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La caída del líder húngaro deja al descubierto una relación política y económica incómoda para la extrema derecha española
Roma, 3 y 4 de febrero de 2020. No fue solo una foto. En aquella Conferencia Nacional de Conservadurismo, Santiago Abascal y Viktor Orbán escenificaron algo más profundo: una alianza política que, con los años, acabaría siendo también económica. Entonces se hablaba de “valores comunes”. Hoy, visto con distancia, era el inicio de una red de afinidades que iba mucho más allá del discurso.
Abascal lo dijo sin rodeos. Orbán representaba “el futuro de Europa”. No era una frase menor. Era una apuesta. Y durante seis años, desde aquel encuentro hasta la derrota electoral del líder húngaro este 13 de abril, Vox no se ha movido ni un centímetro de esa posición. Al contrario. Ha profundizado.
El resultado es una relación estrecha, sostenida en el tiempo y con varias capas. Política, ideológica… y también financiera. Porque no se trata solo de discursos o fotos. Hay dinero. Y hay estrategia.
Una alianza que resistió incluso la guerra
El vínculo entre Vox y Fidesz no se debilitó ni siquiera en los momentos más delicados para Europa. Ni con la invasión de Ucrania. Ni con las tensiones dentro de la Unión Europea. De hecho, ocurrió justo lo contrario.
En 2024, mientras Orbán viajaba a Moscú para reunirse con Vladimir Putin —en plena guerra—, Vox tomaba una decisión clave: abandonar su grupo europeo, los Conservadores y Reformistas, para integrarse en Patriots, el espacio impulsado por el propio Orbán. El mismo día. Sin matices.
El gesto fue interpretado como lo que era: una declaración de lealtad. Incluso el Partido Popular marcó distancias, señalando que ese viaje “no representaba a la Unión Europea”. Vox, en cambio, se alineó. Y lo hizo sabiendo que ese movimiento tensaba su relación con otros aliados, como Giorgia Meloni.
No fue un desliz. Fue coherencia interna. La extrema derecha europea lleva años construyendo una red transnacional que comparte enemigos, discursos y estrategias. Y Vox ha decidido formar parte de ese bloque sin ambigüedades. Lo confirma el giro electoral en Hungría, analizado en la caída de Orbán tras 16 años en el poder, que pone en cuestión ese modelo político.
Los préstamos: la otra cara de la relación
Pero la relación no se limita a la política. Aquí aparece un elemento más incómodo. El financiero. Y ahí los datos son concretos.
Vox ha recibido financiación de entidades vinculadas al entorno de Orbán. En concreto, del MBH Bank, un banco con participación estatal cuyo principal accionista es Lőrinc Mészáros, empresario cercano al líder húngaro.
Las cifras hablan por sí solas. En 2023, Vox obtuvo un préstamo de 9,2 millones de euros: 6,5 millones para elecciones generales y 2,6 millones para comicios locales. No fue un caso aislado.
En junio de 2024, se produjo un segundo movimiento, más extraño: un crédito de 192.082 euros que fue devuelto apenas 24 horas después de solicitarlo. Un episodio que nunca terminó de aclararse.
Y aún hubo un tercero. Antes de las elecciones europeas de 2024, Vox recibió otros 7 millones de euros del mismo banco. Tres operaciones. Tres momentos clave. Un patrón.
Esto ya no es solo afinidad ideológica. Es dependencia financiera. O, al menos, una relación que plantea preguntas incómodas sobre la autonomía política de la formación de Abascal.
Orbán, España y el discurso compartido
Las visitas de Orbán a España han seguido esa misma lógica. No institucional. No diplomática. Partidista.
La última fue en febrero de 2025, en Madrid, en un evento organizado por Patriots. Allí, el líder húngaro respaldó públicamente a Abascal con una frase reveladora: “yo te entiendo, Santiago”. El contexto era claro. Discurso contra el islam. Retórica de confrontación cultural. La misma narrativa.
No fue una anécdota. Fue un mensaje político. En ese acto se reivindicaron incluso las cruzadas como símbolo. Un marco ideológico que conecta directamente con el relato de choque civilizatorio que impulsa buena parte de la extrema derecha internacional.
Y no solo Europa. La red incluye también a Estados Unidos. Hace apenas unos días, Abascal participó en un acto de campaña de Fidesz junto a JD Vance, vicepresidente estadounidense, y con una intervención telefónica de Donald Trump. Una escena que resume bien el ecosistema político en el que se mueve Vox.
No es casualidad. Es estructura. Como ya se advertía en el análisis sobre el impacto de Trump en la extrema derecha global, estas alianzas no son improvisadas. Forman parte de una estrategia compartida.
Ahora, con Orbán fuera del poder tras 16 años, el problema para Vox no es solo la pérdida de un aliado. Es la exposición. La caída de uno de sus referentes deja al descubierto la red que sostenía ese modelo. Y, sobre todo, obliga a responder a una pregunta incómoda: hasta qué punto esa relación era política… y hasta qué punto era otra cosa.
Porque cuando la afinidad ideológica se mezcla con millones de euros, ya no hablamos solo de política. Hablamos de poder.
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