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La imagen publicada el 12 de mayo no es una broma: es la vieja doctrina colonial con estética de meme, petróleo al fondo y soberanía convertida en mercancía.
CUANDO EL IMPERIO YA NI SE MOLESTA EN DISIMULAR
Donald Trump publicó en Truth Social un gráfico con el mapa de Venezuela cubierto por la bandera de Estados Unidos y la leyenda “51º State”. La imagen fue difundida el 12 de mayo, mientras el presidente estadounidense viajaba a China para una cumbre de alto nivel, y fue amplificada por la Casa Blanca. No hablamos de un usuario anónimo haciendo propaganda barata desde un sótano. Hablamos del presidente de Estados Unidos y de la maquinaria oficial de Washington jugando a anexionar un país entero como quien sube un meme para excitar a su hinchada.

La obscenidad no está solo en la imagen. Está en la normalidad con la que el poder imperial convierte la soberanía ajena en decoración electoral. Un mapa, una bandera, dos palabras. Ya está. Siglos de independencia, lucha popular, violencia colonial, intervenciones, sanciones, petróleo, hambre inducida, chantaje diplomático y operaciones militares reducidos a un cartel de campaña para consumo interno trumpista.
El mensaje llegó después de que Trump afirmara el 11 de mayo, en declaraciones vinculadas a Fox News, que estaba considerando “seriamente” incorporar Venezuela como el estado número 51 de Estados Unidos. La frase venía acompañada de una justificación tan grotesca como reveladora: según Trump, las y los venezolanos “lo aman” y su administración mantiene un “control efectivo” sobre la nación sudamericana. Control efectivo. Ahí se le cae la máscara al espectáculo. No es humor. Es lenguaje de ocupación con sonrisa de tertulia.
Trump ya había lanzado comentarios parecidos en marzo, supuestamente en tono irónico, tras el triunfo de la selección venezolana en el Clásico Mundial de Béisbol. El deporte, otra vez, como coartada blanda para deslizar dominación política. Primero se presenta como chiste. Después como ocurrencia. Más tarde como posibilidad. Y cuando la gente se acostumbra al disparate, el disparate ya ha hecho su trabajo.
La reacción desde Caracas fue inmediata. Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela desde enero, rechazó que el país contemple convertirse en un nuevo estado estadounidense. Lo hizo desde La Haya, donde participaba en la fase final de las audiencias ante la Corte Internacional de Justicia por la disputa del Essequibo. Dijo que Venezuela ama su proceso de independencia y recordó que su historia no fue escrita para acabar convertida en colonia. Es difícil decirlo de forma más clara. Aunque, visto lo visto, a Washington nunca le han molestado demasiado las palabras “libertad” e “independencia” cuando se escriben lejos de sus fronteras.
PETRÓLEO, ESSEQUIBO Y LA DEMOCRACIA COMO EXCUSA
El fondo real de esta historia no cabe en el meme. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del planeta y una de las mayores reservas de gas natural. Delcy Rodríguez lo recordó sin elevar demasiado el tono diplomático, porque Caracas mantiene una agenda de cooperación con Washington. Ese es otro punto incómodo. Tras la destitución y captura de Nicolás Maduro en enero, en una operación militar estadounidense, el nuevo poder venezolano ha impulsado un deshielo con Estados Unidos y ha reabierto sectores clave, como el minero y el petrolero, a la inversión extranjera, especialmente de compañías estadounidenses.
La soberanía, cuando entra el capital, suele tener precio de saldo. Y aquí el problema no es solo Trump, aunque Trump sea la caricatura perfecta del matón de casino con botones nucleares. El problema es un orden internacional en el que un país rico en petróleo se convierte en tablero, botín, amenaza, oportunidad de negocio y experimento de transición tutelada. Todo menos sujeto político pleno.
El Essequibo añade otra capa a la operación. Rodríguez estaba en La Haya defendiendo el reclamo venezolano sobre una región de 160.000 kilómetros cuadrados, rica en oro, diamantes, madera y petróleo, cuya soberanía disputa Guyana. Venezuela sostiene que la controversia debe resolverse por la vía política, no judicial, y acusa a Guyana de socavar los mecanismos de negociación del Acuerdo de Ginebra de 1966. La disputa ganó relevancia desde el hallazgo de grandes yacimientos petroleros en 2015, mientras Guyana pide validar la frontera fijada en 1899 y Venezuela rechaza la competencia de la Corte Internacional de Justicia.
No hace falta ser ingenuo. Donde hay petróleo, aparecen los principios. Donde hay gas, aparecen las preocupaciones democráticas. Donde hay minerales, aparecen las transiciones ordenadas. Estados Unidos habla de estabilización, reconstrucción y transición como si estuviera reparando una carretera que le pertenece. Su plan para Venezuela tiene tres fases. Funcionarios estadounidenses aseguran que la primera ya se completó, entre la liberación parcial de presos políticos y la ley de amnistía aprobada en febrero por la Asamblea Nacional venezolana.
Trump aseguró el 12 de mayo que trabajará para liberar a todos los presos políticos en Venezuela. También elogió a Rodríguez: “Delcy está haciendo un gran trabajo”, dijo antes de partir hacia China. En otra pieza de propaganda, afirmó que el pueblo venezolano está “eufórico” y “bailando en las calles”. Hay algo profundamente indecente en esa escenografía: presentar una operación de poder como fiesta popular, convertir una sociedad atravesada por crisis, cárcel política y dependencia económica en postal de agradecimiento al salvador extranjero.
Las organizaciones de derechos humanos y sectores opositores recuerdan que siguen existiendo cientos de personas detenidas por motivos políticos. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos advirtió que solo 186 personas recuperaron la libertad plena y que otras 554 salieron de prisión bajo medidas cautelares, frente al relato chavista de más de 8.000 beneficios judiciales o penitenciarios. La cifra importa. Importa porque desmonta el triunfalismo. Importa porque no hay transición democrática si la libertad se administra como cupón diplomático.
María Corina Machado también rechazó cualquier posibilidad de que Venezuela se convierta en un estado de Estados Unidos. En eso coinciden oficialismo y oposición: la integración como estado número 51 queda fuera del marco político venezolano. La pregunta es otra. La pregunta es cuánto vale esa negativa cuando Washington mezcla memes oficiales, compañías energéticas, presión militar, apertura económica y promesas de elecciones “libres y transparentes” bajo su propia arquitectura de intereses.
Porque esto no va de una imagen. Va de una época en la que el imperialismo ya no necesita redactar manifiestos solemnes. Le basta con subir un mapa, ponerle una bandera encima y esperar a que el mercado haga el resto.
Cuando un imperio llama broma a una anexión, lo que está probando no es su sentido del humor, sino el grado de obediencia que espera del mundo.
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