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Cuando un historiador israelí afirma que el mundo acabará diciendo basta, no está profetizando: está leyendo los síntomas de un régimen que ya no puede sostenerse.
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El historiador israelí Ilan Pappé concedió una entrevista a The Post Internazionale que rompe el cerco del lenguaje diplomático y de la propaganda. El texto, publicado aquí: https://www.tpi.it/esteri/israele-intervista-ilan-pappe-202601231217452/, no ofrece consignas sino diagnósticos. Y el diagnóstico es claro: el Estado de Israel no es una democracia, es un régimen de apartheid, y su deriva actual conduce al colapso.
No es una afirmación lanzada desde la retórica militante. Pappé habla como historiador y como politólogo. Sitúa el punto de partida en 1948, fecha fundacional del Estado, y lo enlaza con una ocupación que se prolonga desde 1967, es decir, 58 años de dominio militar sobre millones de personas privadas de derechos civiles y políticos. No hay un solo palestino o palestina que haya vivido en democracia bajo control israelí, subraya. El voto de una parte de la población palestina con ciudadanía israelí no convierte al sistema en democrático, del mismo modo que las elecciones no convirtieron en democracia a la Rumanía de Ceaușescu.
El discurso de la “única democracia de Oriente Próximo” es, según Pappé, una de las grandes construcciones ideológicas del sionismo, útil para consumo externo y para tranquilizar conciencias occidentales. Pero los hechos desmienten el relato. Un Estado que define por ley a una parte de su población como ciudadanía de segunda categoría no es una democracia, por más que conserve procedimientos formales.
DOS ISRAELES, UN MISMO APARTHEID
Pappé describe una fractura interna que ya no puede ocultarse. Por un lado, lo que denomina el “Estado de Giudea”, encarnado por la extrema derecha religiosa, mesiánica y etnonacionalista, hoy aliada del primer ministro Benjamin Netanyahu. Por otro, el “Estado de Israel”, vinculado a sectores laicos, liberales y a una tradición socialdemócrata hoy en retroceso. Dos proyectos enfrentados por el poder, pero unidos en lo esencial: la negación sistemática de los derechos del pueblo palestino.
Ni el 7 de octubre ni la devastación posterior en Gaza cerraron esa grieta. Al contrario. Durante 2024 y 2025, la confrontación se mantuvo incluso en plena guerra, con episodios especialmente reveladores como el trato a las familias de las personas secuestradas. Parte de la élite gobernante asumió que esas víctimas pertenecían al “otro Israel” y bloqueó durante meses cualquier intercambio de prisioneros y prisioneras. La guerra no suspendió la lucha interna, la radicalizó.
El resultado, según Pappé, es una deriva acelerada hacia un Estado cada vez más teocrático, racista y militarizado. Netanyahu ha llegado a celebrar la idea de convertir Israel en una “nueva Esparta”. El historiador responde con una advertencia histórica: los Estados que se transforman en ejércitos con territorio sobreviven un tiempo, pero no construyen paz ni estabilidad.
EL COLAPSO DESDE DENTRO Y LA RESPONSABILIDAD GLOBAL
La tesis central de Pappé es incómoda porque no apela a una derrota militar clásica. El colapso, dice, llegará desde dentro. Ya está en marcha. La élite económica y cultural está abandonando el país, un fenómeno medible y persistente desde 2023. Sin ese tejido profesional, académico y tecnológico, el Estado deja de ser funcional, por mucha industria armamentística que conserve.
A ese vaciamiento interno se suma el aislamiento externo. Primero de las sociedades civiles, luego de los gobiernos. Pappé recuerda el precedente del apartheid sudafricano: cuando los Estados siguen a sus sociedades, el régimen se queda sin oxígeno. No hace falta una guerra regional. Bastará con que los países vecinos y la comunidad internacional dejen claro que la continuidad del sistema tiene un coste inasumible.
En este proceso, la diáspora judía juega un papel clave. Especialmente en Estados Unidos, donde una nueva generación rechaza la identificación automática entre judaísmo y sionismo. Ser judía o judío ya no implica defender a Israel, y cada vez más personas judías participan activamente en el movimiento de solidaridad con Palestina. El mensaje es demoledor para la arquitectura diplomática occidental: “no habléis en nuestro nombre”.
Pappé plantea incluso un escenario que haría tambalear políticas de Estado enteras. ¿Qué ocurriría si sectores amplios del judaísmo global afirmaran públicamente que Israel no es un Estado judío, sino un proyecto colonial contrario a los valores del propio judaísmo. Países como Alemania, cuya política exterior se apoya en esa identificación, se quedarían sin coartada moral.
El horizonte que dibuja el historiador no es una revancha ni un nuevo Estado-nación excluyente. Habla de un futuro post-sionista, de recuperar un mosaico regional destruido por el colonialismo europeo tras la Primera Guerra Mundial. Una estructura política flexible, sin privilegios étnicos, donde ningún grupo viva a costa de otro. No es una utopía abstracta, insiste, sino una idea que circula hoy entre jóvenes de Líbano, Siria, Irak, Jordania y Palestina.
Si ese camino no se recorre, la alternativa es conocida: más violencia, más colapsos y más Estados fallidos armados hasta los dientes. Y esa es una factura que ni la región ni el mundo pueden seguir pagando.
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