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El primer ministro británico se aferra a Downing Street tras la debacle del 7 de mayo, con cerca de 90 diputados pidiendo su salida, más de un centenar intentando cerrar filas y la ultraderecha de Reform UK convirtiendo el hundimiento laborista en combustible político.
EL LABORISMO YA NO DISCUTE UNA CRISIS: DISCUTE UNA SUPERVIVENCIA
Keir Starmer llegó al número 10 de Downing Street en julio de 2024 con una mayoría histórica. La mayor del Partido Laborista en escaños desde 1997. Venía envuelto en una promesa muy sencilla: cerrar el ciclo de los conservadores, poner orden después de 14 años de deterioro tory y devolver algo parecido a la estabilidad a un país triturado por el Brexit, la austeridad, el espectáculo de Boris Johnson y la caricatura económica de Liz Truss.
Menos de dos años después, la escena es otra. Starmer ya no aparece como el gestor sobrio que iba a reparar el Estado. Aparece como un primer ministro cercado por los suyos, sostenido por una parte del grupo parlamentario y señalado por otra. Cerca de 90 diputados laboristas exigen su renuncia o, como mínimo, un calendario de salida. Más de 100 parlamentarios han firmado una carta para frenar una batalla abierta por el liderazgo y repetir que “no es el momento” de abrir una contienda interna. Qué frase más reveladora. No dicen que Starmer esté fuerte. Dicen que abrir la puerta ahora sería demasiado peligroso.
El problema es que la puerta ya está abierta. La abrió la realidad.
Las elecciones del 7 de mayo han funcionado como una autopsia política. El Partido Laborista perdió el control de más de treinta consejos municipales en Inglaterra y alrededor de 1.500 concejales. No es un tropiezo. Es una demolición. En Gales, el golpe fue todavía más simbólico: el laborismo perdió por primera vez el Gobierno autónomo desde la devolución de poderes de 1999, y Plaid Cymru se convirtió en la fuerza más votada con 43 escaños. La primera ministra laborista galesa, Eluned Morgan, perdió incluso su propio escaño. Hay derrotas que duelen. Y luego están las que explican una época.
Starmer no ha caído por un único error. Ha caído por acumulación. Por gobernar como si la mayoría absoluta fuese un escudo permanente. Por recortar el subsidio de calefacción invernal en plena crisis del coste de vida. Por sostener decisiones que sonaban a tecnocracia fría mientras millones de personas seguían contando libras antes de encender la calefacción. Por el escándalo del nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Washington, marcado por su vínculo con Jeffrey Epstein. Por una economía que no termina de despegar y por una promesa de cambio que, para demasiada gente, empezó a parecer una administración más elegante de la misma resignación.
Y ahí está el fondo del asunto. Starmer prometió estabilidad. Pero la estabilidad, cuando no cambia la vida de la gente, se parece demasiado al inmovilismo.
DOWNING STREET SE CIERRA, LOS MERCADOS TIEMBLAN Y FARAGE AVANZA
El reglamento interno laborista fija en el 20% del grupo parlamentario el umbral para activar formalmente un proceso de liderazgo. Eso son 81 escaños. Los críticos ya han rebasado esa cifra política, aunque el proceso solo se pone realmente en marcha si alguien da el paso y presenta una candidatura. De momento, nadie lo ha hecho. Nadie quiere ser el primero en sacar el cuchillo en público. Pero todos ven la sangre.
Cuatro miembros del Gobierno han dimitido alegando falta de confianza en el primer ministro. The Guardian recoge las salidas de Jess Phillips, Zubir Ahmed, Alex Davies-Jones y Miatta Fahnbulleh, mientras Starmer insiste en que no dimitirá si no hay desafío formal. El mensaje desde Downing Street es claro: resistir, aguantar, cerrar filas. La política británica conoce bien este teatro. Thatcher cayó en 1990 sin pasar por unas elecciones generales. Tony Blair fue empujado a la salida en 2007. Theresa May, Boris Johnson y Liz Truss fueron devorados por la misma maquinaria conservadora que antes parecía invencible. En Reino Unido, un partido puede cambiar de líder y de primer ministro sin consultar al país. Democracia parlamentaria, sí. Pero también una forma muy británica de ejecutar cadáveres políticos con moqueta limpia.
Starmer intenta presentarse como el adulto responsable en una sala llena de pirómanos. En la reunión del gabinete del martes fue tajante: las últimas 48 horas habían sido “muy desestabilizadoras” y habían tenido un coste real para el país y las familias. El problema es que ese argumento tiene truco. Porque la inestabilidad no viene solo de quienes piden su salida. Viene de una dirección que ha perdido autoridad, de un proyecto que no emociona y de un electorado que está castigando al laborismo por varios flancos a la vez.
Los mercados también han leído la escena. La rentabilidad de los bonos soberanos británicos a 30 años escaló hasta el entorno del 5,8%, su nivel más alto desde 1998, y la libra cayó frente al dólar. Es decir: el país que Starmer prometía estabilizar empieza a oler otra vez a nerviosismo financiero, a incertidumbre, a Gobierno mirando más hacia dentro que hacia fuera.
Y mientras el laborismo se pregunta si debe cambiar de líder, Nigel Farage ya ha cambiado el tablero.
Reform UK obtuvo 1.244 concejales más, según los datos recogidos en la información original, y se hizo con el control de consejos como Essex, Newcastle-under-Lyme, Havering, Suffolk y Sunderland. Otras estimaciones finales elevan todavía más la magnitud del salto municipal de Reform, con un avance muy superior al que cualquier formación ultra podía imaginar hace apenas unos años. Lo importante no es solo la cifra. Lo importante es el mensaje político: Farage ya no vive únicamente del ruido mediático. Está empezando a construir poder territorial.
Su frase es puro manual populista: Reform ya no sería “un voto de protesta”, sino “un partido verdaderamente nacional que ha llegado para quedarse”. Lo dice el mismo hombre que lleva años vendiendo decadencia, frontera, miedo e inmigración como explicación universal de todos los males británicos. Antes agitó el Brexit. Ahora agita la seguridad, el malestar social y el resentimiento contra el “viejo establishment”. Y le funciona. Le funciona porque el centro prometió orden y entregó frustración. Le funciona porque los conservadores se hunden hacia Reform y porque una parte del voto laborista tradicional se dispersa hacia los Verdes, hacia el independentismo o hacia la abstención.
El terremoto tampoco termina en Inglaterra. En Escocia, el SNP obtuvo su quinta victoria consecutiva en Holyrood con 58 escaños, siete por debajo de la mayoría absoluta. Reform UK irrumpió con 17 escaños, los mismos que el Partido Laborista escocés. Y, sumando los 15 de los Verdes escoceses, el bloque proindependencia alcanza 73 de los 129 escaños del Parlamento. Reino Unido se deshilacha por varias costuras a la vez. La social, la territorial, la económica y la política.
Ese es el verdadero drama de Starmer. No solo está acorralado por diputados que quieren salvar su escaño. Está acorralado por una contradicción más profunda: ganó prometiendo cerrar una etapa, pero no ha abierto otra. Quiso presentarse como la cura al caos conservador, pero su Gobierno ya empieza a generar su propio caos. Quiso ocupar el centro como si el centro fuera un refugio, cuando en realidad puede convertirse en una sala de espera: allí donde los partidos van a morir lentamente mientras la extrema derecha aprende a hablar el idioma del enfado.
Farage no ha ganado porque tenga razón. Ha ganado terreno porque muchos sienten que los demás ya no saben ni qué prometer. Y cuando un Gobierno progresista gobierna sin pulso, sin audacia y sin mejorar lo material, deja la puerta abierta a los vendedores de veneno.
Starmer sigue en Downing Street. Por ahora. Pero cada día que pasa sin una respuesta política real, sin un giro reconocible y sin una reparación concreta para la gente golpeada por la crisis del coste de vida, esa puerta se abre un poco más. Y al otro lado no espera una derecha normal. Espera Farage.
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