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El viejo guion imperial se repite: matar en nombre de la seguridad mientras se codicia el petróleo ajeno.
UNA HISTORIA DE INTERVENCIONES DISFRAZADAS
El martes, Donald Trump y Marco Rubio anunciaron con entusiasmo un nuevo ataque militar de Estados Unidos frente a las costas de Venezuela. Once personas murieron en lo que Washington describe como una operación contra el Tren de Aragua, uno de los carteles más mencionados en los últimos informes de seguridad. El relato oficial afirma que la embarcación navegaba en “aguas internacionales” y había zarpado desde Venezuela con droga a bordo.
La narrativa encaja con la orden ejecutiva firmada por Trump en su primer día de segundo mandato, en la que designó a los carteles de la droga como organizaciones terroristas extranjeras. Y se enlaza con la orden secreta que, según revelaron fuentes del Pentágono, autorizaba ataques militares fuera de las fronteras estadounidenses.
Más de un siglo de intervenciones en América Latina explica la sospecha inmediata de los críticos. Desde 1823, con la doctrina Monroe, hasta las operaciones de la CIA en los años 60 y 70, Washington ha utilizado cualquier excusa para invadir, bombardear o desestabilizar gobiernos que no se alineaban con sus intereses económicos. Venezuela no es la excepción: golpes de Estado fallidos, sanciones asfixiantes, bloqueo financiero y ahora la amenaza de una guerra abierta.
El presidente Nicolás Maduro respondió con un mensaje claro: ante un ataque directo, declararía una “república en armas”. Calificó la operación de “extravagante, inmoral y criminal” y advirtió a Trump de que Rubio busca arrastrarlo a una guerra que manchará sus manos de sangre.
EL PETRÓLEO COMO BOTÍN
Críticos y expertas en crimen organizado no tardaron en señalar la incoherencia del discurso estadounidense. Pino Arlacchi, exparlamentario italiano y uno de los mayores especialistas en mafias, publicó un artículo donde tildó el ataque de “gran engaño” y de “geopolítica disfrazada de guerra contra las drogas”. Su diagnóstico es contundente: esto no va de cocaína, va de petróleo.
Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del mundo. En 2019, John Bolton dejó escapar en una rueda de prensa lo que siempre fue evidente: “Sería estupendo que empresas estadounidenses pudieran acceder al petróleo venezolano”. La administración Trump, que ya había intentado forzar un cambio de régimen con el efímero Juan Guaidó, mantiene la misma obsesión. Y Rubio, convertido en secretario de Estado, juega el papel de halcón caribeño.
Mientras tanto, las redes sociales ardieron con reacciones de incredulidad. “¿Qué pasó con la promesa de Trump de no iniciar nuevas guerras?”, preguntaba un usuario. Otro lo vinculaba con la estrategia de distracción frente a los archivos de Epstein, cuyo contenido amenaza a figuras de la élite estadounidense.
No existe ninguna prueba presentada públicamente de que la lancha atacada transportara droga. ¿Cómo se identificó en segundos a una supuesta “narcolancha” en aguas abiertas? ¿Por qué se disparó a matar a once personas sin proceso judicial ni investigación previa? Las preguntas recuerdan a Irak en 2003, cuando la propaganda de las “armas de destrucción masiva” abrió la puerta a una invasión que devastó el país y que jamás encontró las pruebas prometidas.
El sitio Venezuelanalysis, con larga trayectoria en desmontar bulos mediáticos, fue directo: “¿Propaganda en marcha?”. La misma pregunta atraviesa la región. A nadie se le escapa que Washington ha desplegado buques de guerra y miles de marines frente a las costas venezolanas, en un movimiento que recuerda al preludio de anteriores invasiones.
Si Venezuela no tuviera petróleo, nada de esto estaría ocurriendo. Lo resumió así una usuaria en la red X, y la frase se expandió como un latigazo.
El problema para Trump y Rubio es que la memoria histórica pesa. América Latina no olvida Guatemala 1954, Chile 1973, Panamá 1989, ni los cientos de intentos de golpe, invasiones y bloqueos. Tampoco olvida el cinismo con el que cada operación se justificaba en nombre de la democracia, la libertad o, como ahora, la seguridad frente al narcotráfico.
Hoy, cuando Maduro declara “máxima preparación para la defensa de Venezuela”, no habla solo al chavismo. Habla a una región entera cansada de que su destino se decida en Washington.
No es la droga. No es el crimen. No es la seguridad. Es el petróleo, otra vez. Y el olor a pólvora vuelve a cruzar el Caribe.
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