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Los acuerdos judiciales entre la Fiscalía y los agresores no solo minimizan el daño a las víctimas, sino que también sientan las bases de una justicia que olvida a quienes más deberían proteger.
¿Cómo es posible que empresarios culpables de prostitución infantil en Murcia no pisen la cárcel? Esta es la pregunta que sacude a la opinión pública mientras se consuma un nuevo episodio de injusticia bajo el amparo de la legalidad. Los acuerdos de conformidad, esos pactos entre la Fiscalía y las defensas, dejan fuera a las víctimas y permiten que agresores de niñas y niños salgan casi ilesos.
En un país donde las leyes deberían ser la garantía de justicia para todas y todos, los hechos demuestran lo contrario. Siete hombres, empresarios respetables y condenados por prostituir a menores, han logrado evitar la cárcel gracias a un acuerdo que ni siquiera contó con la participación de las víctimas. Estas jóvenes, que en su momento fueron captadas y explotadas, han tenido que ver cómo sus agresores no pagan el precio que deberían. No solo sufrieron durante años la demora del proceso judicial, sino que además, cuando finalmente llegó la sentencia, esta fue una bofetada más: penas reducidas por una supuesta «dilación indebida».
La situación es indignante. No estamos hablando de delitos menores, sino de explotación sexual infantil, un crimen que debería recibir la condena más dura posible. Sin embargo, el sistema ha vuelto a demostrar que los privilegios y los pactos ocultos pesan más que la justicia. A estos hombres, pese a su reconocimiento de culpa, no se les aplicó la máxima pena posible, sino una rebaja vergonzosa por el simple hecho de que el proceso judicial se prolongó en el tiempo. ¿Cómo puede eso ser un atenuante válido?
Es un patrón que se repite. Las víctimas, la mayoría de ellas niñas y adolescentes, no fueron parte del acuerdo. No tuvieron voz ni voto en el destino de sus agresores. Este tipo de pactos no solo traicionan a las víctimas, sino que perpetúan la cultura de la impunidad. En lugar de justicia, reciben un nuevo golpe que las aleja aún más de una posible reparación. Mientras tanto, las organizaciones feministas gritan en las calles de Murcia y en otras ciudades de España, clamando por un cambio que parece lejano.
La violencia de género institucionalizada: una constante en los tribunales
Este caso no es aislado. Los acuerdos de conformidad son una herramienta legal que, cada vez más, se utiliza para resolver casos de violencia de género sin pasar por un juicio. En muchos casos, los agresores consiguen evitar la cárcel a cambio de multas ridículas o cursos de reeducación sexual que no tienen ningún impacto real. Las cifras son alarmantes: según la última Memoria del Ministerio Público, en 2023, las sentencias de conformidad en casos de violencia de género representaron el 64,5% de todas las condenas.
Este tipo de acuerdos, que en otros ámbitos podrían ser útiles para descongestionar los juzgados, se convierten en una auténtica burla cuando hablamos de delitos graves. ¿Cómo es posible que un agresor sexual pueda eludir la cárcel con una simple multa? El caso de un violador que evitó la prisión a cambio de pagar 6.000 euros es solo un ejemplo de los muchos que nunca salen a la luz. En la mayoría de las ocasiones, estos pactos se cierran sin que las víctimas tengan la oportunidad de ser escuchadas, dejando una sensación de impunidad que alimenta la desconfianza en el sistema judicial.
Las y los fiscales, encargados de velar por el interés general, parecen más preocupados por cerrar acuerdos que por proteger a las víctimas. El Ministerio Público debería estar de su lado, pero muchas veces se pliega ante las defensas en un intento de agilizar el proceso. Esta actitud no solo revictimiza a las mujeres, niñas y niños, sino que perpetúa un sistema que prioriza los intereses de los agresores.
En el caso de Murcia, los pactos de conformidad no solo han sido injustos, sino que además han generado una sensación de impunidad que alimenta la desesperanza de las víctimas. Las víctimas necesitan justicia real, no acuerdos que minimicen sus sufrimientos. El sistema judicial debe reconocer su derecho a ser escuchadas y garantizar que su experiencia sea tenida en cuenta al decidir el destino de sus agresores.
Las estadísticas son frías, pero reveladoras. En comunidades como Murcia y Extremadura, más del 90% de las condenas por violencia de género se resuelven con acuerdos de conformidad. Esta cifra no es solo alarmante, es una señal clara de que el sistema judicial está fallando. Mientras las y los jueces se escudan en la legalidad de estos pactos, las víctimas siguen siendo ignoradas y sus agresores, protegidos. La justicia, en lugar de ser un espacio de reparación y castigo para quienes cometen estos delitos, se ha convertido en un lugar donde los intereses de los culpables prevalecen.
Una justicia que silencia a las víctimas
El problema de fondo es estructural. Las víctimas de violencia sexual son sistemáticamente marginadas en los acuerdos judiciales, mientras que los agresores salen beneficiados. En lugar de permitirles cerrar sus heridas a través de un juicio, se les niega la oportunidad de enfrentarse a quienes las dañaron. Los operadores jurídicos prefieren solucionar los casos en privado, dejando a las víctimas fuera del proceso.
Este tipo de prácticas son una forma de violencia institucional que, lejos de proteger a las víctimas, las somete una vez más a un sistema que les da la espalda. Los acuerdos de conformidad no deberían ser una opción en delitos tan graves como la prostitución infantil o la violencia de género. Las víctimas tienen que ser protagonistas de su proceso, no meras espectadoras.
Sin una reforma profunda del sistema judicial, las voces de las víctimas seguirán siendo silenciadas.
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