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La extrema derecha convoca una protesta contra la “dictadura socialista” de Sánchez y lo que consigue es un desfile semivacío de franquistas nostálgicos y agitadores digitales.
Javier F. Ferrero
La imagen es una postal de otro siglo: banderas preconstitucionales, brazos en alto, insultos homófobos, consignas de cárcel para un presidente democráticamente elegido y un grupo de nostálgicos que, entre gritos de “prensa manipuladora”, agreden a periodistas mientras sonríen a cámara. Todo eso frente a la Moncloa, el 29 de mayo de 2025. Apenas 300 personas. La mayoría venía más a gritar que a protestar. Algunas, directamente, a provocar. Y otras, como Santiago Abascal y sus lugartenientes de Vox, a intentar pescar algo en las aguas estancadas del descontento ultraderechista.
La concentración fue un fracaso, pero un fracaso revelador. Porque cuando uno convoca una protesta contra una supuesta dictadura y lo que se presenta es un puñado de personas con banderas franquistas, lo que está mostrando no es la debilidad del Gobierno, sino la podredumbre ideológica del que convoca. Cuando uno denuncia la censura mientras agrede a periodistas y lanza micrófonos al suelo, lo que revela es su concepto de libertad. Y cuando uno se llena la boca de patriotismo pero convierte la protesta política en una performance ultrarreaccionaria, lo que pone en evidencia es su proyecto de país.
DE LA MARCHA FASCISTA AL TEATRO POLÍTICO DE VOX
La protesta de Moncloa no ha sido un acto ciudadano, ni un gesto de resistencia democrática, ni mucho menos un grito popular. Ha sido una coreografía decadente de los residuos del franquismo reconvertidos en tuiteros de extrema derecha. Los organizadores: agitadores profesionales como Vito Quiles o Wall Street Wolverine. La difusión: publicaciones pagadas en X, la plataforma favorita de los ultras desde que Musk les dejó campar a sus anchas. El contenido político de la protesta: gritos de “maricón” al ministro del Interior, insultos a Pedro Sánchez y agresiones a la prensa.
Este es el proyecto de país de Vox y sus satélites digitales. No hay propuestas, ni programa, ni construcción. Solo demolición, resentimiento y espectáculo. El espectáculo de la “España que madruga” convertido en España que insulta. El espectáculo de la “resistencia patriótica” reducido a un puñado de nostálgicos del franquismo posando para la cámara mientras acosan periodistas. El espectáculo de un partido como Vox intentando salvar su narrativa con una manifestación que ni siquiera logra llenar una esquina.
Y ahí estaba Abascal, tratando de sacar rédito de los escombros, acusando a Feijóo de mantener al PSOE con vida por sus acuerdos en Bruselas, en vez de hacerse cargo de que su partido solo sirve para alimentar el fuego ultra sin aportar nada útil al debate político. Ni siquiera supo responder a los gritos de “fuera” que le dedicaron varios manifestantes. Se apartó, se reubicó y siguió con su mensaje prefabricado, sin darse cuenta de que ni siquiera entre sus fieles más radicales conserva ya el control de la narrativa.
EL FANTASMA DE LA DICTADURA COMO COARTADA
La clave ideológica de todo esto está en el concepto de “dictadura de Sánchez”. Una fórmula repetida como un mantra por toda la derecha mediática y política que ha perdido completamente el sentido de las palabras. ¿Dictadura? ¿En un país con libertad de expresión, separación de poderes, elecciones libres y medios críticos en cada esquina?
Convertir cada decisión del Gobierno en una tiranía es el método clásico de los que no creen en la democracia si no ganan ellos. Y el uso del lenguaje no es inocente: cuando Feijóo convoca una manifestación por la “dignidad institucional” el 8 de junio, y Vox se le adelanta con su show ultra, no hay una diferencia de fondo, sino de forma. Ambos están apuntando al mismo relato: el Gobierno es ilegítimo, el Estado está secuestrado, las instituciones han sido ocupadas, España vive un “régimen”. Lo llaman “sanchismo” y lo tratan como si fuera un golpe de Estado. Pero quienes llevan años conspirando contra la voluntad democrática son ellos.
No hay dictadura, hay Gobierno. Lo que hay es una oposición incapaz, una ultraderecha desatada y una élite mediática que hace de la mentira un negocio. Que haya audios, filtraciones o sospechas de maniobras dentro del PSOE no convierte a nadie en dictador. Al contrario, todo eso se investiga en libertad, se publica en libertad y se debate en libertad. Que no les guste el resultado de las urnas no convierte las urnas en una trampa. Que la justicia no les dé la razón no convierte a los jueces y juezas en marionetas. Que el Parlamento no les aplauda no convierte el Parlamento en un teatro.
No, no hay dictadura. Pero hay fascismo. Y lo vemos en esas banderas, en esos gritos, en esos golpes a periodistas. Fascismo sin poder, por ahora. Pero fascismo real. El que añora un país que ya no existe. El que utiliza la libertad para intentar destruirla. El que se organiza para aparentar que está creciendo cuando en realidad se está descomponiendo.
Y cuando una manifestación no consigue ni reunir a más asistentes que policías, lo que se manifiesta no es el pueblo, sino el vacío.
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Socialdemócracia y fascismo,pp,Vox,… Forman parte del sistema capitalista,y viven de el,como la oligarquía a la cual aspiran ser un día.
Mientras lxs antifas están en el talego, o esperando un juicio , comiéndose la pena de banquillo.
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Y no solo en las redes, sino en los barrios, en la plazoleta,con la chavalería que se está impregnando de la bazofia.
Salud y anarkia