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La crisis más grave entre el Gobierno y el Ejército desde 1948 amenaza con romper uno de los pilares del Estado israelí
LA BRECHA ENTRE LA POLÍTICA Y LOS CUARTELES
La decisión del Gobierno de Israel de aprobar un plan para ocupar por completo la Franja de Gaza ha abierto una grieta de dimensiones históricas entre el primer ministro Benjamín Netanyahu y la cúpula de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Desde 1948, el Ejército ha tejido la identidad nacional y ha sido elevado a la categoría de institución casi sagrada. Ahora, por primera vez, los altos mandos acusan a los líderes políticos de imponer una operación que rechazan de forma rotunda.
Eyal Zamir, teniente general y jefe del Estado Mayor, advirtió durante días que una ocupación total sumiría al país en un “agujero negro” de insurgencia sostenida. Sus reparos no eran solo militares: alertó de la carga humanitaria y del riesgo que corrían los rehenes. La respuesta del entorno de Netanyahu fue fulminante. Su hijo acusó a Zamir de “motín” y el ministro de Seguridad Nacional, el ultraderechista Itamar Ben-Gvir, exigió que el general se comprometiera públicamente a obedecer cualquier orden, incluso si significaba invadir Gaza.
La prensa israelí llegó a especular con su dimisión, en un contexto marcado por una serie de salidas forzadas en la cúpula de seguridad: Herzi Halevi, ex jefe del Estado Mayor; Ronen Bar, ex director del Shin Bet; y altos cargos como Aharon Haliva, Yaron Finkelman, Oded Basyuk o Eliezer Toledano. Nunca antes la cúpula militar y de inteligencia había sufrido una purga semejante en plena guerra.
UNA CRISIS CON REPERCUSIONES POLÍTICAS Y SOCIALES
El profesor Yagil Levy, director del Instituto para el Estudio de las Relaciones Civiles-Militares en la Universidad Abierta de Israel, no duda en calificar este choque como “la crisis más grave desde la guerra de 1948”. Advierte que, si la confrontación se mantiene, el Gobierno podría perder uno de sus principales bastiones de legitimidad: el respaldo del Ejército. En un país donde la milicia ha sido siempre garante de la supervivencia del Estado, ese respaldo no es simbólico, sino estructural.
La fractura no se limita a las cúpulas. El descontento recorre la tropa y los reservistas. En junio, 41 oficiales y reservistas firmaron una carta abierta acusando al Ejecutivo de librar una “guerra innecesaria y eterna” y anunciaron que no participarían en más operaciones en Gaza. Según la cadena pública Kan, solo un 60% de los reservistas convocados se han presentado. Entre los ausentes están los llamados “negativos grises”: quienes se refugian en bajas médicas, alegan cargas familiares o desaparecen del país durante la movilización.
El malestar tiene un origen evidente: el número creciente de víctimas civiles palestinas. Soldados que han combatido en Gaza se niegan a volver, conmocionados por la devastación y conscientes de que la opinión pública israelí ya no es unánime. Hasta ahora, el Ejército había proporcionado legitimidad para prolongar la guerra. Si ese pilar se resquebraja, las protestas internas pueden multiplicarse, como ya se ha visto en manifestaciones que exigen un alto el fuego y el regreso de los rehenes.
Las fisuras también atraviesan las propias FDI. Según el diario Yedioth Ahronoth, las divisiones entre altos mandos son reales y, lejos de cerrarse, se profundizan con cada operación. Un Estado que durante décadas presentó un frente unido ante cualquier ofensiva militar se enfrenta ahora a un escenario inédito: la guerra externa en Gaza y la interna en sus propios cuarteles.
En este contexto, Josep Borrell y más de un centenar de exeurodiputadas y exeurodiputados han solicitado a la Comisión Europea la suspensión del Acuerdo de Asociación con Israel. Si la presión internacional se combina con la erosión interna, Netanyahu podría encontrarse sin aliados ni en la comunidad internacional ni en el corazón de su propio Estado.
Cuando un gobierno pierde la obediencia de sus generales, la historia demuestra que no hay blindaje político capaz de salvarlo.
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