El galardón que premió guerras y genocidios vuelve a mostrar su verdadera cara.
LA OBSESIÓN DE TRUMP Y EL CINISMO DE NETANYAHU
Donald Trump lleva años obsesionado con el Premio Nobel de la Paz. No es una metáfora: es un complejo, una fijación que nace de la envidia corrosiva hacia Barack Obama, aquel presidente al que detesta por encima de todos los demás y que recibió el galardón en 2009 sin haber hecho absolutamente nada por la paz mundial. La diferencia es que Obama al menos supo disimular, mientras Trump convierte la ambición en espectáculo y exige abiertamente un reconocimiento que confunde con una corona imperial.
En su segundo mandato, el republicano se ha empeñado en presentarse como arquitecto de acuerdos internacionales que nunca existieron. Se atribuyó la detención de la escalada militar entre India y Pakistán en la primavera pasada, aunque Nueva Delhi lo negó con furia. Su único respaldo provino del general Asim Munir, jefe del ejército pakistaní, cuya trayectoria pacifista es tan creíble como un tratado de desarme redactado por la industria armamentística.
Trump también quiso colgarse la medalla por el final de la guerra de doce días entre Israel e Irán hace apenas dos meses. El disparate alcanza niveles grotescos: el alto el fuego llegó después de que Estados Unidos se sumara a la ofensiva israelí contra Teherán. Es como pretender que el pirómano merece un premio de ecología porque el fuego se apagó tras arrasar el bosque.
El clímax del cinismo lo puso Benjamín Netanyahu, que en una visita reciente a la Casa Blanca entregó personalmente una carta al comité noruego del Nobel respaldando la candidatura de Trump. Según el primer ministro israelí, su “dedicación a la paz, la seguridad y la estabilidad en el mundo” es incuestionable, sobre todo en Oriente Medio. Que quien lidera un asedio genocida en Gaza se postule como autoridad moral sobre la paz no es ironía: es brutalidad diplomática.
EL HISTORIAL INFAME DEL NOBEL DE LA PAZ
Quien se sorprenda de estas nominaciones debería repasar la historia del premio. El Nobel de la Paz ha sido entregado a verdugos que disfrazaron la sangre con discursos vacíos. Henry Kissinger lo recibió en 1973 mientras las bombas caían sobre Vietnam y Camboya. Menahem Begin lo obtuvo en 1978 tras haber sido jefe de un grupo terrorista sionista en Palestina. Barack Obama fue galardonado antes de firmar el récord de ataques con drones y asesinatos selectivos en su mandato. Y en 2019 Abiy Ahmed, primer ministro etíope, recogió el galardón antes de desencadenar una guerra en Tigray que costó más de 300.000 vidas según investigaciones académicas y desplazó a millones.
Con semejante expediente, Trump y Netanyahu no desentonan, encajan. Su nombre al lado de Kissinger y Obama completaría un álbum de familia donde la paz siempre fue una palabra hueca, utilizada como barniz para legitimar guerras preventivas, invasiones y limpieza étnica.
Trump ya ha mostrado su verdadera doctrina: apoyar sin fisuras la ofensiva israelí sobre Gaza, justificar la deportación masiva de su población y soñar con urbanizaciones norteamericanas sobre ruinas palestinas. Netanyahu, por su parte, lleva años presentando la anexión territorial como un proceso de “normalización”. En ambos casos, la paz no significa justicia ni convivencia, sino la desaparición del adversario.
UNA PROPUESTA TAN SARCÁSTICA COMO REAL
En 1939 el diputado sueco Erik Brandt envió una carta nominando a Adolf Hitler para el Nobel de la Paz. Era sarcasmo, una denuncia disfrazada de propuesta. Hoy la realidad ha alcanzado a la sátira: la nominación de Trump por militares paquistaníes y por Netanyahu carece de ironía. Es seria, institucional, aceptada en los pasillos del poder.
El Nobel de la Paz, convertido en parodia de sí mismo, funciona como un espejo invertido: cuanto más violento y reaccionario es el candidato, más probabilidades tiene de ser reconocido. La retórica de la paz se ha convertido en un arma diplomática para blanquear genocidios, premiar la impunidad y convertir la guerra en espectáculo moral.
Lo que empezó como sarcasmo en 1939 puede acabar como realidad en 2025: que un presidente xenófobo y un primer ministro acusado de crímenes de guerra se disputen el mismo galardón que, en teoría, debería honrar a quienes defienden la vida. El Nobel de la Paz no premia la paz, premia el poder. Y hoy, ese poder se mide en misiles, bloques de hormigón y desplazamientos forzados.
La paz convertida en negocio, el premio en farsa, y los verdugos en candidatos de honor.
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