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Una radiografía de cómo se fabrica la “crisis del feminismo” desde el poder político y mediático
Un debate construido para erosionar derechos, colocar el marco ultra y normalizar el negacionismo en la televisión pública valenciana.
EL DEBATE COMO COARTADA PARA BLANQUEAR EL NEGACIONISMO
Toni Cantó vuelve. Esta vez no a un partido político, sino a la televisión pública valenciana. Y lo hace inaugurando El debat con un tema que lleva meses siendo machacado por los mismos actores que han construido su carrera cuestionando derechos básicos: el llamado “feminismo en crisis”.
El programa, emitido en la noche del viernes, arranca con una mesa que pretende simular pluralidad pero que en realidad coloca en el centro el marco de la reacción: ¿está el feminismo roto? ¿Ha ido “demasiado lejos”? ¿Existen “denuncias falsas”? Todo ello empaquetado en un formato supuestamente neutro que pretende reflejar la “polarización” de la sociedad. Neutro no es.
Los y las invitadas elegidas para el estreno dicen mucho más que el propio guion. Elisabeth Duval, filósofa y escritora trans, enfrenta en la misma mesa a Pilar Rodríguez Losantos, presidenta de OK Diario, altavoz habitual de campañas contra la ley trans y contra las víctimas de violencia machista; a Xelo Álvarez, presidenta de la asociación Alanna; y a la periodista María Claver, conocida por su defensa de posiciones conservadoras. El menú está servido. La pregunta es sencilla: ¿es esto un debate equilibrado o un ring construido para colocar la agenda del nuevo gobierno valenciano?
La cosa no se queda ahí. El espacio “cara a cara” empareja a la periodista Pilar Tamayo con Pedro Herrero, definido por el programa como “defensor de la familia tradicional que se autodenomina faminazi”. Una etiqueta irónica, dirán. Un regalo propagandístico para la extrema derecha, diríamos quienes observamos la deriva mediática que se está construyendo desde octubre.
El plato fuerte llega con las entrevistas: Lucía Etxebarria, que rechaza abiertamente la ley trans y cuyo discurso ha sido celebradísimo por los sectores más reaccionarios, y Juan Soto Ivars, autor de un libro sobre las “denuncias falsas” que no tienen soporte en la evidencia empírica. Un binomio perfecto para reforzar el mensaje de la supuesta crisis feminista, convenientemente colocado en el prime time de una televisión pública.
No hay azar. Hay estrategia. Y es cristalina.
RECORTE EDITORIAL, HUÍDA DE PROFESIONALES Y UN MENSAJE POLÍTICO: AQUÍ MANDA LA REACCIÓN
Desde el 20 de octubre, el movimiento feminista valenciano viene denunciando la deriva editorial de À Punt. La reducción del tratamiento de la violencia de género en el libro de estilo, el recorte de la perspectiva de género y la supresión de las recomendaciones sobre el uso de lenguaje inclusivo han provocado un goteo de bajas de periodistas a quienes se les ha reconocido la cláusula de conciencia. Esa figura no se activa por capricho, sino por alarma profesional.
Las entidades feministas lo dijeron claro: descafeinar los principios de igualdad es institucionalizar el negacionismo. Y no es una metáfora. El libro de estilo ha eliminado el capítulo específico sobre el tratamiento informativo de la violencia machista. En un país donde 65 mujeres fueron asesinadas en 2023, según datos del Ministerio de Igualdad, borrar ese marco es un gesto de enorme impacto político. Significa desmantelar una guía que protegía a víctimas, periodistas y ciudadanía de discursos manipulados que buscan diluir la violencia estructural en un océano de supuestas “polémicas”.
La Coordinadora Feminista de Valencia fue aún más contundente: el nuevo libro de estilo vulnera la legislación estatal y autonómica en materia de igualdad y de violencia contra las mujeres. Y es ahí donde aparece el nombre de Toni Cantó, una figura que ha transitado por más siglas que ideas firmes y que ahora aterriza en un espacio de debate para convertir la televisión pública en un laboratorio ideológico.
Es legítimo preguntarse: ¿a quién beneficia este giro? ¿A quién sirve que À Punt borre la perspectiva de género, recupere discursos ya desmontados científicamente y coloque en su programa inaugural a las voces que durante años han sostenido la arquitectura argumental de la ultraderecha?
La respuesta no es complicada. Y tampoco es nueva. Forma parte de una estrategia más amplia: erosionar derechos desde dentro de las instituciones, convertir el negacionismo en opinión respetable y vestir de pluralidad lo que no es más que una operación de blanqueamiento.
El mensaje es simple, directo y peligroso: si el feminismo está en crisis (dicen ellos), entonces tiene sentido revisarlo. Y si tiene sentido revisarlo, también lo tiene recortar derechos, retroceder en igualdad y abrir la puerta a quienes llevan años mintiendo sobre las víctimas.
Una televisión pública no debería ser el vehículo para eso. Pero aquí estamos.
Y mientras À Punt proclama que solo están “reflejando la calle”, lo que de verdad están reflejando es quién manda ahora y qué discursos tocan imponer.
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