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El sueño americano se desvaneció mucho antes de que las masas abrazaran la figura grotesca de un líder mesiánico.
Por Javier F. Ferrero
EL OCASO DEL CONSENSO DEMOCRÁTICO Y LA CONSOLIDACIÓN DEL AUTORITARISMO
El fascismo no irrumpe de improviso. Se infiltra lenta y metódicamente en los resquicios de una sociedad agotada por la incertidumbre y el desencanto. Pensadores como Sheldon Wolin, Noam Chomsky y Chris Hedges nos advirtieron que la progresiva demolición de nuestras instituciones no era un síntoma pasajero, sino el preludio de un colapso civilizatorio. El sueño americano se desvaneció mucho antes de que las masas abrazaran la figura grotesca de un líder mesiánico.
Las promesas de estabilidad y progreso quedaron sepultadas bajo las ruinas de las fábricas cerradas y los barrios empobrecidos, vestigios de un pasado industrial que ya nadie intenta reconstruir. Como señalaba Hedges en American Fascists (2007): “El abandono económico y el aislamiento social no solo destruyen vidas; generan un caldo de cultivo para la rabia colectiva, para el deseo de redención y venganza”.
Pero Donald Trump no fue el arquitecto de esta catástrofe, sino su síntoma. La enfermedad venía de mucho antes: la desregulación que desarmó el estado del bienestar, la austeridad que castigó a los vulnerables y la privatización que entregó los recursos públicos a los intereses privados. El Estado ya no protege; administra los intereses de una oligarquía cada vez más rapaz.
“La inmoralidad de las élites no radica en sus actos aislados, sino en la estructura que perpetúan, donde el cinismo se ha convertido en la norma”.
EL NEOLIBERALISMO COMO PREDICADOR DEL CAOS
El neoliberalismo, con su promesa de libertad de mercado y autorrealización, no construyó ciudadanos, sino consumidores. La clase trabajadora fue despojada de su capacidad de agencia, reducida a mano de obra prescindible y condenada al subempleo crónico. La escritora Barbara Ehrenreich describía este fenómeno como “una vida reducida a una emergencia permanente”, donde la supervivencia cotidiana devora la posibilidad de imaginar un futuro.
Mientras tanto, las grandes corporaciones desmantelaban los derechos laborales y desviaban sus fortunas hacia paraísos fiscales. En cifras, las ganancias ocultas ascienden a más de 1,42 billones de dólares. Sin embargo, cuando los crímenes de las élites salen a la luz —como los fraudes bancarios que colapsaron el 40 % de la riqueza global en 2008—, la respuesta del sistema es simbólica: multas irrisorias y ninguna consecuencia penal. El castigo es solo para quienes venden cigarrillos en la calle, no para quienes hipotecan el futuro de generaciones enteras.
Este doble rasero judicial revela una justicia que opera en dos niveles: uno implacable para las clases bajas y otro indulgente para quienes detentan el poder. En palabras de Hedges: “La inmoralidad de las élites no radica en sus actos aislados, sino en la estructura que perpetúan, donde el cinismo se ha convertido en la norma”.
Donald Trump no surgió de la nada; fue moldeado en los escenarios de reality shows como The Apprentice, un producto más de la industria del entretenimiento.
LA ILUSIÓN COMO MECANISMO DE CONTROL
El neoliberalismo no solo despojó al Estado de su función reguladora, sino que instauró un orden simbólico sustentado en ficciones mediáticas. La política dejó de ser un campo de disputas ideológicas para convertirse en un espectáculo donde las figuras públicas adoptan los tics y gestos de los personajes de un guion escrito por asesores de imagen. Donald Trump no surgió de la nada; fue moldeado en los escenarios de reality shows como The Apprentice, un producto más de la industria del entretenimiento.
En Empire of Illusion (2009), Hedges desmonta esta estrategia al compararla con las coreografías de la lucha libre profesional: «Lo que convoca a las masas no es la lucha en sí, sino las narrativas simplistas de victoria y redención, las pantomimas de fuerza y castigo que ofrecen un alivio efímero frente a la desesperación cotidiana». En este contexto, la política se vacía de contenido y se llena de gritos y eslóganes, como si el acto de gobernar fuese un combate simbólico destinado a mantener entretenida a una población cada vez más impotente.
La meritocracia es la gran ficción del capitalismo tardío, que vende como superación lo que en realidad es privilegio de cuna o azar del mercado.
EL “CULTO AL YO” Y EL COLAPSO ÉTICO
En el corazón de esta cultura se encuentra lo que Hedges denomina el “culto al yo”, una ética narcisista que ensalza la grandiosidad y desprecia la empatía. La ideología neoliberal convirtió la búsqueda del bienestar colectivo en una guerra de egos, donde la fama y la riqueza se erigen como valores supremos y su mera posesión se asume como justificante moral.
Esta deriva ha instalado en el imaginario colectivo la falsa idea de que el éxito es un derecho individual desvinculado de cualquier compromiso social. La meritocracia es la gran ficción del capitalismo tardío, que vende como superación lo que en realidad es privilegio de cuna o azar del mercado.
El régimen totalitario que describen las obras de Chris Hedges no es un delirio distópico, sino una realidad tangible: un sistema que exalta a los brutales y condena al ostracismo a quienes aún creen en la autonomía moral e intelectual. Como sentenció el crítico Irving Howe: “Los carroñeros emergen cuando un orden colapsa, con el lodo todavía en los labios”.
La historia nos enseña que las civilizaciones no caen por accidente, sino por elección. Y la nuestra ya eligió la fantasía sobre la verdad y el culto a la fuerza sobre la justicia.
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