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El hombre más rico del mundo convirtió enero de 2026 en una campaña diaria de propaganda racial ante más de 200 millones de seguidores
En 26 de los 31 días de enero de 2026, Elon Musk publicó mensajes sobre raza, inmigración o la supuesta “amenaza” contra la población blanca. No es una exageración retórica. Es el resultado de un análisis del diario The Guardian publicado el 12 de febrero, que examinó su actividad en la red social X, plataforma de la que es propietario y desde la que habla a más de 200 millones de seguidores.
La conclusión es inquietante: muchos de sus mensajes son indistinguibles de los que difunden activistas supremacistas blancos. No lo dicen activistas de izquierdas ni rivales empresariales. Lo afirman especialistas en extremismo consultados por el propio medio. Heidi Beirich, cofundadora del Global Project Against Extremism, fue tajante: “Si quitáramos el nombre de Elon Musk, pensaría que esto lo ha escrito un supremacista blanco”.
El 22 de enero de 2026, horas antes de intervenir en el Foro Económico Mundial de Davos, Musk publicó que “los blancos son una minoría que muere rápidamente”, compartiendo un vídeo de un influencer irlandés antiinmigración. En otras ocasiones afirmó que existe una “discriminación sistémica” contra personas blancas, dio pábulo a la conspiración del “genocidio blanco” y amplificó la teoría de que la población blanca será “masacrada” si se convierte en minoría demográfica.
LA TEORÍA DEL “REEMPLAZO” ENTRA EN EL MAINSTREAM
Las ideas que Musk repite no son inocuas ni abstractas. William Braniff, exdirector de la oficina de prevención del extremismo del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos y actual responsable del laboratorio PERIL en American University, advirtió que varios mensajes del empresario son “ejemplos de manual” de la teoría del “gran reemplazo”. Esa narrativa sostiene que élites liberales o judías promueven la inmigración para sustituir a la población blanca.
No es una fantasía marginal de foros anónimos. El autor del atentado racista de Buffalo en 2022, que asesinó a 10 personas, dejó un manifiesto de 180 páginas saturado de referencias a esa teoría. El terrorista de Christchurch, que mató a 51 personas en 2019, también la invocó. La masacre antisemita de Pittsburgh en 2018 estuvo atravesada por la misma lógica paranoica.
Cuando el hombre más rico del planeta legitima esas consignas, las convierte en conversación pública aceptable. La frontera entre la propaganda extremista y el discurso político se diluye.
El 10 de enero, Musk respondió “sí” a una cuenta nacionalista blanca que denunciaba un supuesto “comunismo racial” destinado a convertir Occidente en una “favela global”. El 9 de enero calificó de “verdadero” un mensaje que advertía de que los blancos serían “masacrados” si no practican la “solidaridad blanca”. El 16 de enero compartió la afirmación de que el “genocidio blanco” es el programa oficial del Partido Demócrata.
El 17 de enero, reposteo un texto contra la “agitación etnocultural” del austríaco Martin Sellner, fundador del movimiento identitario. Musk lo definió como “simplemente un hecho”. Sellner no es un comentarista excéntrico. En 2024 dio una conferencia en Alemania sobre la logística de deportaciones masivas. Recibió una donación de 1.500 euros y correos del terrorista de Christchurch antes de la matanza. Parlamentarios alemanes intentaron vetarlo tras aquel evento.
Musk ha negado reiteradamente ser racista o nazi. En 2024 aseguró en una entrevista que no suscribe la teoría del gran reemplazo. Pero los hechos pesan más que las declaraciones defensivas. El patrón de publicación es sistemático. No hablamos de un desliz puntual. Hablamos de una campaña diaria durante un mes entero.
LA OLIGARQUÍA DIGITAL COMO ALTAVOZ DE ODIO
El problema no es solo lo que Musk escribe, sino el ecosistema que construye. Desde que adquirió X, ha restaurado cuentas previamente vetadas por antisemitismo o supremacismo, entre ellas la de Nick Fuentes. Ha convertido su red en una plaza pública donde las teorías conspirativas encuentran validación desde arriba.
El fenómeno no se limita a la iniciativa privada. En los últimos meses, sectores del Partido Republicano y agencias federales han coqueteado con marcos discursivos similares. El expresidente Donald Trump difundió recientemente en su red un vídeo racista que representaba a Barack y Michelle Obama como simios. El deslizamiento hacia el extremismo no es marginal. Es estructural.
El capitalismo tecnológico ha creado una figura inédita: el multimillonario que controla la infraestructura del debate público y la utiliza para intervenir ideológicamente sin contrapeso. No responde ante accionistas dispersos ni ante regulaciones estrictas. Responde a su propia visión del mundo. Y esa visión, en enero de 2026, estuvo obsesionada con la pureza racial.
Cuando Musk llamó “patéticos traidores” a los hombres irlandeses que no comparten su retórica antiinmigración, activó un mecanismo clásico del supremacismo: expulsar simbólicamente a quienes disienten del “grupo”. Braniff lo explicó con claridad: cuando miembros del supuesto “ingroup” cuestionan la narrativa, se les deslegitima como traidores o “woke”. Es una estrategia de cierre sectario.
El peligro no reside solo en la violencia directa, sino en la normalización cotidiana de una cosmovisión jerárquica y excluyente. Cada repost, cada emoji de aprobación, cada “true” convierte una teoría conspirativa en opinión respetable. La repetición crea familiaridad. La familiaridad crea tolerancia.
No es una discusión abstracta sobre libertad de expresión. Es una cuestión de poder. El poder de definir quién pertenece y quién sobra. El poder de señalar minorías como amenaza demográfica. El poder de reescribir el consenso democrático desde un despacho en Silicon Valley.
En enero de 2026, Elon Musk no solo tuiteó sobre raza casi a diario. Ensayó, ante millones de personas, la legitimación del supremacismo como sentido común. Y cuando el supremacismo se vuelve sentido común, la historia ya ha demostrado demasiadas veces hacia dónde conduce.
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