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Cuando el poder global decide obedecer al delirio en lugar de ponerle límites
Hay preguntas que suenan exageradas hasta que dejan de serlo. Durante años, la política internacional ha funcionado con un principio no escrito: asumir que, incluso en el caos, existe un suelo racional que nadie se atreverá a romper del todo. Donald Trump lleva una década demostrando que ese supuesto era una fantasía cómoda. No porque sea imprevisible, sino porque su proyecto político no necesita coherencia, solo obediencia.
Plantear si Trump está dispuesto a llevar el mundo al borde del colapso antes de morir no es una boutade. Es una hipótesis que se vuelve razonable cuando observamos los hechos acumulados, las decisiones tomadas y, sobre todo, las que nadie se atreve a frenar. El problema ya no es Trump. El problema es el sistema entero diciendo que sí.
No hablamos de un líder aislado, sino de un nodo central de poder global con capacidad para desencadenar guerras comerciales, conflictos armados, crisis climáticas y colapsos institucionales. Todo eso ya ha ocurrido, en mayor o menor grado, bajo su influencia directa. La diferencia ahora es el contexto: un planeta exhausto, una economía frágil y una arquitectura internacional debilitada a propósito.
Trump no necesita ganar una guerra para destruir el mundo. Le basta con dinamitar los consensos mínimos que lo mantienen en pie. Retirarse de acuerdos climáticos. Vaciar de sentido los organismos multilaterales. Convertir la diplomacia en extorsión. Normalizar la violencia como herramienta política. Eso no es locura. Es una estrategia que asume el daño como coste aceptable.
DECIR SÍ A UN LOCO ES UNA DECISIÓN POLÍTICA
Durante años se ha repetido que Trump es un loco, un bufón, un accidente histórico. Esa narrativa ha servido para tranquilizar conciencias y evitar responsabilidades. Porque si es un loco, nadie es culpable de seguirle. Pero la realidad es otra: Trump no gobierna solo, ni habla al vacío, ni actúa sin consecuencias.
Cada vez que un gobierno europeo guarda silencio, cada vez que una empresa se adapta sin protestar, cada vez que una institución mira hacia otro lado para no molestar a Washington, se está tomando una decisión consciente. Decir que sí a un loco no es un error. Es una elección.
La historia está llena de ejemplos donde el problema no fue el tirano, sino la cadena infinita de personas razonables que decidieron no enfrentarlo. El “no es el momento”, el “ya se calmará”, el “no podemos hacer nada”. Trump ha prosperado precisamente en ese terreno: el de la cobardía bien argumentada.
El capitalismo global, en particular, ha demostrado una capacidad asombrosa para adaptarse a cualquier barbaridad siempre que sea rentable. Si bombardear estabiliza mercados, se bombardea. Si sancionar mata civiles, se sanciona. Si destruir el clima genera beneficios a corto plazo, se acelera. Trump no inventó esa lógica. La lleva a su forma más obscena.
Lo inquietante no es que Trump esté dispuesto a llevarse todo por delante. Lo inquietante es que una parte significativa de las élites políticas y económicas parece haber asumido que eso es gestionable. Que el caos puede administrarse. Que el colapso siempre afecta a otros. La historia demuestra que nunca es así.
Hay algo profundamente peligroso en un líder que no cree en el futuro porque no piensa habitarlo. Trump gobierna desde una lógica crepuscular: acumulación, venganza, destrucción de todo aquello que no controla. No necesita construir nada duradero. Le basta con dejar ruinas.
Y frente a eso, la respuesta dominante sigue siendo la misma: normalización. Tratar cada barbaridad como una excentricidad más. Convertir el escándalo en rutina. Desactivar la alarma para poder seguir funcionando.
Pero el mundo no funciona así. Las guerras no se desactivan solas. El clima no espera. Las instituciones no se reconstruyen por inercia. Cada cesión tiene un precio acumulativo. Cada silencio añade peso a la catástrofe.
No sabemos si Trump quiere destruir el mundo antes de morir. Lo que sí sabemos es que no le importa si ocurre, y que demasiada gente poderosa ha decidido que ese riesgo es asumible. Esa es la verdadera locura colectiva. Y no se corrige con ironía ni con resignación.
Se corrige dejando de obedecer al delirio por miedo a incomodar, porque cuando el poder se acostumbra a que nadie le diga no, el final siempre llega antes de lo previsto.
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bastaría con un buen boicot generalisado a los productos de EEUU para que al zanahorio se le terminen las bravuconadas, asi de simple.