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La presidenta madrileña viajó a México a hacer política de derechas, provocó un choque innecesario y volvió convertida en mártir de una persecución que no ha probado.
Isabel Díaz Ayuso llegó a México con una estrategia de sobra conocida: convertir cualquier respuesta crítica en una supuesta agresión contra ella. No fue una agenda institucional limpia. No fue una visita neutra. Fue una gira con carga ideológica, con homenaje a Hernán Cortés incluido, con declaraciones previas en las que había llegado a calificar a México de “narcoestado de izquierdas” y con una necesidad política evidente: fabricar un conflicto exterior para alimentar el consumo interno de su parroquia madrileña.
El problema es que el relato empezó a hacer agua enseguida. Ayuso sostiene que Claudia Sheinbaum presionó a los organizadores de los premios Platino para que le retiraran la invitación. Pero el Grupo Xcaret, responsable del espacio donde se celebraban los premios, negó haber recibido amenazas o instrucciones del Gobierno mexicano y explicó que la retirada respondía a las “desafortunadas” declaraciones de la presidenta madrileña y al riesgo de convertir el evento en una plataforma política. Ahí está el primer boomerang: acusó sin pruebas y fue desmentida por quienes podían confirmar o hundir su versión.
Ayuso no se limitó a denunciar una incomodidad diplomática. Elevó el tono hasta presentar su viaje como una especie de operación de acoso institucional. Habló de boicot, de amenazas, de peligro, de abandono. Todo muy grave. Todo muy rentable en televisión. Todo muy poco documentado. La presidenta madrileña cortó su agenda el 8 de mayo, pese a tener citas previstas hasta el 12 de mayo, y desde ahí levantó una nube de sospechas sobre México, sobre Sheinbaum y sobre el Gobierno español.
La escena es bastante burda. Primero se viaja a otro país a agitar símbolos coloniales, a participar en un homenaje a Hernán Cortés y a hablar de la conquista como si aquello hubiera sido una excursión sentimental. Luego, cuando la sociedad mexicana y su Gobierno responden políticamente, se grita persecución. La derecha llama libertad a provocar y censura a que alguien le conteste. Esa es la trampa. Vieja, pero eficaz.
Sheinbaum, por su parte, no necesitó insultar. Bastó con ironizar. Dijo que resultaba difícil que a alguien le fuera bien en México si iba a homenajear a Hernán Cortés y remató la jugada con una frase venenosa: no creía que Ayuso pensara tan mal de México si había pasado sus vacaciones allí. La presidenta mexicana también defendió que el país no había limitado su presencia ni sus contactos.
SEGURIDAD, AGENDA OPACA Y PROPAGANDA CON DINERO PÚBLICO
La segunda gran mentira gira alrededor de la seguridad. Ayuso dijo en televisión que tuvo que buscarse su propia protección porque nadie le ofreció nada. El Gobierno español sostiene lo contrario: que se le ofreció ayuda para cuestiones de seguridad, que su equipo la rechazó y que ni siquiera quiso facilitar la agenda del viaje. Cuando una presidenta autonómica viaja al extranjero, acusa a dos gobiernos y no entrega pruebas, el problema ya no es diplomático: es democrático.
La versión de la presidenta madrileña sobre el “peligro” tampoco aparece respaldada por hechos sólidos. En Aguascalientes, según la reconstrucción publicada por El País, hubo protestas pequeñas, presencia policial y ningún episodio acreditado de agresión directa contra ella. En el Congreso local no superaban la veintena de personas. En la feria de San Marcos había un cordón policial de una treintena de agentes. Nadie apareció. Y, aun así, el relato que llegó a Madrid fue el de una líder cercada por hordas. Qué casualidad. Siempre hay hordas cuando conviene tapar preguntas.
También queda en el aire qué ocurrió tras suspender la agenda. La Comunidad de Madrid respondió que Ayuso cumplió con la agenda de los premios Platino salvo asistir a la gala, recibiendo a organizadores, actores y productores. Pero en la agenda oficial no constaban actos de ese tipo. Público trasladó ocho preguntas a la Comunidad de Madrid sobre seguridad, agenda, pruebas del supuesto boicot, reuniones empresariales y consecuencias de sus declaraciones contra México. La respuesta oficial fue que Ayuso ya lo había contestado todo en Cuatro. Según Público, no era cierto: solo había respondido a una.
Y luego está la parte empresarial, el envoltorio serio del viaje. El 6 de mayo, la Comunidad de Madrid anunció una inversión de 77 millones de euros del Grupo Alsea para abrir 78 nuevos establecimientos y crear 2.400 empleos en Madrid. Esa fue la gran cifra vendible. La parte útil para el titular. Pero cuando se pregunta por la lista detallada de empresarios con los que se reunió, por los resultados concretos o por el contenido real de esos encuentros, la transparencia se evapora.
Ayuso quería vender gestión y acabó vendiendo agravio. Quería presentarse como embajadora económica y terminó actuando como agitadora de plató. Fue a México con una mochila cargada de provocación colonial, convirtió una retirada de invitación en conspiración de Estado, culpó al Gobierno español de un abandono que este niega, acusó al Gobierno mexicano sin aportar pruebas y dejó una agenda cortada, opaca y llena de huecos.
No es diplomacia. Es propaganda con pasaporte institucional. Y cuando la propaganda se estrella contra los hechos, solo quedan dos opciones: rectificar o seguir mintiendo más alto. Ayuso eligió lo segundo.
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