Feijóo entrega el futuro del PP a la ultraderecha mientras Vox impone su agenda xenófoba y negacionista en plena crisis política en València.
FEIJÓO Y SU DEPENDENCIA DE ABASCAL
El Partido Popular ha cruzado el punto de no retorno. Feijóo, incapaz de sostener un proyecto propio, ha entregado su destino político a Santiago Abascal. Lo que empezó como una “alianza puntual” se ha convertido en una rendición estructural: el PP ya no puede gobernar sin Vox, pero tampoco sabe gobernar con él. La crisis desatada en la Comunitat Valenciana tras la renuncia de Carlos Mazón lo confirma. Los populares, sin mayoría en Les Corts, han dejado en manos de la extrema derecha la elección del nuevo president, abriendo así una negociación donde Vox marca el paso, dicta las condiciones y exhibe poder.
La fotografía es reveladora. En menos de una década, el PP ha pasado de presentar a Vox como una amenaza al “centro derecha español” a copiar sus mensajes sobre migración, género y memoria histórica. De Castilla y León a Aragón, de Murcia a València, la derecha institucional se ha convertido en el altavoz de la ultraderecha. Feijóo ha borrado las líneas rojas que su propio partido trazó con Aznar en 2002 o Rajoy en 2015. Y lo ha hecho por puro cálculo: mantener el poder a cualquier precio, incluso si ese precio es asumir el discurso del odio.
Los de Abascal no disimulan. Exigen que el PP asuma su agenda negacionista del cambio climático y sus políticas xenófobas como condición para mantener el control del Consell. Vox, envalentonado por su crecimiento en las encuestas, ya no teme a unas nuevas elecciones en la Comunitat Valenciana. Su objetivo es claro: o Feijóo acepta sus postulados o se rompe el bloque conservador. En cualquier caso, el resultado es el mismo: la ultraderecha marca la pauta de la política española mientras el PP se debate entre la obediencia y el miedo.
LA DERECHA SIN IDENTIDAD NI FRENO
El declive moral y político del PP es ya estructural. Desde que Feijóo sustituyó a Casado en 2022, su estrategia ha sido un constante zigzag: ora se acerca al discurso de Vox, ora pretende recuperar una imagen de moderación que la realidad desmiente. La última semana lo ha dejado en evidencia. Mientras Aznar le reclama “huir de los populismos” y gobernar “sin odio”, Génova 13 insiste en el endurecimiento del mensaje. El PP se presenta como un partido de Estado mientras legisla de la mano de quienes desprecian la Constitución y los derechos humanos.
No es una exageración. Las coaliciones PP-Vox han significado recortes en derechos de las mujeres, del colectivo LGTBIQ+ y de las personas migrantes, además de ataques a la memoria democrática. Las políticas públicas se han convertido en campo de experimentación ideológica. En Castilla y León se intentó imponer un “protocolo provida” en sanidad. En València, la consejería de Vox ha censurado materiales educativos sobre igualdad. En Murcia, la cultura ha sido depurada por “ofender a la familia tradicional”. Y todo con el beneplácito de Feijóo, que calla para no perder apoyos.
Lo que vive el PP no es una crisis de liderazgo, sino de identidad. Su proyecto político se ha vaciado. Feijóo no representa una alternativa, sino una administración del miedo a perder votos por la derecha. Vox lo sabe y lo explota con frialdad: Abascal y su negociador en València, Ignacio Garriga, humillan públicamente a los populares llamándolos “culpables de la invasión migratoria”, y aun así Feijóo sigue pidiendo su colaboración “para evitar el caos”. La escena roza lo grotesco. Es el servilismo elevado a táctica de partido.
La sumisión tiene un precio. Cada cesión del PP fortalece a Vox y aleja al electorado moderado que Feijóo finge querer recuperar. Lo que en 2019 era un intento de contención se ha transformado en absorción ideológica. El PP repite los mantras ultras sobre feminismo, niega la emergencia climática y acusa al Gobierno de “traicionar a España” con el mismo tono que la extrema derecha. Pero el mimetismo no funciona: las encuestas lo castigan y Vox crece. La derecha española ha entrado en un bucle autodestructivo donde solo puede ganar quien más radicalice el discurso.
El caso valenciano es solo el ensayo general. En diciembre se celebran elecciones autonómicas en Extremadura, primera parada de un ciclo que incluirá también Andalucía, Castilla y León y, más tarde, las generales de 2027. Feijóo llega a esa cita con un partido dividido entre el aznarismo nostálgico y la ultraderecha sin complejos. Entre quienes aún sueñan con el bipartidismo perdido y quienes creen que España necesita un Frente Nacional a la española. Mientras tanto, Vox avanza, impone su agenda y demuestra que el “cordón sanitario” solo lo aplica el PP cuando se trata de la izquierda.
Feijóo no ha entendido que quien pacta con el odio termina siendo devorado por él.
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