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Una encuesta nacional de Sentimientos Públicos muestra que solo el 26,5% ve probable votarle para un segundo mandato, mientras el malestar social ya no cabe en la propaganda de la motosierra.
EL QUIEBRE DE LA PROMESA LIBERTICIDA
La épica liberticida empieza a tener goteras. Y no pequeñas. Una nueva encuesta nacional de la consultora Sentimientos Públicos, adelantada por Clarín, ha medido el potencial electoral de Javier Milei de cara a una posible reelección en 2027. El resultado no es precisamente música para la Casa Rosada: apenas un 26,5% de las personas encuestadas considera probable votar al Presidente para un segundo mandato. Enfrente, un 73,5% dice estar en desacuerdo con esa posibilidad.

El dato importa porque no habla solo de desgaste. Habla de una ruptura. El informe, basado en 1.500 casos a nivel país, lleva un título que ya funciona como diagnóstico político: “El quiebre de la promesa libertaria”. Traducido al lenguaje de la calle: la motosierra prometía acabar con “la casta”, pero demasiada gente empieza a sentir que la hoja cayó sobre su mesa, su alquiler, su salario, su comida y su futuro.
La propia consultora introduce un matiz necesario: que el apoyo social baje no significa automáticamente que Milei vaya a perder. Todavía falta. El calendario electoral, la situación económica y el menú de candidaturas pueden mover piezas. Pero el aviso está ahí. Y es brutal. El Presidente aparece por debajo incluso de aquel núcleo duro del 30% que lo acompañó en las PASO y en la primera vuelta de 2023. Es decir, ya no hablamos solo del votante prestado. Hablamos de erosión en la base propia.
En el balotaje de 2023, Milei sumó el voto de Patricia Bullrich. Ese apoyo blando, más antiperonista que mileísta, parece haber sido el primero en desengancharse. El estudio señala que un 50% de quienes votaron a Bullrich en la primera vuelta de 2023 afirma que no votaría a Milei. Ahí se ve la diferencia entre votar contra alguien y soportar un proyecto de ajuste en carne propia. La derecha puede fabricar fantasmas durante una campaña. Lo que no puede fabricar eternamente es paciencia social.
También hay un dato interno demoledor: Milei perdió un 48% de sus propios votantes, según el relevamiento. No es un rasguño. Es una sangría. Y cuando un proyecto que hizo de la fe económica una religión empieza a perder creyentes, ya no le basta con insultar periodistas, gritar contra el Estado o disfrazar de libertad la vieja receta de siempre: pobres más pobres, ricos más ricos y mercado como policía moral de la vida cotidiana.
EL MALESTAR YA NO ENTRA EN EL DISCURSO OFICIAL
La encuesta también dibuja quiénes siguen sosteniendo al Presidente. En la llamada Zona Agro, el apoyo sube al 30%. Entre jóvenes de 18 a 28 años, trepa al 36%, casi 10 puntos por encima del promedio general. La consultora también detecta una nueva fortaleza en la Zona Minera Norte y entre las clases altas, ambos segmentos 7 puntos por encima del apoyo general. La base social del mileísmo, por tanto, sigue teniendo un componente joven, pero aparece cada vez más vinculada a sectores con más recursos y territorios asociados a intereses extractivos.
No es una casualidad menor. El capitalismo salvaje siempre encuentra refugio en quienes pueden mirar el incendio desde una terraza. Para las clases altas, el ajuste suele ser una ideología. Para las mayorías, una factura. Para el capital minero, una oportunidad. Para las y los trabajadores, una amenaza concreta. Esa es la grieta material que ningún tuit presidencial puede tapar.
El rechazo, mientras tanto, crece con fuerza en territorios y franjas decisivas. En el AMBA alcanza el 76%. Entre personas de 29 a 44 años, llega al 80%. Esa franja no vive de abstracciones ideológicas. Vive de cuentas, crianza, transporte, alquiler, empleo, deuda y cansancio. La libertad prometida se vuelve bastante menos seductora cuando llega en forma de precariedad, ansiedad y miedo a que el mes dure más que el sueldo.
El estudio añade otro golpe: entre quienes votaron en blanco o se abstuvieron, el rechazo a Milei llega al 92%. Es decir, el Presidente no parece estar seduciendo a quienes quedaron fuera de la oferta política tradicional. Más bien parece confirmándoles que el sistema puede empeorar incluso cuando se presenta con peluca, gritos y estética antisistema.
La parte más dura del relevamiento aparece cuando Sentimientos Públicos pregunta por la sensación actual de la población. La frase más elegida no deja demasiado margen para la propaganda: “No tengo esperanza, temo que todo empeore”, con un 61,5%. Frente a eso, solo un 12,5% afirma que “no hay otro camino” y que el Gobierno hace lo correcto. Otro 14% dice tener esperanzas en el Gobierno. Y un 12% admite que duda del rumbo actual y no ve mejoras.

Estos números cuentan algo más profundo que una pelea electoral. Cuentan un país empujado a vivir en modo supervivencia. Cuentan una sociedad donde todo se vuelve transacción, deuda, precio, sacrificio. Cuentan el fracaso moral de quienes dijeron que venían a liberar al pueblo y terminaron administrando la angustia como programa económico.
Milei todavía puede competir. Claro. Las elecciones no se ganan solo con encuestas y la historia argentina está llena de giros violentos. Pero el mito ya recibió un golpe serio. La promesa de libertad empieza a sonar como lo que era: un contrato abusivo firmado bajo desesperación colectiva. Y cuando el miedo al futuro alcanza al 61,5% de la población, el problema ya no es la comunicación del Gobierno. El problema es el Gobierno.
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