Cuando el dinero se convierte en lenguaje político y la desobediencia pacífica vuelve a demostrar que sí funciona
El boicot a productos y servicios estadounidenses ha dejado de ser una consigna marginal para convertirse en una práctica política concreta. No nace de la nada ni de una moda pasajera. Surge de una acumulación de decisiones, imágenes y violencias que han terminado por desbordar la paciencia de millones de personas fuera y dentro de Estados Unidos. Frente a un presidente que gobierna desde la intimidación, el castigo y el supremacismo económico, hay quien ha decidido responder con el único idioma que Washington entiende sin traductores: el dinero.
No es una protesta abstracta. Es cotidiana. Se manifiesta en el supermercado, en la elección de un viaje, en la renuncia a una plataforma digital, en dejar una marca en la estantería. Coca-Cola, Amazon, McDonald’s, Starbucks, Netflix, Apple o Google forman parte de la rutina diaria de millones de personas en Europa. Precisamente por eso, retirarles apoyo no es simbólico: es material.
EL BOICOT COMO RESPUESTA POLÍTICA AL AUTORITARISMO
En las últimas semanas, el cambio de clima ha sido evidente. Activistas que llevaban años denunciando el imperialismo económico estadounidense y el poder de sus multinacionales han notado un giro. Ya no reciben burlas ni desprecio. Encuentran complicidad. La consigna es sencilla y brutalmente lógica: si el sistema está diseñado para responder al beneficio, la protesta debe afectar al beneficio.
El detonante no ha sido uno solo. Los aranceles impuestos por Trump a productos europeos. Sus amenazas contra Groenlandia. Sus desprecios públicos a aliados históricos. Pero, sobre todo, las redadas del ICE y la normalización del terror migratorio. La imagen de un niño de cinco años detenido junto a su padre en Minneapolis, pese a que la familia tenía un proceso de asilo en marcha, ha recorrido el mundo. No era un caso aislado. Era una política de Estado ejecutada con crueldad administrativa.
A partir de ahí, muchas personas han decidido dejar de consumir marcas estadounidenses visibles, renunciar a viajar a Estados Unidos y buscar alternativas locales o europeas. No por odio al pueblo estadounidense, sino precisamente por solidaridad con quienes lo sufren desde dentro. El boicot no va contra la gente, va contra el modelo.
En Canadá, el rechazo ha sido aún más explícito. Trump ha insinuado que el país debería convertirse en el estado número 51. Ha llamado “gobernadores” a sus primeros ministros. El resultado no es retórico. En los primeros nueve meses de 2025, el número de turistas canadienses en Estados Unidos cayó un 22 %. Las ventas de vino estadounidense se desplomaron un 91 % desde 2024. Las cifras importan porque demuestran que el gesto se traduce en impacto.
CUANDO EL 3,5 % MUEVE LA HISTORIA
Quienes desprecian los boicots repiten un mantra cómodo: una persona no cambia nada. Es cierto. Pero también es una trampa intelectual. La historia del cambio social nunca ha dependido de mayorías absolutas, sino de minorías persistentes y organizadas.
Aquí entra en juego la llamada regla del 3,5 %, formulada por las politólogas de Harvard Erica Chenoweth y Maria Stephan. Tras analizar decenas de movimientos de resistencia no violenta a lo largo del siglo XX y XXI, llegaron a una conclusión incómoda para el poder: cuando el 3,5 % de la población participa activamente en una campaña pacífica sostenida, el cambio político es altamente probable.
Las cifras son demoledoras por su sencillez. En Estados Unidos, ese porcentaje equivale a entre 11 y 12 millones de personas. En el Reino Unido, a 2,45 millones. Menos que la población de Manchester. No es una masa inalcanzable. Es una posibilidad real.
Por supuesto, nadie puede aislarse por completo del capitalismo tardío. Las redes sociales son estadounidenses. Las plataformas de trabajo también. La dependencia estructural es parte del problema que se denuncia. Pero incluso dentro de ese marco, hay márgenes de decisión. El turismo es uno de ellos. Según el World Travel and Tourism Council, Estados Unidos perdió 12.500 millones de dólares en gasto turístico internacional solo en 2025. No por una crisis natural, sino por decisiones políticas que han convertido al país en un destino hostil.
Boicotear no es huir de la realidad. Es intervenir en ella con las herramientas disponibles. No es pureza ideológica. Es coherencia práctica. No se trata de ganar una batalla moral, sino de erosionar un sistema que se sostiene sobre la normalización del abuso.
Trump gobierna desde el ruido, el castigo y la humillación pública. El boicot responde desde el silencio organizado, la constancia y la retirada de legitimidad económica. No promete resultados inmediatos. Promete desgaste. Y la historia demuestra que, cuando el desgaste se acumula, incluso los imperios escuchan.
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