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Cuando la guerra se planifica en despachos y se paga con vidas ajenas, la valentía desaparece y aparece la hipocresía.
Durante décadas nos han contado la misma historia. La guerra como sacrificio necesario. Como destino inevitable. Como una especie de obligación histórica que cae del cielo y ante la que solo queda obedecer. Pero cada cierto tiempo aparece alguien que dice lo que todo el mundo sabe y casi nadie se atreve a pronunciar en voz alta.
Esta vez ha sido Eric Cantona.
Sí, el mismo Cantona que muchos recuerdan por su talento en el fútbol. El mismo que se convirtió en icono cultural en el Manchester United en los años noventa. Y sí, también el mismo que en 1995 protagonizó aquella famosa patada voladora contra un aficionado racista que lo insultaba desde la grada. Un gesto polémico, discutido, pero que para muchas personas simbolizó algo que el deporte profesional suele evitar: confrontar de frente el fascismo cotidiano.
Pero Cantona nunca fue solo un futbolista.
Siempre fue una figura incómoda. Un tipo que habla cuando otros prefieren callar. Y ahora vuelve a hacerlo. En un momento histórico en el que el planeta vuelve a normalizar el lenguaje de la guerra como si fuera parte del paisaje político inevitable.
LA GUERRA SIEMPRE LA DECIDEN OTROS
En el vídeo que circula estos días, Cantona lanza una frase tan simple como devastadora.
Si un presidente decide ir a la guerra, dice, que sea él o sus hijos quienes vayan los primeros al frente.
No es una provocación. Es una pregunta moral. Una de esas preguntas que desmontan en segundos toda la arquitectura del discurso militarista.
Porque la realidad es muy distinta a la narrativa heroica que venden los gobiernos.
Las guerras modernas no las deciden las poblaciones. Las deciden élites políticas, económicas y militares desde despachos climatizados, a miles de kilómetros de las trincheras. Son decisiones tomadas por quienes rara vez pagan el precio directo de sus consecuencias.
Los soldados, en cambio, suelen proceder de otros lugares.
De barrios humildes. De familias trabajadoras. De territorios donde el ejército se presenta como una salida laboral cuando no hay otras. Son jóvenes de veinte años enviados a conflictos que no diseñaron, que no controlan y que muchas veces ni siquiera entienden del todo.
Mientras tanto, quienes aprietan el botón del conflicto permanecen lejos. Muy lejos.
En reuniones internacionales. En cumbres de seguridad. En ruedas de prensa donde la palabra guerra se disfraza con términos más cómodos: “operación”, “misión”, “intervención”, “defensa estratégica”.
Cantona corta esa retórica con una frase brutalmente directa.
Si quienes deciden las guerras tuvieran que enviar primero a sus propios hijos, quizá la diplomacia funcionaría mucho mejor.
EL MILITARISMO COMO NORMALIDAD POLÍTICA
La frase no llega en cualquier momento.
Europa vive un proceso acelerado de militarización política. Desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, los gobiernos europeos han disparado el gasto militar y han comenzado a hablar abiertamente de una nueva era de rearme.
La Comisión Europea ha propuesto planes multimillonarios para reforzar la industria armamentística del continente. La OTAN exige a sus países miembros destinar al menos el 2% del PIB al gasto militar. Y figuras como Ursula von der Leyen repiten con frecuencia el mismo mensaje: Europa debe prepararse para una era de confrontación permanente.
El problema es que esta narrativa convierte la guerra en una especie de horizonte inevitable.
Se habla de disuasión. De seguridad. De defensa estratégica. Pero rara vez se plantea la pregunta que formula Cantona: quién paga realmente el precio humano de esas decisiones.
Porque la historia reciente está llena de ejemplos que desmontan el relato épico.
Las guerras de Irak y Afganistán, impulsadas por Estados Unidos tras el 11 de septiembre de 2001, provocaron cientos de miles de muertos y millones de personas desplazadas. Ninguno de los líderes que las promovieron pisó jamás una trinchera.
Los conflictos actuales siguen el mismo patrón.
Las decisiones se toman arriba. Las consecuencias se sufren abajo.
Y en medio queda una maquinaria mediática y política dedicada a convencer a las poblaciones de que la guerra es inevitable. De que es necesaria. De que es incluso honorable.
Cantona no propone una teoría geopolítica compleja. No cita tratados internacionales ni informes militares. Simplemente recuerda algo que debería ser evidente.
La guerra siempre parece más aceptable cuando quien la decide no tiene que morir en ella.
Por eso su frase resulta tan incómoda.
Porque rompe el pacto implícito que sostiene el discurso bélico: el de hablar de sacrificios colectivos mientras los riesgos se distribuyen de forma profundamente desigual.
Quizá por eso figuras como Cantona siguen siendo necesarias. Personas que, desde fuera de la política profesional, se permiten decir lo que muchos dirigentes evitan pronunciar.
Porque a veces basta una pregunta sencilla para desnudar una verdad incómoda.
Si quienes deciden las guerras tuvieran que mandar primero a sus hijos al frente, probablemente habría muchas menos guerras.
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