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Israel aprueba el plan que liquida sobre el terreno cualquier posibilidad de Estado palestino
EL ASEDIO
El 20 de agosto de 2025, el Gobierno israelí dio el golpe definitivo a la posibilidad de un Estado palestino. El proyecto conocido como E1 —congelado durante casi tres décadas por presión internacional— ha recibido luz verde. El plan prevé la construcción de 3.400 viviendas para colonos israelíes sobre tierra palestina, lo que supone la fractura física de Cisjordania en dos mitades y la conexión de Jerusalén con la mayor colonia ilegal de la zona, Maale Adumim.
El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, se permitió la arrogancia de declarar que este paso elimina “el espejismo” de los dos Estados y consolida “el control del pueblo judío sobre el corazón de la Tierra de Israel”. No son palabras, son hechos: el Ejecutivo israelí más derechizado de la historia ha pasado a la acción, con un calendario preciso. Las primeras casas estarán en pie en 2026, sobre un territorio de 12 kilómetros cuadrados que une núcleos palestinos como Ramala y Belén. Su urbanización equivaldrá a colocar un candado de hormigón sobre la geografía palestina.
No hablamos de una política coyuntural. Desde 1967, cuando Israel ocupó Cisjordania tras la guerra de los Seis Días, distintos gobiernos han alentado la colonización. Hoy, más de medio millón de colonos residen en más de 300 asentamientos repartidos por el territorio ocupado, mientras tres millones de palestinos viven encerrados entre controles militares, carreteras exclusivas para colonos y un régimen que organizaciones internacionales definen como apartheid.
El propio abogado israelí Daniel Seidemann lo resume con una frase devastadora: “Este es el acuerdo del juicio final”. Según el fundador de Terrestrial Jerusalem, esta expansión elimina la viabilidad territorial de un Estado palestino. Y advierte: si la comunidad internacional no impone consecuencias dolorosas, las advertencias serán papel mojado.
EL APARTHEID COMO POLÍTICA DE ESTADO
La Autoridad Palestina se ha limitado a emitir comunicados. Habla de “prisiones a cielo abierto”, de cantones desconectados entre sí. Pero no tiene capacidad alguna de frenar la maquinaria israelí, ni militar ni diplomáticamente. La asimetría es absoluta: un pueblo con ejército, tanques y respaldo occidental frente a otro sin Estado, sin armas y con el tiempo agotándose.
La secuencia es clara. Tras el genocidio en Gaza, donde Naciones Unidas ha denunciado masacres de civiles y ataques sistemáticos a hospitales, ahora se asesta el golpe a Cisjordania. Netanyahu se muestra “desafiante y desatado”, en palabras de Seidemann. Smotrich y Ben Gvir —líderes de los colonos más radicales— gobiernan desde 2022 con el objetivo explícito de borrar Palestina del mapa. En 2024, Smotrich ya había advertido que 2025 sería el año de la soberanía israelí sobre Cisjordania. No era un eslogan, era un plan de anexión.
Mientras tanto, parte de la comunidad internacional se limita a gestos cosméticos. Francia, Canadá o Reino Unido han anunciado que estudian reconocer al Estado palestino. Israel responde sobre el terreno: con excavadoras, ladrillos y alambradas. La ONU puede repetir resoluciones y recordatorios del derecho internacional, pero sobre Ramala y Belén se levanta ya un muro de cemento.
El E1 no es un proyecto aislado. Forma parte de una estrategia que convierte la ocupación en urbanismo y la limpieza étnica en planeamiento territorial. Cada casa, cada carretera exclusiva, cada torre de vigilancia es otro clavo en el ataúd del derecho palestino a la autodeterminación.
La fractura territorial de Cisjordania equivale a la anulación del mapa. La geografía se vuelve cárcel. Y el pueblo palestino, reducido a guetos, queda a merced de un apartheid blindado en nombre de una supuesta “seguridad”.
No queda ya espacio para la hipocresía: Israel no está negociando la paz, está construyendo la anexión.
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