Solo el 1% de los documentos se ha publicado: cómo Trump tapa el caso Epstein con la agenda imperial
Mientras el ruido bélico ocupa portadas, el Estado estadounidense incumple su promesa de transparencia sobre la red de abusos.
El caso Epstein no se diluyó por casualidad. Se enterró bajo una avalancha de titulares diseñados para desplazar el foco. A finales de 2025, la publicación íntegra de los archivos del financiero pederasta se presentó como un gesto de rendición de cuentas. En enero de 2026, la realidad es otra: menos del 1% de los documentos ha visto la luz. La cifra importa. 12.285 archivos publicados frente a un volumen que se mide en cientos de miles. La fecha también importa. La ley obligaba a hacerlo antes del 19 de diciembre de 2025. El incumplimiento es palmario.
El presidente Donald Trump prometió transparencia en campaña y la convirtió en una concesión a regañadientes cuando su propia base empezó a exigirla. El resultado fue una primera tanda mínima y un silencio administrativo posterior. El reloj corrió y la opacidad ganó. No hubo explicación convincente. Hubo, en cambio, una coreografía conocida: saturar la conversación con amenazas externas y gestos de fuerza.
EL RUIDO COMO CORTINA DE HUMO
El calendario no engaña. La parálisis informativa sobre Epstein coincide con la intensificación de la retórica y las operaciones en el exterior. Venezuela, Irán y Groenlandia entraron en la escena como prioridades urgentes. La intervención en el país caribeño y el secuestro de Nicolás Maduro irrumpieron como un tsunami mediático. La política exterior volvió a servir de anestesia para una crisis doméstica que incomodaba al poder.
El patrón es antiguo. Cuando la transparencia amenaza, se invoca la seguridad. Cuando la pregunta es quién protegió a quién en una red de abusos, la respuesta oficial se desplaza a mapas y portaaviones. En enero de 2026, el Senado debatía cómo frenar nuevas aventuras militares mientras el Departamento de Justicia seguía dosificando papeles. La agenda bélica compró tiempo.
La presión no vino solo de la oposición. Dentro del trumpismo, la promesa incumplida abrió grietas. La reacción fue acelerar el ruido. Amenazas sobre Groenlandia, advertencias a Irán en medio de protestas reprimidas con violencia, y mensajes sobre Cuba, Colombia y México completaron el decorado. La política como espectáculo para tapar responsabilidades.
JUSTICIA CAPTURADA, ARCHIVOS SECUESTRADOS
La letra pequeña explica el bloqueo. El Departamento de Justicia se transformó en un aparato disciplinado por lealtades. Purgas internas y nombramientos afines convirtieron a la institución en un dique contra la rendición de cuentas. La orden de publicación incluía una cláusula amplia que permite reservar documentos si “pueden poner en peligro una investigación federal”. Una coartada perfecta cuando la investigación ya estaba cerrada.
Las y los responsables saben que el caso Epstein no es un expediente más. Es una red. Una constelación de poder económico, político y financiero. Por eso el retraso importa tanto como el contenido. Chuck Schumer, líder de la minoría demócrata, preguntó en público “qué están intentando ocultar” y exigió la lista sin censura de funcionarias y funcionarios y personas políticamente expuestas mencionadas en los archivos. La respuesta fue el silencio.
Mientras tanto, la Casa Blanca anunció en noviembre de 2025 una nueva investigación sobre las relaciones de Epstein con Bill Clinton, Larry Summers, Reid Hoffman y JP Morgan Chase. Una maniobra de dispersión: abrir frentes selectivos para evitar el mapa completo. Señalar nombres no sustituye publicar documentos. Y menos aún cuando el 99% permanece oculto.
El incumplimiento no es técnico. Es político. El Estado decidió no mirar. Y cuando la presión creció, miró hacia fuera. La discusión parlamentaria sobre límites a la guerra ocupó el espacio que debía ocupar la pregunta central: quién protegió a un pederasta y por qué. El senador Tim Kaine anunció iniciativas para bloquear nuevas operaciones militares. La transparencia siguió esperando.
No es un error de gestión. Es una estrategia. Dilatar, fragmentar y cansar. Publicar migajas para alegar cumplimiento. Invocar amenazas para exigir silencio. Convertir la justicia en trámite y la guerra en relato. Las víctimas no aparecen en los comunicados. Los archivos tampoco.
La democracia no se defiende con portadas de misiles mientras se archiva la verdad, y cada día que pasa sin publicar los papeles del caso Epstein confirma que el poder prefiere el estruendo a la justicia.
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