La devoción mal entendida no cura el cáncer ni resucita a la infancia abandonada a su suerte
Más que una doctrina espiritual, la Ciencia Cristiana ha funcionado durante más de un siglo como una coartada para la negligencia médica y la irresponsabilidad parental. Fundada en el siglo XIX por Mary Baker Eddy, su propuesta no es simplemente creer en Dios: es rechazar activamente cualquier tipo de tratamiento médico convencional en nombre de una supuesta sanación divina a través de la oración.
Detrás de esta fachada piadosa se acumulan cadáveres. Desde 1887 hasta bien entrados los años 90, más de 50 casos judiciales documentan muertes de menores en Estados Unidos cuyas vidas pudieron salvarse con atención médica básica. No hablamos de enfermedades incurables ni de pandemias imprevisibles, sino de neumonías, infecciones o tumores que en contextos sanitarios normales se habrían tratado sin mayor complicación.
Lisa Sheridan, de cinco años, murió en 1967 en Massachusetts por una neumonía. Su madre, miembro de la Ciencia Cristiana, fue condenada por homicidio involuntario. Ashley King, de 12 años, falleció en 1988 tras sufrir durante meses un tumor en la pierna que llegó a medir más de un metro de circunferencia. Sus padres, Científicos Cristianos convencidos, se declararon culpables de imprudencia temeraria. El Estado tuvo que actuar, pero demasiado tarde. Las niñas murieron. Las oraciones no fueron escuchadas. El dogma, sin embargo, permaneció intacto.
Estas muertes no son accidentes. Son el resultado directo de una ideología que niega la medicina, criminaliza el tratamiento y deshumaniza el dolor.
Y lo más obsceno es que todo esto se perpetúa legalmente bajo el paraguas de la libertad religiosa. En Estados Unidos, varios estados conceden exenciones legales a prácticas médicas basadas en creencias religiosas, lo que permite que padres y madres eludan la responsabilidad penal por la muerte de sus hijas e hijos si pueden justificarla mediante la fe. La religión se convierte así en un escudo para el abandono.
VAL KILMER Y EL PRECIO DE NEGAR LA EVIDENCIA
Val Kilmer, actor célebre y figura admirada por generaciones, se convirtió en uno de los casos más visibles de cómo la fe puede convertirse en una trampa mortal. En 2014, descubrió un bulto en la garganta. Pero, en lugar de acudir al médico, confió en la oración. Durante meses, rechazó cualquier tratamiento médico, convencido de que su fe le protegería. No fue hasta que comenzó a vomitar sangre, que aceptó acudir al hospital.
Lo que encontraron fue un cáncer de garganta avanzado. Y lo que siguió fue lo que siempre sigue cuando se llega tarde: tratamientos agresivos, cirugía, radioterapia, quimioterapia y una traqueotomía que le dejó secuelas permanentes. Su voz quedó destrozada.
No fue su fe la que lo salvó. Fue la medicina la que logró aplazar lo inevitable. Fue el sistema médico al que tanto despreciaba. Y tampoco fue una epifanía personal lo que lo llevó al hospital, sino la presión de sus hijas e hijos, que se negaban a ver cómo su padre moría por obedecer una doctrina sin base científica.
Val Kilmer falleció el 1 de abril de 2025, en Los Ángeles, a los 65 años, por complicaciones derivadas de una neumonía que su organismo ya devastado no pudo resistir. Llevaba más de una década arrastrando las secuelas de una enfermedad que pudo haberse tratado a tiempo, si no fuera por su fanatismo.
El caso de Kilmer no es una anécdota. Es un síntoma. Una figura pública que sacrificó su salud en nombre de una fe que le exigía negar la realidad. Una fe que no le curó. Una fe que le falló. Y un sistema que, pese a todo, intentó salvarle.
La Ciencia Cristiana no es solo una creencia inofensiva. Es una estructura de pensamiento que criminaliza la razón, castiga la prevención y santifica el sufrimiento.
Organizaciones como Children’s Healthcare is a Legal Duty (CHILD) han documentado cientos de casos similares y luchan por erradicar las excepciones legales que permiten que madres y padres antepongan la oración a la salud de sus criaturas. Pero cada avance choca con los lobbies religiosos, con la complicidad del sistema legal y con una cultura que sigue confundiendo tolerancia con impunidad.
El problema no es la espiritualidad. El problema es cuando esa espiritualidad se convierte en política de salud pública. Cuando se permite que creencias privadas dicten decisiones médicas. Cuando se sacrifica a la infancia en nombre de una divinidad que, si existe, no parece muy preocupada por la ética médica ni por las estadísticas de mortalidad infantil.
No hay milagro que justifique la muerte de una niña a la que se le negó un antibiótico.
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