Este medio se sostiene gracias a su comunidad. APOYA EL PERIODISMO INDEPENDIENTE .
La Comunidad de Madrid puso a vigilar la sanidad privatizada a quien tenía intereses dentro del negocio.
El modelo de privatización sanitaria en Madrid vuelve a enseñar las costuras. No por una anécdota administrativa, sino por una estructura que se repite desde hace casi dos décadas. Según la investigación de Público, el Gobierno de Isabel Díaz Ayuso adjudicó en 2022 la supervisión de hospitales de gestión privada a Hill International Spain, una empresa que era accionista indirecta de uno de los centros que debía vigilar, el Hospital de Torrejón. La situación se prolongó hasta agosto de 2025. El conflicto de intereses no es una interpretación ideológica. Es una incompatibilidad descrita en los propios pliegos del contrato.
La Consejería de Sanidad afirma que todo “está ajustado a derecho”. La empresa, directamente, no responde.
Para entender el alcance del caso hay que retroceder. Gobernaba Esperanza Aguirre cuando Madrid impulsó siete hospitales bajo el modelo de “concesión de obra pública”. Constructoras y bancos levantaban los centros y gestionaban durante 30 años los servicios no sanitarios, mientras la atención médica quedaba en manos del Servicio Madrileño de Salud. Para “monitorizar” ese sistema se creó una Unidad Técnica de Control. Dependía del Sermas, pero su personal era privado. Desde 2007, ese trabajo lo hace Hill International Spain.
Durante años, esa empresa supervisó la actividad y las cuentas de los hospitales privatizados. En 2022, ya con Ayuso en la presidencia, el Gobierno madrileño amplió su contrato: Hill pasó a controlar también los hospitales en “concesión administrativa”, los centros con convenio singular (como la Fundación Jiménez Díaz o el Gómez Ulla) y contratos centralizados de limpieza, lavandería y seguridad. Más poder, más alcance y más dinero público.
EL CONFLICTO DE INTERESES QUE SANIDAD NIEGA
Uno de esos hospitales bajo concesión administrativa es el de Torrejón. Desde 2009 y hasta agosto de 2025, su gestora, Torrejón Salud SA, tuvo dos accionistas: el grupo Ribera Salud con un 89,47% y Concessia con un 10,53%. Concessia no es una firma cualquiera. Es una sociedad creada para invertir en concesiones públicas, en la que Hill International posee un 5,67%.
La empresa que auditaba la actividad y las cuentas del Hospital de Torrejón desde 2022 era, al mismo tiempo, accionista indirecta del propio hospital. Así de simple. Así de grave. Expertas y expertos consultados por Público coinciden en que la imparcialidad de la supervisión queda en entredicho. Hill International fue ratificada en abril de 2023 como miembro del consejo de administración de Concessia por un plazo de seis años. No era un vínculo menor ni desconocido.
Cuando Público preguntó, la respuesta fue el silencio. “No vamos a hacer ningún comentario”, contestó Hill International Spain. Sanidad, por su parte, negó el conflicto y lo redujo a un “problema de distribución de accionariado”. Una explicación que choca frontalmente con los pliegos del contrato.
Porque el contrato firmado en 2022 es explícito. El adjudicatario no puede “tener compromisos con terceros que puedan suponer encontrarse en una situación de conflicto de intereses”. Y añade algo más: no puede haber participado directa o indirectamente en la concesión del Hospital de Torrejón, que aparece citado de forma expresa junto a otros centros. Los pliegos exigen además una “declaración responsable” en la firma del contrato. Mentir en esa declaración es causa de resolución contractual y de prohibición para contratar con la administración. Ni la empresa ni la Consejería han aclarado qué declararon.
UNA RED FINANCIERA AL SERVICIO DE LA PRIVATIZACIÓN
Resulta difícil sostener que Sanidad no conocía el entramado societario. La creación de Concessia en febrero de 2008 fue pública y celebrada en la prensa económica. Trece cajas de ahorro y la entonces Gerens Hill International fundaron una gestora de concesiones con un objetivo claro: controlar 37 concesiones públicas por 2.000 millones de euros en 10 años. Hospitales, carreteras, aeropuertos y residencias de mayores. Negocio garantizado con dinero público.
La crisis financiera barrió buena parte de ese proyecto. Hoy Concessia mantiene solo siete socios bancarios y una inversión relevante: el 23% del Hospital Universitario de Burgos. En 2023, perdió 9,89 millones de euros, que se sumaron a 3,37 millones en pérdidas acumuladas desde 2020. Estuvo en causa de disolución y tuvo que reducir capital en 11,46 millones para sobrevivir.
Hill International tampoco nada en beneficios en España: perdió 654.000 euros en 2024, aunque facturó 13,54 millones, un 8,8% más que el año anterior. Mientras tanto, el Hospital de Torrejón ha recibido 121 millones de euros en compensaciones públicas en los últimos cinco años, incluidos 32,8 millones pagados en el verano de 2025 para evitar su insolvencia.
La privatización no es eficiencia, es transferencia de recursos. Es convertir la sanidad en un circuito cerrado donde las y los mismos actores construyen, gestionan, supervisan y rescatan. Donde quien vigila tiene intereses dentro y donde el dinero público tapa agujeros privados sin depurar responsabilidades.
Aquí no falla un trámite. Falla un modelo. Y mientras nadie asuma que la sanidad no puede estar en manos de quienes hacen negocio con su control, el conflicto de intereses seguirá siendo la norma y no la excepción.
🔗 Investigación completa de Público: https://www.publico.es/politica/gobierno-ayuso-adjudico-supervision-hospitales-gestion-privada-empresa-era-accionista.html
Este periodismo no lo financian bancos ni partidos
Lo sostienen personas como tú. En un contexto de ruido, propaganda y desinformación, hacer periodismo crítico, independiente y sin miedo tiene un coste.
Si este artículo te ha servido, te ha informado o te ha hecho pensar, puedes ayudarnos a seguir publicando.
Cada aportación cuenta. Sin intermediarios. Sin líneas rojas impuestas. Solo periodismo sostenido por su comunidad.
Related posts
SÍGUENOS
‘MANGOS’, parte 8 | el peligro que se viene
Durante años nos vendieron Silicon Valley como un laboratorio de futuro. Jóvenes brillantes, garajes, innovación, camisetas negras, discursos sobre conectar a la humanidad y mejorar el mundo. La postal era limpia. La realidad, bastante más sucia. Detrás de cada promesa había concentración. Detrás de cada aplicación gratuita, extracción de datos. Detrás de cada “nube”, centros de datos, contratos, energía, agua, minerales, trabajadores y trabajadoras precarizadas, lobbies y dependencias públicas cada vez más profundas.
Ahora esa vieja maquinaria entra en una fase más peligrosa. Los MANGOS —Meta, Anthropic, Nvidia, Google, OpenAI y SpaceX— no quieren dominar solo una red social, un buscador, un sistema de satélites, una nube o un modelo de inteligencia artificial. Quieren colocarse en todos los puntos por los que tendrá que pasar la economía digital de la próxima década. Chips, datos, cómputo, aplicaciones, satélites, sistemas operativos, distribución, defensa, publicidad, centros de datos y modelos generativos. El menú completo.
Y eso cambia la escala del problema.
‘MANGOS’, parte 7 | Google: la inteligencia artificial que no necesita pedir permiso porque ya vive en tu móvil
Google lleva años vendiéndose como una puerta al conocimiento. Una caja blanca. Un logo simpático. Una promesa infantil de acceso universal a la información. Durante mucho tiempo funcionó. Buscar algo en Internet era “googlearlo”, como si una empresa privada hubiera conseguido convertirse en verbo sin que eso pareciera un problema político. Y ahí empezó todo. Cuando una compañía logra confundirse con una acción cotidiana, ya no compite en un mercado. Organiza el mercado.
Ahora Google forma parte de los MANGOS, el nuevo club de gigantes tecnológicos que aspiran a dominar la inteligencia artificial: Meta, Anthropic, Nvidia, Google, OpenAI y SpaceX. Es, junto a Meta, una de las supervivientes del viejo bloque de las GAFAM. No ha llegado a esta fase desde fuera. No es una recién llegada con hambre de disrupción. Es una de las corporaciones que ya moldeaban Internet antes de que ChatGPT encendiera la fiebre global el 30 de noviembre de 2022.
Su ventaja es brutal. Google no necesita convencer a medio mundo de entrar en su ecosistema porque medio mundo ya vive dentro. El buscador, Gmail, YouTube, Maps, Android, Chrome, Google Docs, la nube, la publicidad. Una arquitectura entera de dependencia cotidiana. La inteligencia artificial no aterriza ahí como un producto nuevo, sino como una capa añadida sobre una infraestructura existente. Gemini no tiene que llamar a la puerta. La puerta es suya.
‘MANGOS’, parte 6 | Nvidia: la fábrica de picos de la fiebre del oro de la inteligencia artificial
Toda fiebre del oro necesita una mentira y una verdad. La mentira es que cualquiera puede hacerse rico si corre lo bastante rápido. La verdad es que casi siempre ganan quienes venden las herramientas. En la inteligencia artificial, esa empresa se llama Nvidia.
Mientras OpenAI, Anthropic, Google, Meta y SpaceX compiten por modelos, asistentes, plataformas, satélites y relatos de futuro, Nvidia ocupa un lugar más frío y mucho más decisivo: el hardware. Los chips. La base material. Sin sus procesadores, no hay entrenamiento masivo de modelos, no hay centros de datos a escala, no hay carrera por la IA generativa, no hay promesa de automatizarlo todo. Hay discursos, sí. Hay presentaciones. Hay CEOs hablando de cambiar el mundo. Pero falta la máquina.
Por eso Nvidia forma parte de los MANGOS, el nuevo acrónimo que agrupa a Meta, Anthropic, Nvidia, Google, OpenAI y SpaceX como las empresas llamadas a dominar la cadena de valor de la inteligencia artificial. Su papel es distinto al de las demás. No necesita llegar directamente a 3.500 millones de usuarios activos como Meta. No necesita tener la aplicación más conocida como OpenAI. No necesita controlar Android como Google ni lanzar satélites como SpaceX. Nvidia está antes. Más abajo. En el sótano real del sistema.
Y quien controla el sótano controla el edificio.
Vídeo | Más de 1.000.000 de personas han visto nuestra denuncia ‘Fábrica de obediencia’
Dicen que una bandera arcoíris “adoctrina” a la infancia. Pero meter a menores bajo una carpa para que lloren, griten, se arrodillen y aprendan obediencia lo llaman “avivamiento”.
Estrenamos nuevo reportaje de Spanish Revolution: “Tras la Nakba”, segunda parte de “Palestina y la historia que quieren borrar”.
La historia de Palestina no empezó el 7 de octubre de 2023. Y tampoco terminó en 1948 con la Nakba. Después vino 1967, la ocupación de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, los checkpoints, los asentamientos, el muro, el bloqueo y una maquinaria de control que…
Seguir
Seguir
Seguir
Subscribe
Seguir