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Cuando el dolor exige respeto y la extrema derecha vuelve a usar a las víctimas como munición
La política española ha bajado el tono. No por convicción ética, sino porque al menos 40 personas han muerto y 152 han resultado heridas tras el descarrilamiento de dos trenes en Adamuz (Córdoba). El país ha entrado en tres días de luto oficial (20, 21 y 22 de enero de 2026) y, durante unas horas, la disputa partidista ha quedado suspendida. No es un gesto menor. Es una excepción. Y también es un espejo.
EL CONSENSO DEL DUELO, LA RESPONSABILIDAD DEL ESTADO
En Adamuz se ha visto algo poco habitual. Gobiernos de distinto signo, partidos enfrentados y administraciones con competencias cruzadas han decidido no usar una tragedia colectiva como arma política inmediata. La imagen del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, junto al presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno, no es solo protocolaria. Marca un mensaje claro: primero las víctimas, luego las explicaciones.
Sánchez suspendió toda su agenda, incluida su presencia en el Foro de Davos, al que había acudido de forma sistemática en años anteriores. También canceló la ronda de contactos parlamentarios sobre un eventual despliegue militar en Ucrania. No es un detalle menor. En política, cancelar Davos es una señal de gravedad institucional.
El Partido Popular siguió el mismo camino. Alberto Núñez Feijóo anuló la reunión del Comité de Dirección, pospuso su encuentro con el presidente del Gobierno y se desplazó a Adamuz. Su discurso fue contenido. Incluso cuando señaló falta de información directa por parte del Ejecutivo, evitó el ataque frontal. Aprendió de la DANA de 2024, donde la derecha convirtió una tragedia con 230 víctimas mortales en un campo de batalla político que aún hoy supura.
El PSOE suspendió actos públicos y frenó la campaña en Aragón. Otras fuerzas políticas hicieron lo mismo. No porque el sistema funcione especialmente bien, sino porque el dolor desborda el ruido. En ese silencio temporal hay una verdad incómoda: la política sabe comportarse cuando quiere.
VOX Y LA INDUSTRIA DEL OPORTUNISMO
La excepción confirma la regla. Vox decidió no detenerse. No suspender agenda. No bajar el tono. No esperar. Eligió el camino de siempre. Mientras los equipos de rescate seguían trabajando entre los vagones, Santiago Abascal ya estaba escribiendo en redes sociales que no podía confiar en el Gobierno. A las 22:30 del mismo día del accidente, cuando aún se recuperaban cuerpos, Vox ya había señalado culpables.

Al día siguiente, el discurso se radicalizó. “Nos gobierna el crimen, la mentira y la traición”, dijo Abascal. No es un desliz retórico. Es una estrategia. Convertir el duelo en combustible político, incluso cuando no hay datos, ni informe técnico, ni investigación cerrada.
Su portavoz, José Antonio Fúster, llegó a presentar la normalidad de su agenda como una forma de homenaje a las víctimas. Una inversión moral obscena. Trabajar no es homenajear. Callar, esperar y no mentir sí lo es.
La extrema derecha repite patrón. Lo hizo tras la DANA de octubre de 2024, culpando sin pruebas al Gobierno y a las políticas verdes. Lo hizo mientras su entorno era acusado de desviar cientos de miles de euros destinados a damnificados, un escándalo que acabó con expulsiones internas. Y lo vuelve a hacer ahora, hablando de auditorías y deterioro de infraestructuras sin esperar una sola conclusión técnica.
Todo ello mientras usa la tragedia como palanca en Extremadura, presionando al PP para exigir las consejerías de Agricultura, Industria y Educación. Presupuesto ejecutable a cambio de estabilidad, incluso en pleno luto nacional. No es casualidad. Es doctrina.
También hay silencios selectivos. Isabel Díaz Ayuso mantuvo su agenda institucional, con reuniones económicas y diplomáticas, mientras declaraba el luto oficial en Madrid. Prudencia en las palabras, continuidad en los actos. Madrid era origen y destino de los trenes accidentados. El gesto quedó a medio camino entre la empatía y la rutina.
Adamuz deja una enseñanza amarga. Cuando la política se detiene, no es por respeto automático, sino por decisión consciente. Y cuando alguien se niega a parar, no es por responsabilidad, sino por cálculo. Las víctimas merecen verdad, justicia y memoria. No discursos prefabricados ni acusaciones sin pruebas. El respeto también se mide por la capacidad de callar cuando aún hay cuerpos bajo los escombros.
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