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168 vidas segadas, una cadena de mando señalada y un sistema que normaliza bombardear civiles
El 28 de febrero, una escuela de niñas en la provincia iraní de Hormozgán, la tristemente célebre escuela de Minab, fue reducida a escombros por misiles lanzados desde un buque de guerra estadounidense. No fue una explosión en medio del caos ni un daño colateral indeterminado, sino un impacto directo. El resultado: 168 personas asesinadas, entre ellas menores, profesorado y personal del centro. Y ahora, un mes después, ya no solo hay ruinas y duelo. Hay nombres.
La identificación de mandos militares concretos, señalados por Irán como responsables del ataque, ha cambiado el eje del debate. Según las autoridades de Teherán, el comandante Leigh R. Tate y el oficial ejecutivo Jeffrey E. York, ambos del destructor USS Spruance, habrían autorizado el lanzamiento de misiles Tomahawk en tres ocasiones contra el objetivo. Las imágenes difundidas por embajadas iraníes en varios países, accesibles en este material gráfico difundido internacionalmente, no buscan solo señalar culpables. Interpelan directamente a la conciencia global.
Remember these two criminals. Leigh R. Tate, the commander, and Jeffrey E. York, the executive officer of the USS Spruance, who ordered the launch of Tomahawk missiles three times, killing 168 innocent children at a school in #Minab. pic.twitter.com/CEsHFllJr2
— Iran in India (@Iran_in_India) March 29, 2026
“¿No tienen hijos?”, preguntaban las publicaciones. La cuestión, incómoda, rompe la distancia aséptica con la que se suele narrar la guerra. Porque detrás de cada orden hay una decisión humana. Y detrás de cada decisión, consecuencias irreversibles.
LA GUERRA COMO ERROR SISTÉMICO Y NEGOCIO IMPUNE
La versión inicial de Washington hablaba de un objetivo militar legítimo. Pero esa narrativa empezó a resquebrajarse cuando una investigación independiente reveló que todo se debió a un fallo en la identificación del blanco. Según recogía la investigación preliminar difundida por France 24, basada en datos del New York Times, el ataque fue consecuencia de un error de coordenadas al intentar golpear una instalación militar cercana.
Un error. Esa es la palabra que se repite. Como si el lenguaje pudiera amortiguar el impacto de 168 muertes. Como si el fallo técnico fuera suficiente explicación para una tragedia que revela algo mucho más profundo: un sistema militar que opera con márgenes de impunidad inasumibles y una lógica geopolítica que convierte territorios enteros en zonas sacrificables.
No es un caso aislado. La historia reciente está plagada de bombardeos “equivocados”, ataques “imprecisos” y víctimas civiles tratadas como daños colaterales inevitables. Lo que ocurre en Minab no es una anomalía. Es la consecuencia directa de una maquinaria que prioriza la supremacía militar sobre la vida humana.
Los fragmentos del proyectil analizados por medios estatales iraníes coinciden con el armamento utilizado por el USS Spruance. Este detalle técnico refuerza la acusación y añade presión internacional. Diversos expertos de Naciones Unidas y organizaciones como Human Rights Watch han advertido que el ataque podría constituir un crimen de guerra, al dirigirse contra una infraestructura civil en una zona densamente poblada.
RESPONSABILIDAD, SILENCIO Y DOBLE RASERO INTERNACIONAL
El 29 de marzo, la tensión diplomática alcanzó un nuevo nivel. Mientras Teherán exigía responsabilidades, el Pentágono mantenía un perfil bajo. Sin comparecencias contundentes, sin asunción clara de errores y sin medidas inmediatas de rendición de cuentas. El silencio institucional contrasta con la magnitud de lo ocurrido.
El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Türk, reclamó que Estados Unidos haga públicos los resultados de sus investigaciones. No es una petición menor. Es un recordatorio de que el derecho internacional no debería aplicarse de forma selectiva. La exigencia de transparencia no puede depender de quién lanza las bombas.
Pero el problema no es solo la falta de explicaciones. Es el marco en el que se producen. Las potencias que se presentan como garantes del orden internacional son, al mismo tiempo, actores centrales en conflictos que multiplican el sufrimiento civil. Y cuando cometen errores, el sistema tiende a protegerlas.
Mientras tanto, las consecuencias trascienden lo local. El ataque en Minab no solo ha generado indignación. También amenaza con agravar la escalada regional, tensionar mercados energéticos y alimentar una espiral de violencia que siempre termina golpeando a quienes no tienen poder de decisión: la población civil.
Las niñas de Minab no eran un objetivo estratégico. Eran el resultado de una lógica que convierte la guerra en rutina y la responsabilidad en excepción.
Porque cuando un sistema permite que un “error” mate a 168 personas y la respuesta sea esperar informes, ruedas de prensa y matices diplomáticos, lo que está fallando no es la coordenada. Es todo lo demás.
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