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Washington despliega su flota en el Golfo y eleva la presión sobre Teherán mientras crece la tensión entre el eje occidental y los BRICS
La escalada entre Estados Unidos e Irán vuelve a situar a Oriente Medio al borde de un conflicto de alcance imprevisible. En las últimas semanas, Washington ha desplegado activos militares en el mar Arábigo, entre ellos el portaaviones nuclear USS Abraham Lincoln, mientras el presidente Donald Trump amenazaba públicamente con bombardear territorio iraní si Teherán no aceptaba nuevas condiciones sobre su programa nuclear y su política regional.
En este contexto, el analista geopolítico Mohammad Marandi, profesor en la Universidad de Teherán, sostiene que un ataque contra Irán no sería un hecho aislado, sino “una agresión contra los BRICS y contra el mundo multipolar”. Sus declaraciones, recogidas por el medio brasileño Brasil de Fato el 11 de febrero de 2026, sitúan la crisis en un marco más amplio: la disputa entre el orden internacional dominado por Estados Unidos y las potencias emergentes.
TENSIÓN MILITAR Y PULSO NUCLEAR
El núcleo del conflicto vuelve a ser el programa nuclear iraní. Tras la ruptura unilateral en 2018 por parte de Trump del acuerdo firmado en 2015 (el JCPOA), las sanciones contra Irán se han intensificado en distintas oleadas. Desde octubre de 2025, nuevas medidas impulsadas en el marco de Naciones Unidas han agravado la presión económica sobre el país.
Según Marandi, Irán no está dispuesto a negociar ni su programa de misiles ni sus alianzas regionales. Sí estaría abierto, afirma, a discutir mecanismos que garanticen el carácter pacífico del enriquecimiento de uranio, pero no a renunciar a él. La experiencia del acuerdo de 2015, que fue desmantelado por Washington, pesa como antecedente.
El 6 de febrero de 2026 tuvo lugar en Emiratos Árabes Unidos una primera ronda de contactos entre delegaciones de ambos países, sin resultados concretos. No obstante, ambas partes han dejado abierta la posibilidad de nuevas conversaciones.
Mientras tanto, la Casa Blanca ha endurecido el discurso. Irán, por su parte, ha advertido que cualquier ataque, incluso limitado, desencadenaría una respuesta contundente y podría derivar en una guerra regional. El riesgo no es menor en una zona donde confluyen intereses energéticos, rutas comerciales estratégicas y alianzas militares cruzadas.
SANCIONES, PROTESTAS Y GUERRA ECONÓMICA
El frente económico es otro campo de batalla. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, reconoció públicamente operaciones financieras destinadas a debilitar el rial iraní. La fuerte devaluación de la moneda desencadenó protestas en enero, inicialmente de carácter pacífico.
Sin embargo, los días 8 y 9 de enero de 2026 se produjeron disturbios violentos. Según la versión defendida por Marandi, hubo infiltración de agentes vinculados a servicios extranjeros. El analista asegura que murieron 3.117 personas, entre ellas agentes de seguridad y civiles, y que se produjeron ataques coordinados contra infraestructuras públicas.
Los medios occidentales han difundido cifras diferentes sobre la represión, pero la batalla narrativa es tan intensa como la económica. Teherán sostiene que publicó los nombres y datos de las víctimas. Washington y sus aliados cuestionan la versión oficial iraní.
Lo que sí es constatable es el impacto prolongado de las sanciones. Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán ha sido objeto de restricciones comerciales y financieras que han afectado a su comercio exterior, al acceso a tecnología y a su sistema bancario. La estrategia de “máxima presión” aplicada en distintos momentos ha buscado asfixiar la economía con la expectativa de forzar un cambio político interno.
IRÁN, BRICS Y EL ORDEN GLOBAL
La dimensión geopolítica trasciende el ámbito regional. Irán ha estrechado en los últimos años sus vínculos con Rusia y China, ampliando corredores comerciales como el eje norte-sur con Moscú y su integración en la Nueva Ruta de la Seda impulsada por Pekín. Además, su acercamiento al bloque de los BRICS se inscribe en una tendencia más amplia hacia la diversificación de alianzas frente al dominio occidental.
Para Marandi, atacar a Irán sería golpear directamente esa arquitectura emergente. No se trataría solo de una disputa bilateral, sino de un mensaje a quienes cuestionan la primacía estadounidense.
En paralelo, persiste la cuestión interna. Las autoridades iraníes defienden que su sistema es una “república islámica” con elecciones presidenciales y parlamentarias. Sus críticos lo califican de régimen con fuertes restricciones políticas. En cualquier caso, casi 50 años después de la revolución, el país ha demostrado una notable capacidad de resistencia frente a guerras, terrorismo y sanciones.
En el terreno tecnológico y científico, Irán ha desarrollado sectores estratégicos, desde la industria farmacéutica hasta capacidades militares avanzadas. Sus defensores atribuyen estos avances a una apuesta por la autosuficiencia forzada por el aislamiento internacional.
La crisis actual no puede entenderse solo como un pulso nuclear. Es un episodio más en una pugna por la configuración del orden mundial. Entre portaaviones, sanciones y negociaciones frágiles, el tablero global se mueve. Y cada movimiento en el Golfo Pérsico resuena mucho más allá de sus aguas.
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