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El manual retórico de Washington para justificar la complicidad en atrocidades está escrito desde hace décadas y se sigue aplicando sin cambios
Desde Timor Oriental en 1975 hasta Gaza en 2025, pasando por Guatemala y Yemen, la política exterior de Estados Unidos ha sido una constante: apoyar militar, política o económicamente a regímenes responsables de atrocidades masivas contra la población civil, y al mismo tiempo fingir distancia moral.
No hablamos de casos aislados, sino de una estructura diplomática que protege a sus aliados incluso cuando los crímenes son evidentes y documentados. Las estrategias son tan predecibles como efectivas.
Primero está la ignorancia fingida. En 2018, tras el bombardeo saudí a un autobús escolar en Yemen que mató a decenas de niños, el general Joseph Votel admitió ante el Senado que no se hacía seguimiento del propósito de las misiones reabastecidas por EE. UU. En Timor Oriental, en Guatemala o en Gaza, la frase “no tenemos constancia” ha servido para barrer cadáveres bajo la alfombra.
Cuando la mentira ya no es sostenible, llega la ofuscación. Se siembra la duda, se cuestionan las fuentes, se culpa a las víctimas o a terceros. Así actuó Washington en 1983, minimizando las masacres indonesias en Timor o atribuyendo al movimiento guerrillero guatemalteco las matanzas documentadas por su propia inteligencia militar.
Y cuando las pruebas son irrefutables, aparece la negación técnica: no se discute que EE. UU. entrenó o armó a los perpetradores, pero se subraya que justo en ese ataque concreto no usaron el material estadounidense. Tras la masacre de Santa Cruz en Dili (1991), la administración Bush dijo que ninguno de los oficiales presentes había pasado por sus programas de formación, como si eso borrara la responsabilidad estructural.
DE LA DESVIACIÓN A LA DIPLOMACIA SILENCIOSA: LA CORTINA DE HUMO PERFECTA
Cuando la presión pública es insoportable, Washington aplica la desviación. Suspende temporalmente una entrega de bombas (como hizo Biden en mayo de 2024 con Israel), pero mantiene el grueso del flujo armamentístico. Cambia una línea de política para las cámaras, mientras el negocio bélico sigue intacto. En 1996, Clinton dejó de vender armas pequeñas a Indonesia… y a la vez firmó ventas por 470 millones de dólares, incluidos nueve F-16.
Otro recurso es la exaltación: presentar a genocidas como líderes responsables. Reagan definió al dictador guatemalteco Efraín Ríos Montt como “un hombre de gran integridad personal”, y a Suharto, responsable de más de 700 000 muertes en Indonesia y Timor Oriental, como un ejemplo de liderazgo. Biden, en pleno asedio a Gaza, describió la ofensiva israelí como una “batalla existencial”. El objetivo es claro: justificar la violencia como defensa legítima ante una supuesta amenaza extrema.
Por último, está la diplomacia silenciosa: decir que la influencia estadounidense sobre sus aliados solo es posible si se mantiene el apoyo. En Timor, el Pentágono afirmó que sus entrenamientos mejoraban el respeto a los derechos humanos, incluso después de que una unidad adiestrada por ellos asesinara a 1 200 personas en 1998. En Yemen, se llegó a insinuar que el armamento de EE. UU. servía para moderar el uso de la fuerza saudí. En Gaza, esta “moderación” se ha traducido en seis vetos de resoluciones de la ONU desde octubre de 2023 y sanciones contra jueces de la Corte Penal Internacional por investigar a Netanyahu y Gallant.
Estas seis fórmulas —ignorancia, ofuscación, negación, desviación, exaltación y diplomacia silenciosa— no son improvisaciones, sino herramientas de un guion que permite a Estados Unidos sostener a regímenes criminales sin pagar el coste político interno.
Lo más perverso es que este teatro necesita dos elementos para funcionar: el lenguaje calculado del poder y la credulidad o apatía del público. Sin la primera, el crimen sería innegable. Sin la segunda, sería imperdonable.
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