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Desde acusaciones de fraude electoral hasta alabanzas a líderes de extrema derecha: el dueño de X fomenta su ideología ultra respaldada por su dinero, y el mundo es quien lo pagará en realidad.
REINO UNIDO Y EL DESENCANTO CON LA DEMOCRACIA
La relación entre Elon Musk y la política británica comenzó como un romance entre tecnócratas y terminó en un choque brutal. Después de que Keir Starmer asumiera como primer ministro, Musk pasó de admirador a crítico despiadado. Acusó al Reino Unido de ser un «estado policial tiránico» y a Starmer de orquestar una «purga al estilo Stalin». ¿El motivo? Cambios en la legislación tributaria y el manejo de protestas de extrema derecha. La acusación más grave llegó cuando Musk calificó al ministro de protección infantil de “apologista del genocidio”.
Su furia no se limitó a Downing Street. El exministro escocés Humza Yousaf, uno de los políticos musulmanes más relevantes, fue llamado “racista antiblancos”. Incluso Nigel Farage, líder de la extrema derecha británica, fue tachado de blando por no apoyar lo suficiente al ultraderechista Tommy Robinson.
ALEMANIA, UCRANIA Y LA PROMOCIÓN DEL CAOS
La intromisión de Musk en la política alemana levantó ampollas justo antes de las elecciones. Al respaldar al partido ultraderechista AfD, declaró que “solo ellos pueden salvar Alemania”. La reacción de Olaf Scholz fue clara: “La libertad de expresión no exime de decir disparates”. Incluso el líder conservador Friedrich Merz lo calificó de “entrometido y presuntuoso”.
Musk redobló la apuesta al anunciar una charla en X con Alice Weidel, la candidata de AfD. Desde Berlín advirtieron: «No alimenten al troll», pero para Musk, las advertencias solo son combustible.
En Ucrania, su intervención fue más grave. A través de una encuesta en X, Musk planteó la celebración de elecciones en las regiones ocupadas por Rusia. La respuesta de Zelenskyy fue irónica, pero contundente: una encuesta que preguntaba si preferían un Musk prorruso o proucraniano. Mientras el país se desangra, el magnate juega a ser estratega militar desde su sillón.
CANADÁ Y AUSTRALIA: OPINIONES SIN CONSECUENCIAS
En noviembre de 2024, Musk predijo la salida de Justin Trudeau y acertó. Tras su dimisión, el dueño de Tesla lo despidió con un mordaz “herramienta insoportable”. En Australia, Musk atacó las propuestas de regular las redes sociales para evitar la desinformación. Las calificó de “fascistas” y aseguró que prohibir el acceso de menores a plataformas era un “truco para censurar internet”. La respuesta del gobierno fue firme: “Nuestra labor no es agradar a Elon Musk”.
BRASIL, IRLANDA Y DINAMARCA: ENTRE BLOQUEOS Y MEMES
En Brasil, la negativa de Musk a bloquear cuentas que difundían mentiras sobre las elecciones de 2022 provocó la suspensión temporal de X. En represalia, Musk cerró su oficina en São Paulo y despidió a todo el personal. Finalmente, desbloqueó los perfiles tras pagar multas millonarias, pero no sin antes comparar al juez Alexandre de Moraes con Darth Vader.
En Irlanda, Musk trivializó el conflicto del IRA y apoyó marchas antiinmigración en Dublín. En Dinamarca, respaldó la idea de anexar Groenlandia, afirmando que “sería bienvenida en EE.UU. si así lo decide”. Mette Frederiksen, la primera ministra danesa, fue tajante: “Groenlandia pertenece a los groenlandeses”.
ATAQUES A EUROPA Y APOYOS A LA EXTREMA DERECHA
Musk no solo se enfrentó a naciones, sino a la Unión Europea en su conjunto. Su disputa con la comisaria Věra Jourová llegó al extremo cuando la llamó “burocracia banal encarnada” y calificó al Parlamento Europeo de “marioneta antidemocrática”. La UE evalúa sanciones por promover discursos de odio al ofrecer un altavoz a la líder de AfD, pero el magnate sigue desafiando regulaciones desde su plataforma.
El discurso de Musk no solo se convierte en noticia, sino que también reconfigura narrativas peligrosas. Mientras algunos líderes optan por ignorarlo, otros lidian con los daños de sus intervenciones, que ya trascienden los memes y amenazan la estabilidad democrática global.
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