Trump normaliza el crimen de Estado saudí: unpresidente que protege al verdugo y amenaza a la prensa
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Cuando la democracia se cruza con un príncipe acusado de ejecución extrajudicial, Trump decide abrazar al poder y señalar a quien pregunta.
LA IMPUNIDAD COMO DOCTRINA
Donald Trump ha vuelto a elegir bando. Y no es el de las y los periodistas asesinados, ni el de la legalidad internacional, ni el de la verdad incómoda. Ha elegido proteger a Mohammed bin Salman, el príncipe saudí señalado por la ONU y la CIA por su papel en el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en 2018, y lo ha hecho con una frase que hiela la sangre: “Son cosas que pasan”.
A lo que llaman diplomacia es, en realidad, complicidad con un crimen de Estado para mantener negocios, armas y petróleo circulando sin preguntas.
Trump no se limitó a disculpar lo inadmisible. Se dedicó a reprender a Mary Bruce, corresponsal de la ABC, por atreverse a recordar que Khashoggi fue descuartizado en un consulado, que los servicios secretos estadounidenses concluyeron la implicación directa o indirecta del príncipe y que el informe de 100 páginas de la relatora de la ONU Agnes Callamard estableció que hubo una ejecución extrajudicial premeditada y que el Estado saudí era responsable.
La periodista hizo su trabajo. Trump hizo lo contrario: convirtió la pregunta en una ofensa y la verdad en un estorbo. “A mucha gente no le gustaba ese señor del que hablas; te cayera bien o mal, son cosas que pasan”, llegó a decir. Como si los disidentes, las y los defensores de derechos humanos y las voces críticas fueran daños colaterales aceptables.
El mensaje es obsceno: si un aliado estratégico mata, se mira hacia otro lado. El crimen se convierte en anécdota. Y quien señala la evidencia es convertido en enemigo.
La normalización del asesinato político nunca es inocente. Es una forma de gobernar. Una advertencia para periodistas, activistas y opositores. Y un recordatorio de que el poder autoritario siempre encuentra su espejo más fiel en otros autoritarismos.
DE DEFENDER AL PRÍNCIPE A AMENAZAR A LA PRENSA
El episodio podría haber quedado en una vergüenza diplomática. Pero Trump decidió ir más allá. Amenazó a una cadena de televisión con retirarle la licencia porque le resultaban incómodas las preguntas sobre Khashoggi, el 11S, o los archivos de Jeffrey Epstein. Eso en Estados Unidos aún significa algo: es una amenaza directa al derecho a la información.
Trump no se alteró por las preguntas. Se alteró por el hecho de que alguien se permitiera cuestionar el relato preparado para blanquear a un príncipe acusado de ordenar una ejecución. “Eres una pésima periodista”, repetía. Lo que quería decir es lo de siempre: eres peligrosa para el poder porque no callas.
Mientras Bin Salman defendía la relación entre Washington y Riad, recitaba su versión oficial de los hechos y calificaba el asesinato como “un error garrafal”, Trump cerró filas como si se tratara de un socio al que hay que proteger cueste lo que cueste. Nada nuevo: las dictaduras solo necesitan que las democracias bajen la mirada.
El autoritarismo tiene su manual:
quien mata encuentra justificación
quien pregunta es acusado de desleal
quien investiga es difamado
y quien gobierna decide quién merece hablar.
Trump, además, deslizó su disposición a llevar a cabo ataques militares en México y no descartó una acción armada en Venezuela, porque su política exterior sigue reducida a golpes de fuerza y exhibición de músculo. Las y los expertos en conflictos lo saben: cuando un líder normaliza el asesinato de un periodista, también normaliza la violencia como solución para todo lo demás.
La degradación democrática nunca ocurre de golpe. Se forma así, frase a frase, amenaza a amenaza, hasta que un día descubrimos que un presidente de Estados Unidos ha convertido un crimen de Estado en algo que “pasa”, ha intentado aplastar a una cadena de televisión y ha convertido la política exterior en un espectáculo militar permanente.
Esto no es una anécdota. Es un síntoma. Y quienes lo minimizan ya han elegido en qué lado de la historia quieren estar.
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