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El presidente estadounidense usa el miedo como combustible político y la guerra como herramienta de marketing.
EL RETORNO DEL ENEMIGO ÚTIL
Donald Trump ha convertido la política exterior de Estados Unidos en una campaña electoral permanente. Su nuevo enemigo se llama Venezuela, pero podría llamarse Irán, Cuba o México. Cualquiera sirve mientras cumpla la función de distraer.
El presidente ha autorizado operaciones encubiertas terrestres de la CIA en Venezuela y ha reforzado el despliegue militar con 10.000 soldados en el Caribe, ocho buques de guerra, un submarino y cazas F-35 en Puerto Rico. Lo presenta como una “guerra contra el narcotráfico”, aunque ni el Congreso ni las agencias de seguridad han visto pruebas de esas supuestas redes.
Trump necesita enemigos como otros necesitan oxígeno. Cada crisis que fabrica le permite inflar su relato de líder fuerte, patriota y vengador. El problema no es la guerra, sino quedarse sin cámaras.
El libreto es tan viejo como funcional. Primero se demoniza a un gobierno incómodo. Luego se exagera una amenaza —comunismo, terrorismo, narcotráfico, inmigración—. Después llegan las tropas. Y al final, el caos. Es la doctrina Bush con lenguaje de reality show y timing electoral.
Mientras tanto, los medios afines repiten su discurso como dogma. Fox News, Breitbart y el New York Post hablan de “acción necesaria”, “operaciones quirúrgicas” o “intervención humanitaria”. Palabras que encubren lo de siempre: guerra preventiva y propaganda de masas.
EL MARKETING DE LA GUERRA Y LA ECONOMÍA DEL MIEDO
Trump ha comprendido lo que el complejo militar-industrial descubrió hace décadas: la guerra no solo se libra en los campos, se vende en los platós. El conflicto es un producto, y el miedo, su estrategia de mercado.
Desde su regreso a la Casa Blanca, ha multiplicado por tres el gasto en defensa, destinando más de 1,2 billones de dólares anuales a contratos con empresas como Lockheed Martin, Raytheon o Northrop Grumman. Cada misil, cada dron y cada barco hundido son facturas firmadas por el contribuyente y cobradas por el lobby armamentístico.
El capitalismo estadounidense sobrevive gracias a sus crisis fabricadas. Cuando el consumo se estanca, se estimula el patriotismo. Cuando el empleo cae, se inventa una guerra. Y cuando los medios se cansan, se amplifica el miedo.
La Casa Blanca necesita titulares de victoria. Por eso Trump repite, con tono mesiánico, que ha “eliminado a 27 narcotraficantes” en ataques en aguas internacionales. No hay investigación judicial ni pruebas de los supuestos delitos. Solo cadáveres anónimos. Ejecutar sin juicio se llama asesinato, aunque el asesino lleve corbata.
Los estrategas republicanos lo saben: cada vez que Trump amenaza a otro país, su popularidad sube. La guerra es su algoritmo. El odio, su engagement.
Pero el miedo también rinde dividendos más allá de la política. El conflicto con Venezuela ha disparado el precio del crudo, beneficiando a Chevron, ExxonMobil y Halliburton, que controlan gran parte de las concesiones energéticas y los contratos de reconstrucción en la región. Trump declara sanciones con una mano y firma licencias con la otra.
La propaganda bélica no se limita a la televisión. Se viraliza en TikTok, se estetiza en Instagram y se vende como orgullo nacional. Los uniformes, las banderas y los helicópteros son el atrezzo perfecto de una democracia que ya no sabe diferenciar entre patriotismo y publicidad.
El imperio no se derrumba: se rebrandea.
En este nuevo formato de guerra, no hace falta invadir para dominar. Basta con crear la amenaza, militarizar la frontera y lanzar una narrativa que culpe al Sur global de todos los males. El narco sustituye al comunista, el migrante al enemigo exterior, el petróleo al botín sagrado.
Mientras tanto, la prensa europea asiste al espectáculo con servilismo. Los gobiernos de la OTAN callan ante la violación del derecho internacional porque dependen de Washington para su seguridad energética. Nadie cuestiona que Estados Unidos haya reconocido abiertamente su “conflicto armado” con el narcotráfico, un eufemismo para justificar ejecuciones y bombardeos extraterritoriales.
El resultado es un nuevo modelo de imperialismo multimedia: drones, discursos y titulares. La muerte retransmitida en directo.
Trump no gobierna, performa. Su política exterior es un guion y su guerra, un plató. Cada operación militar es una oportunidad de marketing y cada enemigo, un personaje secundario de su reality político.
Lo más inquietante es que funciona. Millones de estadounidenses creen que sus problemas se resuelven hundiendo barcos en el Caribe. No entienden que las guerras que les venden son las mismas que los empobrecen.
El enemigo nunca está en Caracas, Teherán o Pekín. Está en los despachos que deciden quién muere, quién cobra y quién miente.
La doctrina Trump no es una estrategia militar: es una estrategia de propaganda. Y en esa guerra de símbolos, la verdad siempre es la primera baja.
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