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Un país que permite homenajear dictaduras acaba normalizando su veneno.
EL 20N COMO MERCADO DE LA IMPUNIDAD FASCISTA
Falange Española de las JONS vuelve a quitarse la careta. Esta vez trae invitada internacional. Orsola Mussolini, bisnieta del dictador italiano, aterrizará en Madrid para encabezar los actos de exaltación convocados en torno al 20 de noviembre, la fecha en que cada año se reactiva el pequeño ecosistema que vive de la nostalgia totalitaria, la simbología de la violencia y la impunidad política.
La propia Falange lo ha anunciado desde su programa semanal en Youtube. Manuel Andrino (que sigue siendo presentado sin sonrojo como líder falangista pese a su condena por el asalto de Blanquerna en 2013) deslizó que Mussolini no necesita traductores porque ha pasado “mucho tiempo en Hispanoamérica”. El comentario pretende sonar anecdótico aunque revela lo esencial. La extrema derecha lleva años intentando cimentar vínculos transnacionales con ese imaginario que romantiza regímenes autoritarios bajo el disfraz de tradición, orden o patria.
Madrid volverá a ser escaparate de ese proyecto. Y lo hará con absoluta tranquilidad institucional, pese a que en 2022 Falange fue expedientada por vulnerar la Ley de Memoria Democrática en otro acto de exaltación del 20N. La multa de 10.000 euros sigue pendiente de resolución. La lentitud administrativa es un regalo para quienes viven de empujar los límites.
El acto central de este año se celebrará el 21 de noviembre. No es un error, es estrategia. La marcha saldrá de la calle Génova (elegida por haber nacido allí José Antonio Primo de Rivera) y recorrerá lugares escogidos para la provocación política calculada: pasará por la sede del PP y terminará cerca del local del PSOE en Ferraz. Es un recorrido diseñado para convertir la calle en un plató ideológico.
En nombre del “antigencidio” del régimen del 78, Falange ha decidido colocar a las instituciones democráticas en el papel de enemigo. Las y los ultras no acuden a reivindicar memoria. Acuden a ocupar espacio simbólico y social, a reescribir la historia y a rotular la democracia como “decadencia”. Andrino lo resumió con crudeza al afirmar que denunciarán “esa basura de Constitución” haya o no haya gente dentro de las sedes. No buscan espectadores, buscan impacto. No buscan debate, buscan ruido.
El grupo neonazi España 2000 ya ha anunciado su adhesión a la convocatoria. Cuando la extrema derecha se sincroniza, no es casualidad. Es estrategia de ocupación cultural.
LA FÁBRICA INTERNACIONAL DE NOSTALGIA TOTALITARIA
La visita de Orsola Mussolini no se limitará a desfilar junto a banderas preconstitucionales ni a posar para las cámaras de quienes todavía creen que el fascismo es un souvenir. El 22 de noviembre, la bisnieta del dictador ofrecerá una conferencia en Espacio Ardemans, un local de referencia para la extrema derecha madrileña. Allí presentará un libro titulado Fascismo: ¿Estado social o dictadura?, cuyo objetivo declarado es “desgranar” los supuestos logros del régimen de Mussolini.
Es un intento claro de lavar, una vez más, la violencia estructural de un régimen que nació de una marcha armada, consolidó un apartheid ideológico y desembocó en alianzas que costaron millones de vidas.
Pero esa parte no suele entrar en el relato de los nostálgicos.
Según Andrino, Mussolini contará “datos, imágenes y vivencias” que mostrarían cómo Italia pasó “de un país atrasado” a uno “transformado”. El revisionismo se viste de anécdota familiar para disfrazar lo evidente. Esta es la estrategia que ya emplean sectores ultraconservadores en toda Europa. Convertir la biografía criminal en relato épico.
La conexión entre Falange y la familia Mussolini no es improvisada. En 2022, dirigentes falangistas viajaron a Predappio para celebrar el centenario de la Marcha sobre Roma. Andrino estuvo allí, en la cripta donde está enterrado el dictador. Ese día la bisnieta declaró: “Si seguimos aquí después de 100 años, es para rendir homenaje a quien quiso este Estado y a quien nunca dejaremos de admirar”.
El mensaje no necesita traducción. La internacional ultraderechista trabaja sin disimulo para reconstruir legitimidad histórica. En Italia, incluso bajo el gobierno de Meloni, hubo prohibiciones a los actos de exaltación fascista que sectores ultras burlaron para gritar “presente” frente a la tumba del dictador. Que Andrino presumiera de haber participado en uno de esos homenajes muestra cuál es el proyecto que Falange quiere importar a España: un nacionalismo que se alimenta de la liturgia del miedo, del culto al caudillo y del antagonismo violento contra la democracia pluralista.
El peligro no está solo en el acto. Está en que estos actos se repitan cada año como si fueran folclore.
La advertencia de Andrino sobre evitar “provocaciones” recuerda los incidentes del 12 de octubre en Vitoria, cuando una movilización falangista terminó con 19 antifascistas detenidos por la Ertzaintza. El dirigente lo plantea como amenaza velada. Siempre lo hacen. Quien se presenta como víctima anticipa el conflicto y culpa de antemano a la disidencia.
Mientras tanto, Falange va ganando terreno en normalización. Cada conferencia, cada camino procesional entre Génova y Ferraz, cada saludo brazo en alto que no recibe respuesta contundente, ensancha el margen para la propaganda totalitaria.
Lo que está ocurriendo no es anecdótico. Es una operación de conquista simbólica. Y Madrid vuelve a ser su laboratorio.
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