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El genocidio se sostiene sobre un crimen antiguo: convertir la comida en un arma. Frenarlo es una obligación colectiva.
EL HAMBRE NO ES UNA CONSECUENCIA, ES UNA POLÍTICA
Lo que ocurre en Gaza no es un colapso humanitario espontáneo. Es un plan meticuloso para rendir a una población a través del hambre. Israel lo ha dicho con claridad en boca de sus ministros: Amichai Eliyahu declaró que “ninguna nación alimenta a sus enemigos” y Bezalel Smotrich añadió que quienes no evacúen “pueden morir de hambre o rendirse”. Palabras de un gobierno que no oculta su estrategia.
El resultado está documentado. Naciones Unidas estima que más de medio millón de personas padecen hambre catastrófica, que 132.000 niñas y niños menores de cinco años corren riesgo de morir de desnutrición aguda y que 2 millones de seres humanos viven bajo un asedio que bloquea agua, electricidad, medicinas y alimentos. Los que llegan a los puntos de distribución son recibidos a disparos. Haaretz lo tituló sin rodeos: “El hambre está en todas partes”.
La responsabilidad no es solo israelí. Estados Unidos financia, arma y cubre diplomáticamente esta estrategia. Vetos en el Consejo de Seguridad, negación de visados a dirigentes palestinos, bloqueo de resoluciones de ayuda. Y mientras, corporaciones como Palantir, Microsoft, Amazon o Google proporcionan la infraestructura digital que permite organizar el genocidio con eficiencia empresarial.
No estamos ante una crisis humanitaria accidental, sino ante el uso del hambre como arma de guerra en pleno siglo XXI. Frenarlo no depende de discursos, sino de decisiones concretas.
LO QUE EL MUNDO PUEDE HACER
La primera medida es cortar la complicidad económica. Turquía ya ha suspendido todo comercio, transporte y relaciones aéreas con Israel. Es el ejemplo a seguir: ningún país debería comerciar con un Estado que utiliza el hambre como estrategia militar.
La segunda es reconocer de forma inmediata al Estado de Palestina. Hoy lo hacen 147 países. La cumbre de septiembre ofrece la oportunidad de sumar decenas más y obligar a que Palestina sea admitida como miembro número 194 de Naciones Unidas con las fronteras de 1967. La legitimidad de un Estado palestino no es un gesto simbólico, es una vía concreta para frenar la impunidad.
La tercera pasa por romper relaciones diplomáticas hasta que acabe el asedio. Baréin, Marruecos, Sudán y Emiratos Árabes Unidos, firmantes de los Acuerdos de Abraham, deben suspender vínculos con Israel. De lo contrario, seguirán legitimando un régimen que dispara contra criaturas hambrientas.
La cuarta medida está en la propia ONU. La Asamblea General, con mayoría de dos tercios, puede suspender a Israel como hizo con Sudáfrica durante el apartheid. No hay veto estadounidense que lo impida. Y sería un mensaje claro: quien use el hambre como arma no tiene sitio en la comunidad internacional.
La quinta es detener la exportación de servicios tecnológicos y armamentísticos. Microsoft, Amazon o Google no pueden seguir proveyendo nubes y algoritmos al ejército israelí mientras éste bloquea camiones de harina y dispara a quienes esperan arroz. Si los gobiernos no actúan, la ciudadanía tiene la herramienta del boicot: ni un euro a corporaciones que colaboren con un genocidio.
La sexta medida es la más urgente: una fuerza internacional de protección en Gaza bajo el mecanismo “Unidos por la Paz”. Cuando el Consejo de Seguridad queda bloqueado por el veto estadounidense, la Asamblea General puede autorizar, por mayoría, el despliegue de fuerzas de emergencia. Así ocurrió en 1956, cuando se envió la UNEF a Egipto frente a la invasión de Israel, Francia y Reino Unido. Hoy el precedente está servido: Palestina puede invitar formalmente a una misión de protección que garantice la entrada de ayuda humanitaria y defienda a la población.
No se trata de debates diplomáticos eternos, sino de acciones inmediatas que eviten que miles de personas mueran de hambre. Cada día de espera significa niños sin leche, familias sin pan, hospitales sin suero. El reloj corre y la indiferencia mata tanto como las balas.
El hambre no es un efecto colateral, es un crimen planificado. Y hay una diferencia entre mirar hacia otro lado y ser cómplice.
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