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Un presidente que se dice defensor de la Constitución, pero que la pisotea para convertirla en un campo de batalla.
EL PRETEXTO DE LA GUERRA INTERIOR
Donald Trump volvió a cruzar una línea roja el 27 de septiembre de 2025. Ordenó el envío de tropas a Portland (Oregón), autorizadas a usar “fuerza total si es necesario”. Lo hizo con el pretexto de proteger instalaciones de ICE y de combatir a un enemigo inventado: una supuesta insurrección de “antifa” que, como han explicado especialistas legales, no existe como organización ni como amenaza real.
No hubo consulta con el gobierno estatal. No hubo petición de las autoridades locales. No hubo insurrección. Sí hubo un presidente fabricando un escenario bélico para consolidar poder. Trump describe Portland como “devastada por la guerra”. Los datos lo desmienten: según cifras oficiales, la ciudad experimentó en la primera mitad de 2025 la mayor caída de homicidios de todas las urbes de EE.UU.
La gobernadora Tina Kotek lo resumió con claridad: “No hay insurrección. No hay amenaza a la seguridad nacional. Oregón puede gestionar su seguridad”.
El alcalde Keith Wilson fue aún más duro: “El número de tropas necesarias en Portland es cero. Nuestro país recuerda bien los actos de opresión. La única violencia que habrá será la que traiga Trump”.
EL FANTASMA DE 2020 Y EL PELIGRO AUTORITARIO
Portland no olvida el verano de 2020. Entonces, agentes federales desplegados por la Casa Blanca irrumpieron en la ciudad como un ejército de ocupación. Dispararon a manifestantes pacíficos, secuestraron personas en furgonetas sin identificación, gasearon a cargos públicos y golpearon brutalmente a un veterano de la Marina que les exigía explicaciones.
Cinco años después, la amenaza se repite. Trump ha rebautizado a su aliado Pete Hegseth como “Secretario de Guerra” y le ha encargado coordinar el despliegue. No es un lapsus, es una declaración política: la lógica del enemigo interno, la militarización de la disidencia.
Los siete congresistas de Oregón han denunciado en una carta conjunta que esta decisión “representa un abuso de la autoridad ejecutiva, busca incitar violencia y socava el equilibrio constitucional entre el gobierno federal y los estados”.
El senador Jeff Merkley lo advirtió en un vídeo: “Trump busca provocar enfrentamientos para justificar más control autoritario. No caigamos en la trampa”.
Mientras, la congresista Maxine Dexter recordó que el presidente quiere “desatar fuerzas militarizadas contra una ciudad con la que no está de acuerdo”. Lo definió como “un abuso escandaloso de poder y una traición a los valores más básicos de Estados Unidos”.
LO QUE HAY DETRÁS
La ofensiva coincide con otra crisis: el inminente cierre del Gobierno impulsado por el propio Partido Republicano. Portland se convierte en cortina de humo, en enemigo fabricado para desviar la atención.
Medios y analistas críticos como Alec Karakatsanis han señalado cómo la prensa corporativa ayudó a cimentar el relato de que Portland es un “infierno” inseguro, cuando los datos muestran lo contrario. El miedo no es espontáneo, es cultivado por años de distorsión mediática y por la propaganda del poder.
La estrategia es clara: declarar “terrorista” a un movimiento social, inventar una amenaza, mandar tropas y normalizar la represión militar en suelo estadounidense. Como dijo el periodista Mehdi Hasan, “esto debería ser motivo de destitución. Trump está borracho de poder y juega con fantasías de guerra civil”.
La senadora Elizabeth Warren lo llamó por su nombre: “delirante y peligroso”.
El propio alcalde de Portland planteó la alternativa: “Imaginen si en vez de tropas enviaran 100 docentes, 100 ingenieros o 100 especialistas en adicciones”.
El contraste es brutal. Trump ofrece porras, gas lacrimógeno y blindados. La ciudad pide educación, cuidados y soluciones sociales.
No se trata solo de Portland. Se trata de la normalización de un presidente que convierte la democracia en espectáculo bélico.
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