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Convertir las agresiones en victimismo: la estrategia de manual en el prime time televisivo
La televisión en España vuelve a estar bajo los focos, pero no por sus logros, sino por las cloacas que esconde. Pablo Motos, conductor de El Hormiguero, ha protagonizado una polémica que trasciende lo anecdótico para convertirse en un síntoma de un sistema que prioriza el espectáculo sobre la ética. El presentador no ha dudado en calificarse a sí mismo y a su equipo como víctimas de una «agresión», trivializando el término y desviando la atención de lo esencial: años de presiones sistemáticas a invitados e invitadas.
David Broncano, desde La Revuelta, no solo denunció públicamente estas tácticas, sino que las enmarcó en una práctica habitual del programa de Antena 3. Según el cómico, El Hormiguero utiliza su hegemonía en la parrilla televisiva para exigir exclusividad a los y las invitadas, saboteando así las agendas de otros programas. En este caso, el afectado fue La Revuelta, que tuvo que cancelar la emisión de una entrevista con el piloto Jorge Martín tras las presiones del equipo de Motos. El episodio no es aislado: excolaboradores como Bob Pop han señalado que estas prácticas eran también comunes contra el desaparecido Late Motiv.
Las cifras no mienten. La entrevista con Jorge Martín fue pactada por La Revuelta el 8 de noviembre, mientras que El Hormiguero había asegurado su exclusiva para el 27 de noviembre. En lugar de respetar los acuerdos previos, el equipo de Motos presionó al entorno del piloto hasta que lograron bloquear la emisión en La 1. Estos hechos no solo afectan a quienes consumen televisión pública, sino que ponen en cuestión el modelo ético de las cadenas privadas que priorizan el monopolio del contenido sobre la transparencia.
«Las presiones con los invitados siempre se han hecho así», dijo Motos, normalizando un comportamiento que degrada el trabajo de equipos enteros en otros espacios televisivos. Las y los espectadores deben preguntarse: ¿qué legitimidad tiene alguien que utiliza el peso de su audiencia para pisotear a otros formatos?
MENTIRAS Y CORTINAS DE HUMO PARA DESVIAR LA ATENCIÓN
Pablo Motos no se detuvo en sus acusaciones hacia La Revuelta. Durante el monólogo con el que cerró su programa, arremetió contra RTVE, utilizando un bulo que había sido publicado por el diario El Mundo. Según el presentador, el Telediario de la televisión pública había abierto su emisión con la polémica entre Broncano y Motos, en un intento por magnificar el impacto del caso. Sin embargo, la realidad era bien distinta: la noticia ocupó posiciones marginales en los informativos, siendo mencionada brevemente en los minutos finales del Telediario 1 y Telediario 2.
El propio El Mundo tuvo que rectificar el titular y eliminar el tuit original tras las quejas de RTVE, un hecho que no impidió que Motos insistiera en su narrativa falsa. Mientras tanto, Atresmedia, grupo propietario de El Hormiguero, intentaba desmarcarse de las palabras de su presentador, subrayando que sus opiniones no representan la postura oficial de la empresa.
Más allá del daño a la imagen de RTVE, esta maniobra expone algo más preocupante: la capacidad de los grandes nombres de la televisión comercial para instalar relatos falsos y erosionar la credibilidad de la televisión pública. No es casualidad que Motos eligiera el Telediario como blanco de su ataque. RTVE, financiada por la ciudadanía, representa un modelo antagónico al de cadenas privadas como Antena 3, que dependen de anunciantes y audiencias millonarias para sostener su maquinaria.
Por si fuera poco, la narrativa victimista de Motos no soporta el escrutinio de los hechos. En sus palabras, las críticas de Broncano son «pullas irrespetuosas camufladas de humor». Sin embargo, no se refiere a las presiones reales denunciadas ni a las pruebas presentadas por RTVE y otros medios. En su lugar, prefiere proyectar una imagen de intachable profesionalidad que choca con la realidad: las y los invitados a programas como El Hormiguero son tratados como piezas de ajedrez en una guerra por el control del contenido.
El problema es más profundo que la figura de un presentador. Es el sistema capitalista mediático el que permite y fomenta estas prácticas, priorizando el lucro por encima de la integridad y consolidando desigualdades estructurales entre formatos. En este contexto, programas como La Revuelta, con una audiencia más modesta pero un enfoque más plural y comprometido, tienen todas las de perder.
Mientras Motos habla de agresiones, quienes sufren las verdaderas consecuencias son los profesionales de la televisión pública y los equipos de producción precarizados. En este modelo, no hay espacio para los valores; solo para el espectáculo.
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