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Doce millones de euros en donaciones ciudadanas para las víctimas de la DANA siguen sin destino claro. Un año después, la Generalitat calla y el barro no solo cubre las calles, también la transparencia.
EL SILENCIO DEL CONSOLIDADO: CUANDO LA SOLIDARIDAD DESAPARECE EN LOS DESPACHOS
El 1 de noviembre de 2024, medio millón de valencianas y valencianos se afanaban en limpiar sus casas, rescatar enseres y sobrevivir al desastre que dejó la peor DANA en décadas. No había agua potable, ni electricidad, ni transporte. La solidaridad se convirtió en una cuestión de supervivencia. Fue entonces cuando el Consell de Carlos Mazón abrió una cuenta solidaria en el Banco Sabadell, animando a la ciudadanía a donar dinero “para apoyar a los afectados por la DANA”.
Prometieron que cada euro iría destinado a las víctimas. No ha sido así.
Un año después, 12.317.471,70 euros duermen en un limbo administrativo. Ese dinero no aparece en los presupuestos, no se ha publicado su transferencia al erario público en el Diario Oficial de la Generalitat Valenciana, y ninguna conselleria puede (o quiere) explicar en qué se ha gastado. Ni una resolución, ni un informe, ni una comparecencia. Solo silencio.
Las aportaciones fueron modestas: 5, 10, 20, 100 euros. Miles de personas y pequeñas empresas decidieron contribuir pese a que ya pagan impuestos. Lo hicieron porque las imágenes del desastre eran insoportables. Lo hicieron confiando en su Gobierno. Y ese Gobierno hoy les da la espalda.
CUENTAS QUE NO CUADRAN: 12 MILLONES PERDIDOS ENTRE PROMESAS Y OPACIDAD
El mecanismo era sencillo: una cuenta abierta por la Generalitat, con titularidad pública, alojada en una entidad privada. El Sabadell prometió aportar un euro por cada donado, con un mínimo de 500.000 euros, que finalmente fueron tres millones. Pero nadie sabe si ese dinero llegó a quienes lo necesitaban.
Para que esas donaciones se integren legalmente en el presupuesto autonómico, debe aprobarse una resolución de generación de crédito, publicada en el DOGV. Nada de eso ha ocurrido. No hay rastro oficial.
Ni en Hacienda, ni en Transparencia, ni en la Vicepresidencia de Recuperación. Todos los departamentos responsables han dejado de responder llamadas y correos cuando se les pregunta por el destino del dinero.
En marzo, el Consell filtró a El Español que los fondos se destinarían a autónomos y microempresas afectadas, gestionados por cuatro entidades: ATA, Unió Gremial, Confecomerç y la Cámara de Comercio.
El problema es que esas cuatro organizaciones no saben nada de ese dinero. Ni lo gestionan, ni han recibido instrucción alguna. “No hemos oído hablar de ello”, confirman. “No gestionamos dinero público”, añaden. El supuesto plan de apoyo nunca existió más allá de la filtración interesada a un medio afín.
Mientras tanto, los únicos programas de reactivación económica en marcha provienen del presupuesto ordinario de la Generalitat o de la Diputación de València, sin mención alguna a las donaciones solidarias. Ni un céntimo de esos 12 millones figura en el origen de las ayudas al comercio local o los bonos sociales.
El dinero no está donde dijeron que estaría.
EL BARRO ADMINISTRATIVO Y LA VERDADERA DANA
Un año después de la catástrofe, las familias siguen esperando respuestas. No saben si su solidaridad sirvió para algo. La Generalitat de Mazón, que gestiona un presupuesto de más de 31.000 millones de euros, pidió a la ciudadanía que cubriera con donaciones lo que el Estado debía garantizar con recursos públicos. Y lo hizo con un discurso de emergencia que apelaba a la emoción y a la caridad, no a la responsabilidad institucional.
Hoy, esa apelación a la solidaridad se ha convertido en un agujero negro. Un millón por mes desaparecido. Doce millones sin destino. Doce millones de razones para desconfiar.
El dinero donado tras una tragedia no es un favor, es un compromiso público. No se puede esconder detrás de la burocracia, ni mucho menos desaparecer entre los pliegues del presupuesto. Cada euro no rendido es una mentira sobre las ruinas de Paiporta, Orihuela o Alzira.
La DANA arrasó calles, pero Mazón y su gobierno arrasan la confianza.
Y cuando la transparencia se inunda, lo que queda no es barro. Es corrupción.
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