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El presidente de Estados Unidos ataca a la ONU, blanquea a Israel y niega la crisis climática mientras presume de “parar guerras” que siguen sangrando en silencio.
UNA ONU DESPRECIADA Y UN GENOCIDIO LEGITIMADO
Donald Trump ha vuelto a convertir la Asamblea General de Naciones Unidas en un mitin de odio y autopropaganda. Frente a los 193 países reunidos en Nueva York, acusó al reconocimiento internacional de Palestina de ser “un premio para los terroristas de Hamás” y se alineó sin fisuras con el Gobierno de Benjamín Netanyahu, responsable de más de 65.000 palestinas y palestinos asesinados en menos de dos años.
La escena rozaba lo grotesco. Mientras António Guterres abría la 80ª sesión con un lamento por la barbarie en Gaza y reivindicaba el multilateralismo como brújula moral, Trump reducía a la ONU a una máquina de “palabras vacías” y “cartas enérgicas”. El mismo organismo que denunció el castigo colectivo contra el pueblo palestino era tachado por el republicano de obstáculo inútil. Un presidente que blanquea un genocidio se permite ridiculizar la única institución internacional que aún intenta poner límites.
Trump presumió de haber “parado siete guerras” en apenas siete meses, sin dar detalles, sin pruebas, sin más sustento que su ego. Se atribuye la paz mientras aplaude los bombardeos y la ocupación. El mismo hombre que multiplica la venta de armas se declara pacificador, y lo hace ante un hemiciclo obligado a escucharle.
El delirio continuó con sus acusaciones a Europa por la “invasión de inmigrantes ilegales” a quienes describió como delincuentes y violadores. El manual del supremacismo blanco convertido en política exterior. Palabras que no buscan soluciones, sino miedo y odio.
ARMAS NUCLEARES, ENERGÍA Y EL NEGACIONISMO CLIMÁTICO
Sobre Irán, Trump repitió el guion de siempre: “el principal patrocinador del terrorismo” no debe poseer nunca armas nucleares. El país con más ojivas del planeta se erige en juez y verdugo de quién puede o no acceder a la energía atómica. El poder nuclear de Estados Unidos se presenta como garantía de seguridad, mientras el de los demás es amenaza existencial. El viejo doble rasero que sostiene la arquitectura imperial.
La energía fue otro de sus blancos. Señaló a Europa por seguir comprando gas y petróleo a Rusia, exigiendo que corte el suministro “inmediatamente”. Como si millones de hogares europeos pudieran dejar de calentar sus casas al ritmo que dicte Washington. Como si las sanciones dictadas por Estados Unidos no hubieran alimentado más pobreza y más dependencia.
El punto culminante llegó con el cambio climático. Trump aseguró que es “el mayor fraude de la humanidad” y que la huella de carbono es “un invento”. Negar la ciencia mientras arden bosques, mientras aumentan las olas de calor, mientras millones de personas huyen de sequías y tormentas. Es la confesión desnuda de un sistema que prefiere morir quemado antes que abandonar un solo dólar de beneficio fósil.
Guterres, en contraste, recordó que “la paz es nuestra principal obligación” y que la barbarie en Gaza, Ucrania o Sudán pone en cuestión la humanidad básica. Sin nombrar directamente a Israel, denunció los “horrores” de un castigo colectivo que viola todos los tratados internacionales. Pero las palabras del secretario general se estrellan contra el muro del poder nuclear, militar y mediático que protege a Trump y Netanyahu.
El resultado es demoledor: un presidente de Estados Unidos que se proclama pacificador mientras niega el clima, criminaliza a migrantes, exige obediencia energética y legitima un genocidio televisado. Una fotografía perfecta de la era del cinismo.
La ONU se reivindica como brújula moral, pero frente a un imperio armado hasta los dientes, la brújula parece girar en círculos. Porque la pregunta no es si Trump miente. La pregunta es cuántas vidas más se seguirán sacrificando mientras el mundo escucha sus mentiras como si fueran inevitables.
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