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Seis premios Nobel alertan de un retroceso histórico en ciencia y democracia bajo la presidencia de Donald Trump
UNA ERA DORADA AMENAZADA POR LA IGNORANCIA POLÍTICA
Estados Unidos construyó su poderío científico gracias a un pacto social y político que hoy está siendo desmantelado a golpe de decreto. Seis premios Nobel advierten de que los recortes de Donald Trump en investigación, salud pública y programas de igualdad son el mayor retroceso desde la Segunda Guerra Mundial. Lo que está en juego no es solo la ciencia, sino el tejido mismo de la democracia y la idea de que el conocimiento debe guiar el progreso humano.
Roald Hoffmann, Nobel de Química en 1981, habla desde una memoria marcada por la violencia nazi y los campos de refugiados. Emigró a Estados Unidos con once años y encontró allí la oportunidad de investigar y enseñar. Hoy confiesa que ese país que le dio futuro se está desmoronando. “Si las políticas de Trump se materializan, mis nietos no tendrán acceso a esa educación ni a esa libertad científica”, escribe con amargura. Para él, el ataque del presidente va más allá de los laboratorios: es una defensa abierta de la intimidación, del rechazo a la inmigración y de la destrucción de los valores que convirtieron a EE.UU. en un refugio para el talento.
Joachim Frank, otro Nobel de Química, lo dice sin rodeos: la situación actual le recuerda a Hitler. A sus 85 años, tras huir del desastre de la Alemania nazi y dedicar su vida a la ciencia estadounidense, ve cómo la historia se deforma. “Mi vida ha estado marcada por dos regímenes fascistas”, lamenta. La ciencia, una vez instrumento de liberación y progreso, vuelve a ser rehén del autoritarismo político.
Barry Barish, Nobel de Física, apunta al derrumbe de un sistema que durante décadas garantizó que el Estado cubriera parte de los costes de las investigaciones. Trump quiere reducir esa aportación del 60% al 15%, dejando a las universidades al borde del colapso y rompiendo el pacto que sostuvo la hegemonía científica estadounidense durante generaciones. Sin esa inversión pública, los laboratorios se apagan, los jóvenes emigran y los avances se estancan. China y Europa ya se preparan para ocupar el espacio que Estados Unidos está cediendo por puro dogmatismo ideológico.
DÉCADAS DE RETROCESO Y UN FUTURO SIN LUZ
Harold Varmus, Nobel de Medicina, lo advierte con crudeza: “Tardaremos décadas en recuperarnos”. No habla solo del presupuesto para 2026 que se discute en el Congreso, sino del daño profundo, casi irreversible, a la estructura científica del país. Miles de empleos en biotecnología y salud pública están en peligro. Se calcula que incluso si los recortes se suavizan, el PIB estadounidense podría caer un 3,8% a largo plazo, un golpe comparable a la recesión de 2009. Pero lo más devastador será invisible: generaciones enteras sin acceso a educación científica, investigaciones abandonadas, mentes brillantes expulsadas del país.
Rich Roberts, Nobel de Medicina, describe con indignación cómo políticos “que no saben nada de ciencia” ponen en riesgo décadas de trabajo colectivo. Sus palabras son una bofetada a la arrogancia de una administración que se niega a entender la diferencia entre gasto y inversión. “Sin investigación básica, se detendrán también las empresas que hoy sostienen la economía”, sentencia. Trump, obsesionado con cifras inmediatas y batallas electorales, arrastra al país a un suicidio intelectual.
El 35% de los Nobel en Estados Unidos son inmigrantes. Bajo Trump, las políticas de inmigración y el desprecio por las minorías amenazan ese motor histórico del conocimiento. La ciencia floreció gracias a quienes escapaban del horror de regímenes autoritarios. Ahora, el mismo país que les abrió las puertas les dice que ya no son bienvenidos. Y lo hace mientras los presupuestos de investigación se hunden y la ignorancia se convierte en doctrina de Estado.
El pacto entre ciencia y democracia que permitió avances médicos, tecnológicos y sociales sin precedentes está siendo dinamitado desde la Casa Blanca. Los Nobel lo gritan, aun sabiendo que muchos colegas callan por miedo a represalias. El autoritarismo no necesita hogueras ni censores: basta con cortar la financiación y sembrar el miedo para que el silencio se imponga en los laboratorios.
Si Trump sigue gobernando así, el futuro de la ciencia en Estados Unidos no será un laboratorio, será un desierto.
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