Mientras millones de personas sufren el cierre del Gobierno, los republicanos votan para destruir uno de los últimos refugios naturales del planeta.
UN GOBIERNO PARALIZADO, PERO AL SERVICIO DEL PETRÓLEO
Ni el hambre, ni la deuda, ni las colas para recoger comida detienen al poder fósil en Estados Unidos. Con el Gobierno paralizado por el cierre impuesto por Donald Trump, el Senado controlado por los republicanos ha aprobado una resolución para eliminar las protecciones ambientales del Ártico occidental. La medida, impulsada por el senador Dan Sullivan (Alaska), revoca una decisión de 2022 de la administración Biden que prohibía la perforación en millones de hectáreas del norte de Alaska.
El resultado fue 52 votos a favor y 45 en contra, con solo un demócrata —John Fetterman— sumándose a los republicanos. La propuesta ahora pasará a la Cámara de Representantes, también dominada por la derecha trumpista.
La escena es grotesca: mientras los servicios públicos siguen paralizados y decenas de miles de empleados federales no cobran, los senadores republicanos se apresuran a servir a las petroleras. “El cierre del Gobierno lleva casi cinco semanas, y la prioridad de los republicanos no es pagar a los trabajadores ni garantizar los servicios, sino abrir el Ártico al negocio del gas y el petróleo”, denunció Athan Manuel, del Sierra Club.
No hay presupuesto para hospitales ni escuelas, pero sí hay tiempo para desmantelar reservas naturales. El nuevo decreto de Trump y sus aliados apunta directamente a 1,56 millones de hectáreas de la llanura costera del Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico, una de las últimas regiones vírgenes del planeta.
EL CAPITAL FÓSIL DICTA, LA VIDA PAGA
El vicepresidente de Defenders of Wildlife, Robert Dewey, advirtió que esta votación “autoriza la destrucción continuada de hábitats esenciales para la supervivencia de la fauna salvaje”. Osos polares, caribúes, zorros árticos y aves migratorias verán arrasadas sus tierras de cría, convertidas en campos de extracción.
Detrás de la ofensiva está el viejo pacto entre Trump y las corporaciones energéticas. Durante su campaña, el magnate prometió “abrir todo lo que se pueda perforar” a cambio de financiación electoral. Según estimaciones independientes, las empresas de combustibles fósiles invirtieron más de 450 millones de dólares para apoyar su candidatura y la de sus aliados en el Congreso. Ahora recogen los frutos.
El nuevo secretario del Interior, Doug Burgum —millonario y entusiasta del fracking—, ha levantado las últimas restricciones que impedían perforar la costa ártica. El mensaje es claro: el petróleo manda, la naturaleza obedece.
Andy Moderow, de Alaska Wilderness League, lo resume con crudeza: “Trump y sus aliados priorizan los beneficios de los ejecutivos del petróleo y los multimillonarios por encima de las necesidades básicas de la clase trabajadora”.
Este voto no es solo una derrota ambiental. Es un golpe político deliberado en un momento de parálisis estatal. Los republicanos usan el cierre del Gobierno como cortina de humo para aprobar medidas que, en tiempos normales, provocarían protestas masivas. Mientras la población se enfrenta a la precariedad y a la falta de servicios esenciales, el Senado legisla para garantizar beneficios récord a Exxon, Chevron y ConocoPhillips.
Se llama capitalismo fósil y su lógica es simple: si hay petróleo, no hay límites. Ni éticos, ni ecológicos, ni humanos. El Ártico se derrite a un ritmo sin precedentes, y aun así los mismos que niegan la crisis climática ven en ese deshielo una oportunidad de negocio.
En 2025, el planeta ha superado ya los 1,4 °C de aumento medio global, y el deshielo del Ártico podría desencadenar un punto de no retorno. Sin embargo, Washington prefiere garantizar rentas a sus donantes antes que proteger la vida en la Tierra.
La historia recordará esta votación no como una decisión económica, sino como un acto de vandalismo político y climático. Mientras el hielo se quiebra y los pueblos indígenas del norte pierden su sustento, el Senado de los Estados Unidos reafirma su lealtad: no al pueblo, sino al petróleo.
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