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Javier F. Ferrero
Cuando el capital tuvo que elegir entre el planeta y sus beneficios, eligió esconderse. Y ahora pretende que no lo recordemos.
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Durante un breve instante, uno de esos momentos que luego la historia señala con el dedo, la élite financiera fingió haber entendido algo. Fingió haber comprendido que el colapso climático no era una consigna de jóvenes con pancartas ni una extravagancia ecologista, sino un problema material, económico y sistémico. Fingió haber asumido que seguir apostando por el petróleo, el gas y el carbón no solo era inmoral, sino estúpido. Ese instante duró poco. Bastó con que el lobby fósil levantara el teléfono y el Partido Republicano afilara la amenaza para que los grandes nombres de Wall Street dieran media vuelta y salieran corriendo.
No fue un error de cálculo. Fue una decisión consciente. La cobardía como política de inversión.
Durante años se nos repitió que no habláramos de cambio climático, que no era “popular”, que la gente estaba más preocupada por llegar a fin de mes. Como si el precio de la electricidad, de los alimentos o del seguro del hogar no tuviera nada que ver con sequías, incendios, inundaciones y olas de calor cada vez más violentas. Como si la emergencia climática fuera un lujo discursivo y no el marco en el que ya se está decidiendo quién vive seguro y quién pierde su casa, su trabajo o su salud.
Los datos, además, llevan tiempo desmintiendo esa cobardía estratégica. La transición energética no solo es necesaria. Es rentable. En 2024, el 95 % de la nueva capacidad eléctrica instalada en el mundo fue renovable. El trío sol, viento y baterías produce la misma energía de forma más barata y más estable que los combustibles fósiles. El petróleo solo tiene “buenos años” cuando ocurre una catástrofe geopolítica. Ucrania fue una de ellas. La próxima será climática.
Y, sin embargo, fondos de pensiones, grandes gestoras y responsables públicos han seguido atados a un sector que hoy representa apenas el 2,8 % del mercado global y no tiene una sola estrategia creíble de futuro. No por ignorancia. Por miedo.
CUANDO EL CAPITAL SE ARRODILLA
Durante un tiempo, incluso los gigantes fingieron valentía. BlackRock, la mayor gestora de activos del mundo, llegó a reconocer públicamente que el riesgo climático era riesgo financiero. Su CEO habló de infraestructuras imposibles de asegurar, de hipotecas inviables a 30 años, de mercados enteros expuestos al calor extremo y al colapso agrícola. Parecía el inicio de algo. No lo fue.
Cuando los tesoreros de los estados republicanos amenazaron con retirar fondos, el discurso se evaporó. El poder económico que podía haber acelerado la transición eligió la sumisión. Hoy, esos mismos directivos orbitan sin pudor el entorno de Donald Trump, mientras el planeta arde y la ventana de acción se estrecha.
No estamos ante un fallo técnico ni ante falta de conocimiento científico. El IPCC lleva años advirtiendo. Las tecnologías existen. El dinero existe. Lo que falta es voluntad política en las alturas y coraje en los despachos. El silencio empresarial en este contexto no es neutralidad: es colaboración pasiva.
La ofensiva contra cualquier criterio ambiental, social o de gobernanza no es casual. Más de 100 leyes estatales en EE. UU. han buscado castigar a las entidades financieras que se atrevieran a desinvertir en fósiles. No porque esas inversiones fueran rentables, sino porque cuestionaban el poder político del petróleo. El mensaje fue claro: quien se mueva, pierde dinero y acceso. Y demasiados obedecieron.
LA ECONOMÍA COMO ARMA
Hay una verdad que se oculta deliberadamente. La mayor parte de la economía estadounidense se concentra en territorios que no votaron a Trump. Fondos públicos, pensiones y grandes ciudades progresistas tienen más músculo financiero que todos los estados reaccionarios juntos. Ese poder podría inclinar la balanza. Podría acelerar la caída de la industria fósil y debilitar el bloque político que la protege.
Desinvertir no pone en riesgo las pensiones. Las protege. Los fondos que lo han hecho han mejorado sus resultados. Han ganado estabilidad. Han reducido exposición a activos tóxicos. La idea de que la transición climática es un sacrificio económico es una mentira interesada. El verdadero riesgo es seguir atados a un modelo en descomposición.
El problema no es técnico. Es generacional y estructural. Décadas en el poder producen algo peor que corrupción: inmovilismo. Incapacidad para leer el mundo que cambia. Apego a un pasado que ya no existe. Cuando quienes deciden prefieren no ver, el coste lo paga el conjunto de la sociedad.
La lucha climática no ha terminado. Ni siquiera está perdida. Pero cada año de cobardía financiera es un año robado al futuro. Y el capitalismo fósil, ese que promete estabilidad mientras dinamita las condiciones materiales de la vida, ya no puede esconderse detrás de excusas tecnocráticas.
No falta dinero. Falta valor. Y esa carencia, hoy, también cotiza en bolsa.
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