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El acercamiento abre una oportunidad de cooperación en un espacio progresista fragmentado que necesita proyecto, no solo siglas
La izquierda estatal atraviesa uno de esos momentos en los que todo parece estar en revisión. No solo los liderazgos, también las estrategias, las alianzas y, sobre todo, la capacidad de ofrecer una alternativa reconocible a una sociedad cada vez más precarizada. En ese contexto, el acercamiento entre Podemos y Gabriel Rufián no es únicamente un movimiento táctico. Es un intento de reconstrucción política que apunta a una necesidad compartida: volver a conectar con una mayoría social que hoy no se siente representada.
El anuncio de un acto conjunto el 9 de abril en Barcelona entre Irene Montero y el portavoz de ERC marca un punto de inflexión. No porque suponga ya una alianza cerrada, sino porque introduce algo que llevaba tiempo ausente: voluntad explícita de colaboración. Después de años de competencia, recelos y desgaste mutuo, el gesto tiene valor político en sí mismo.
No se trata de ignorar las diferencias, sino de asumir que el contexto ha cambiado.
EL ACERCAMIENTO COMO OPORTUNIDAD DE REORDENACIÓN
Podemos llega a este momento tras una etapa complicada. Los resultados en Aragón y Castilla y León, donde la formación quedó fuera de las instituciones, han obligado a repensar la estrategia. Pero más allá de los números, hay una cuestión de fondo: la fragmentación del espacio progresista ha debilitado su capacidad de influencia y ha generado desconcierto en su base social.
En ese escenario, el acercamiento a Rufián puede leerse como un intento de abrir puentes. No desde la absorción ni desde la imposición, sino desde la idea de complementariedad. Rufián representa un perfil político con capacidad comunicativa, conexión con sectores jóvenes y una cierta transversalidad dentro del electorado progresista. Podemos, por su parte, mantiene una estructura organizativa y una experiencia institucional relevante.
La combinación no es automática, pero sí potencialmente significativa.
Las declaraciones de Irene Montero, hablando de “hacer equipo”, y de Ione Belarra, abriendo la puerta a una colaboración electoral, apuntan en esa dirección. No como una alianza cerrada, sino como un proceso en construcción que reconoce la necesidad de cooperar para ser competitivos.
Desde el entorno de Rufián, la cautela es lógica. ERC tiene su propia estrategia y ha dejado claro que concurrirá con sus siglas. Pero eso no impide explorar espacios de diálogo. La política de alianzas no siempre empieza con acuerdos formales; a menudo comienza con conversaciones que redefinen marcos comunes.
MÁS ALLÁ DE LOS NOMBRES: LA NECESIDAD DE PROYECTO
Mientras tanto, Sumar atraviesa un momento de redefinición. La salida de Yolanda Díaz como futura candidata ha abierto un proceso interno complejo. Las conversaciones para encontrar un nuevo liderazgo, con nombres como Pablo Bustinduy sobre la mesa, reflejan una dificultad para articular una referencia compartida.
Pero reducir la situación a una cuestión de nombres sería insuficiente.
El verdadero desafío es construir un proyecto político capaz de responder a las condiciones materiales de la mayoría social: acceso a la vivienda, precariedad laboral, crisis climática, desigualdad creciente. Sin ese marco, cualquier liderazgo queda vacío.
En ese sentido, el movimiento de Podemos hacia Rufián introduce un elemento interesante: desplaza el foco del debate interno hacia la posibilidad de articulación externa. En lugar de centrarse únicamente en quién lidera, plantea con quién y para qué se construye.
No es una solución en sí misma, pero sí una dirección posible.
El ciclo electoral que desembocará en las generales previstas para el verano de 2027 obliga a tomar decisiones. El electorado progresista no solo observa las alianzas, también evalúa su coherencia. La cooperación no puede basarse únicamente en la suma de siglas, sino en la construcción de un horizonte compartido que sea reconocible y creíble.
Las incógnitas siguen abiertas: el papel de Rufián dentro de ERC, la posición final de Podemos respecto a Sumar, la capacidad del espacio para recomponerse. Pero hay un elemento que empieza a cambiar: la disposición a hablar.
Y en un escenario marcado por la fragmentación, empezar a hablar ya es una forma de hacer política.
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Teresa Sanz Marín