociales, donde detalló la orden de acelerar la destrucción de viviendas y estructuras civiles en la zona fronteriza, siguiendo el patrón de arrase total ejecutado en ciudades como Beit Hanoun y Rafah, tal y como puede leerse en el mensaje difundido por el propio Israel Katz.
רה"מ בנימין נתניהו ואני הורינו לצה"ל להשמיד באופן מיידי את כל הגשרים מעל לנהר הליטני שמשמשים לפעילות טרור, כדי למנוע מעבר של מחבלי חיזבאללה ונשק דרומה, ובנוסף לכך להאיץ את הרס הבתים הלבנונים בכפרי המגע כדי לסכל איומים על היישובים הישראלים – בהתאם למודל בית חאנון ורפיח בעזה.
— ישראל כ”ץ Israel Katz (@Israel_katz) March 22, 2026
צה"ל… pic.twitter.com/YA200v1211
El mensaje no deja margen a la ambigüedad. Katz asegura que actúa en coordinación directa con Benjamin Netanyahu y que el objetivo es “frustrar amenazas” mediante la eliminación sistemática de infraestructuras civiles. Entre las medidas anunciadas figura la destrucción de todos los puentes sobre el río Litani, un movimiento que no solo tiene implicaciones militares, sino que supone aislar completamente regiones enteras, bloquear la movilidad de la población civil y agravar una crisis humanitaria que aún no ha comenzado pero ya se proyecta con claridad.
Lo que se presenta como una operación defensiva reproduce exactamente el patrón que ha dejado a Gaza en ruinas desde octubre de 2023. Ciudades arrasadas, barrios enteros convertidos en escombros y una población civil atrapada en una lógica de castigo colectivo. Las imágenes satelitales de aquel primer mes de ofensiva ya mostraban una destrucción sistemática que no distinguía entre objetivos militares y estructuras civiles. Ahora, ese mismo modelo se exporta sin disimulo.
La gravedad no reside solo en la amenaza, sino en su normalización. No es la primera vez que Israel actúa con una sensación de impunidad absoluta. En el sur del Líbano ya se han producido ataques contra fuerzas internacionales y construcciones ilegales sobre territorio ocupado, en un contexto descrito en los episodios en los que Israel disparó contra cascos azules y levantó un muro ilegal sin que se activaran mecanismos efectivos de rendición de cuentas.
El conflicto, además, se sostiene sobre un tablero internacional donde las grandes potencias han optado por sostener la escalada en lugar de frenarla. Washington ha reforzado esa dinámica con decisiones erráticas y una política exterior basada en la confrontación permanente, en línea con una gestión marcada por la incompetencia y la huida hacia adelante en la guerra, que ha contribuido a consolidar un clima de impunidad global.
Gaza no fue un exceso puntual, sino la aplicación de un modelo. Ese patrón —destrucción masiva, desplazamiento forzado y colapso deliberado de las condiciones de vida— lleva años siendo analizado por historiadores críticos que advierten de una deriva estructural en el proyecto político israelí, como plantea la tesis del colapso anunciado del proyecto sionista, donde la violencia deja de ser una herramienta excepcional para convertirse en eje central.
La repetición de ese modelo en el sur del Líbano no es solo una amenaza militar, es la confirmación de que la lógica de guerra total contra la población civil se ha consolidado como doctrina. La destrucción de viviendas, infraestructuras y vías de comunicación no responde únicamente a objetivos estratégicos, sino que forma parte de una política de castigo colectivo que busca desarticular territorios enteros y someter a sus habitantes a condiciones de vida insostenibles.
Mientras tanto, la comunidad internacional observa, emite comunicados y, en el mejor de los casos, expresa preocupación. Pero la maquinaria sigue funcionando. La experiencia de Gaza ha demostrado que las declaraciones de condena no detienen bombardeos ni reconstruyen ciudades. Y ahora, con el precedente consolidado, la amenaza sobre el Líbano se formula abiertamente, sin necesidad de eufemismos ni justificaciones complejas.
No es que no sepan lo que ocurre, es que han decidido que no importa lo suficiente como para detenerlo.
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