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Mosquitos tropicales colonizan el continente mientras gobiernos miran hacia otro lado
MOSQUITOS QUE YA NO SON TROPICALES
El calor extremo y las lluvias tempranas no solo han incendiado los bosques de la península. También han creado el escenario perfecto para que los mosquitos portadores de virus como el dengue, la chikungunya o el Nilo Occidental avancen sin freno. El Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades (ECDC) advierte que la transmisión autóctona de estas enfermedades crece en Europa a un ritmo inédito. Lo que hace pocos años parecía un exotismo importado desde Brasil o Tailandia hoy se multiplica en Francia, Italia, Madeira y España.
El Aedes aegypti, vector del dengue, ya está instalado en Chipre y Madeira. El mosquito tigre (Aedes albopictus), que entró en Catalunya en 2004 escondido en neumáticos de importación, hoy campa a sus anchas en media Europa. Y el recién llegado Aedes japonicus se ha asentado en el norte de España, un invasor discreto pero igual de peligroso. Las temperaturas récord alargan su ciclo vital y con cada ola de calor nacen generaciones enteras de insectos capaces de transmitir virus que antes solo asociábamos a selvas tropicales.
Los datos lo prueban. Francia notificó 49 casos autóctonos de chikungunya en 2025 y seis de dengue en cinco departamentos. Italia sumó dos casos de chikungunya en junio y tres de dengue en julio. En España, los brotes aún son pequeños pero preocupantes: ocho casos de dengue en Tarragona en 2024 y un caso reciente en Hendaya, a metros de la frontera vasca. Las cifras, lejos de tranquilizar, son una alerta: los focos ya no desaparecen, permanecen activos. Y eso significa transmisión local.
LA FACTURA SANITARIA DEL CALENTAMIENTO GLOBAL
La expansión de estos mosquitos no es un accidente biológico. Es la consecuencia directa de un modelo económico que incendia el planeta. Cada ola de calor acelera el ciclo de vida de los mosquitos, multiplica su capacidad de picar y prolonga su temporada de actividad. Lo que antes duraba de abril a septiembre ahora se extiende casi todo el año. Lo que antes era un problema de viajeros que regresaban de países tropicales hoy es un problema de vecindario.
El verano de 2024 ya dejó una advertencia brutal: 158 casos de virus del Nilo occidental y 20 muertes en España, 10 de ellas en el Bajo Guadalquivir. Un virus que circula entre mosquitos y aves migratorias, pero que acaba en hospitales saturados. Los más golpeados fueron mayores de 60 años y personas inmunodeprimidas, las mismas a quienes este sistema precarizado abandona en listas de espera eternas.
Expertas como María Velasco (SEIMC) y Jacob Lorenzo-Morales (Universidad de La Laguna) lo explican sin rodeos: el cambio climático es el acelerador y la globalización el vehículo. El turismo masivo, la importación de mercancías y la ausencia de controles suficientes convierten a Europa en un tablero abierto para la expansión de estos vectores. Pero en lugar de reforzar la sanidad pública y la prevención comunitaria, los gobiernos optan por fumigaciones puntuales o campañas superficiales de concienciación.
El problema es político. El mismo sistema que quema combustibles fósiles y genera olas de calor insoportables se niega a invertir en salud pública para enfrentarse a sus consecuencias. Los mosquitos colonizan jardines, piscinas, parques urbanos. Y quienes no pueden pagar aire acondicionado ni residencias seguras son quienes más sufren los brotes. Lo tropical ya es europeo. Lo que llaman “enfermedades emergentes” no son más que el espejo de un planeta enfermo por la codicia.
El capitalismo ha convertido al mosquito en su mejor aliado: invisible, silencioso y global.
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