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Un escándalo global silenciado por los grandes medios
La complicidad internacional se escribe en correos, vuelos privados y favores políticos encadenados. Ese podría ser el resumen de los más de 100.000 emails hackeados en octubre de 2024 al ex primer ministro israelí Ehud Barak, documentos que han vuelto a poner el nombre de Jeffrey Epstein donde ciertos gobiernos y grandes medios preferirían no mirarlo: en el centro de una arquitectura de poder, sexo, chantaje y operaciones de inteligencia. Una estructura con tentáculos en Washington, Tel Aviv y media Eurasia. Una maquinaria que ni The New York Times, ni The Washington Post, ni el Wall Street Journal han querido tocar, pese a que los documentos son públicos.
Mientras el Congreso de EEUU se prepara para votar la liberación completa de los archivos oficiales del depredador sexual, una serie de investigaciones publicadas desde septiembre por Drop Site News abre una ventana devastadora. No se trata solo del multimillonario que traficaba con menores. Es el engranaje político. Es la diplomacia en las sombras. Es el uso de la violencia sexual como herramienta de poder. Es la impunidad internacional fabricada a medida. Y, sobre todo, es la historia de cómo un hombre condenado en 2008 se convirtió en pieza clave de la inteligencia israelí entre 2013 y 2016, bajo el amparo directo de Barak y con la colaboración de nombres influyentes de la élite estadounidense.
EPSTEIN COMO NODO POLÍTICO: CORREOS, ARMAS Y GOBIERNOS
Los emails muestran una relación cotidiana. Correspondencia diaria. Accesos continuos a residencias privadas. Reuniones coordinadas a escala gubernamental. Entre 2013 y 2016, Barak y Epstein compartieron no solo negocios, sino la ingeniería diplomática de acuerdos estratégicos entre Israel y terceros Estados.
Los hechos documentados son precisos:
1. Mongolia, 2013.
Epstein ayuda a Barak a diseñar un acuerdo formal de seguridad entre Israel y el Gobierno mongol. Recluta a figuras influyentes como Larry Summers, ex asesor económico de Clinton y Obama. Mongolia termina comprando armamento y tecnología de vigilancia israelí, productos estratégicos vinculados a empresas donde Epstein y Barak tenían intereses financieros.
2. Rusia, 2014.
En plena guerra de Siria, Epstein actúa como puente secreto para que Israel abra un canal con el Kremlin. El objetivo: presionar a Putin para que retire su apoyo a Bashar al-Assad, una prioridad geopolítica histórica para Israel. Barak agradece por escrito a Epstein haber organizado “todo el proceso”. El resultado final: una reunión personal entre Barak y Putin.
3. Côte d’Ivoire, 2014.
Epstein intermedia para vender tecnología de vigilancia israelí al Gobierno del presidente Alassane Ouattara. Equipos utilizados previamente para controlar a la población palestina. La década siguiente, documentan los reporteros, el país sufre una consolidación autoritaria. Manifestaciones prohibidas, periodistas encarcelados, sociedad civil estrangulada. El Estado policial avanza con asistencia tecnológica israelí organizada por Epstein.
4. Espionaje en Nueva York, 2013-2015.
El espía israelí Yoni Koren vive durante semanas en casa de Epstein. No es una visita casual. Koren sirve de intermediario entre Washington y Tel Aviv y organiza reuniones con altos cargos como el exdirector de la CIA Leon Panetta. El flujo de información viaja sin sellos oficiales, sin transparencia pública, sin control democrático.
La pregunta que subrayan los propios investigadores es directa: ¿trabajaba Epstein para el Mossad o era Barak quien recurría a Epstein como pieza imprescindible para la inteligencia israelí?
El periodista Murtaza Hussain lo sintetiza: “Parecía que el Mossad trabajaba para Epstein, no al revés”.
CRÍMENES SEXUALES Y GEOPOLÍTICA: LA CORRIENTE SUBTERRÁNEA QUE NADIE QUIERE NARRAR
En 2011, Epstein escribe a Ghislaine Maxwell sobre Trump. Habla de un “perro que aún no ha ladrado”. Dice que el entonces magnate “pasó horas en mi casa” con una víctima de su red. Todo esto mientras se abren nuevas investigaciones en el Congreso sobre la relación entre Donald Trump y Epstein. La atención mediática está puesta ahí, en esa parte más fácil del relato, más televisiva, más cómoda.
Pero lo que queda en segundo plano es más turbio.
Virginia Giuffre, víctima clave del caso Epstein, fallecida en 2025, dejó escrito en su libro póstumo que un político identificado como “el Primer Ministro” la violó brutalmente cuando tenía 18 años, en la isla privada del depredador. La prensa internacional apunta inmediatamente a Barak, aunque él lo niega.
La investigación publicada por Drop Site no se detiene en la parte sexual, sino en la intersección entre violencia patriarcal y poder estatal. Epstein no solo traficó con niñas y jóvenes. Utilizó la violencia sexual como herramienta de acceso, control y chantaje, un mecanismo ampliamente documentado en redes internacionales de inteligencia.
Y los grandes medios callan.
No hay portadas. No hay especiales. No hay programas de investigación de larga duración.
El cerco informativo no es accidental; es estructural. Hussain y Ryan Grim lo escriben sin rodeos:
“Nos preguntamos por qué los medios, tan entusiasmados con el caso Epstein durante años, han perdido de golpe la capacidad de informar ante miles de documentos públicos y relevantes. Una pregunta para las y los editores: ¿qué están haciendo?”
La respuesta es incómoda.
La trama involucra a jefes de Estado, a militares, a fondos de inversión, a élites culturales y tecnológicas, a intereses diplomáticos que atraviesan Washington, Moscú, Tel Aviv y Abu Dabi. Es una historia que desborda los límites del periodismo tradicional, atrapado en sus propias dependencias políticas y empresariales.
Los documentos están ahí.
Las conexiones también.
Lo que falta es voluntad.
Y este silencio, más que cualquier hilo de corrupción, revela la dimensión real del poder.
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