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La cómica vasca denuncia el acoso tras contar sus cinco abortos deseados y llama a romper el tabú del aborto sin culpa.
UN TUIT, CINCO ABORTOS Y UNA CAZA DE BRUJAS EN 2025
Ane Lindane dejó Twitter un día y, al volver, se encontró con una turba moral convertida en tribunal público. Todo empezó con una frase escrita desde la naturalidad más desarmante: “Cinco abortos deseados sin ninguna consecuencia física ni psicológica. No vais a conseguir que vivamos con vergüenza la alegría de haber abortado”. En 2025, decir algo así sigue siendo una herejía.
La exdiputada ultra Macarena Olona rescató aquel mensaje —una simple respuesta privada, ni siquiera un tuit público—, lo sacó de contexto y lo lanzó a su ejército de seguidores. El resultado fue una campaña masiva de odio y acoso, en la que no solo participaron ultras confesionales, sino también cuentas progresistas que compraron el marco moral conservador.
En su entrevista con Marina Lobo en Hasta el coño de (HECD), Lindane resumió la paradoja con precisión quirúrgica: “De la extrema derecha te esperas que te llamen satanasa o abortera demoníaca, pero duele ver a gente de izquierdas repitiendo el mismo discurso bioesencialista”.
El puritanismo ha mutado, pero no ha muerto. Su forma actual no son las sotanas, sino los “peros”. “Estoy a favor del aborto, pero cinco son muchos”, escribían quienes se dicen feministas. Como si existiera una contabilidad moral del útero, un límite aceptable antes de cruzar al pecado.
Lindane no lo esquiva: “Cuando el embarazo no es deseado, el aborto sí lo es. Y eso no tiene por qué ser doloroso. Puede ser un alivio. Puede ser una alegría.” Esa frase, simple y científica, sigue siendo dinamita en un país donde la culpa religiosa se disfraza de opinión.
CUERPOS VIGILADOS, DERECHOS CONDICIONALES
En la charla con Marina Lobo, Ane desmonta uno a uno los mitos del puritanismo contemporáneo: el supuesto “síndrome postaborto”, la idea de que un aborto múltiple implica irresponsabilidad o el paternalismo médico que impide a mujeres menores de 35 años ligarse las trompas “por si se arrepienten”.
“Yo tuve que pelear diez años para una salpingectomía bilateral”, contó. “Nadie le dice a una mujer que quiere tener hijos con 34 años que es demasiado joven o que podría arrepentirse. Pero si decides no tenerlos, de repente el mundo entero se siente con derecho a opinar.”
La conversación sirve de espejo social. Porque el problema no es el aborto, sino la necesidad de justificarlo ante un sistema que sigue considerando la maternidad como destino natural.
Lindane lo explica sin dramatismo, pero con rabia lúcida: “La única forma que tienen de disuadirnos es mediante el terror. Nos obligan a vivirlo como algo terrible y si no lo vivimos así, nos avergüenzan. Muchas mujeres sienten culpa por no sufrir. Porque incluso la alegría se les ha prohibido.”
Marina Lobo apunta el otro lado del absurdo: “¿Cuál es el número correcto de abortos?”. Y la respuesta, por supuesto, es que no existe. Cada aborto es una decisión concreta, tomada por razones personales y legítimas. Lo que no es legítimo es el control social disfrazado de empatía.
Lindane reivindica algo elemental pero revolucionario: que el aborto es un derecho sanitario, no una penitencia. Que no tiene por qué doler, ni física ni emocionalmente. Que la mayoría de abortos se realizan en las primeras semanas, con medicación, en casa, sin quirófanos ni traumas.
Y que “el horror no está en el procedimiento, sino en la culpa que te imponen.”
EL DERECHO A DECIDIR SIN CULPA NI PERDÓN
El testimonio de Ane Lindane llega en un momento político donde la ultraderecha española —con Ayuso y Olona a la cabeza— reabre el debate sobre el aborto como arma electoral. En paralelo, el Gobierno central plantea blindar en la Constitución el derecho a decidir, tras incluirlo en el artículo 43 como parte del derecho a la salud.
Mientras tanto, en Euskadi, los abortos dejan de derivarse a clínicas privadas y comienzan a practicarse en la sanidad pública, rompiendo el negocio encubierto de las clínicas concertadas que durante años cobraban en metálico y sin factura. “Se les acaba el chollo”, celebró Lindane.
Pero el avance institucional choca con la reacción cultural: a las puertas de muchas clínicas siguen rezando fanáticos que acosan a las mujeres. Ane lo resumió con humor y rabia en un tuit: “Si vosotros venís a nuestras clínicas abortivas a rezar, nosotras iremos a abortar a vuestras iglesias a ver quién traumatiza a quién.”
Lo que revela su historia no es un caso aislado, sino una radiografía del puritanismo contemporáneo: disfrazado de empatía, maquillado de progresismo y alimentado por la inercia católica.
Su discurso es incómodo porque rompe la ecuación entre moral y maternidad, entre culpa y control. Porque no necesita pedir perdón.
Ane Lindane lo dice sin temblar: “Abortar fue un alivio, fue una alegría. Y no voy a fingir que fue un drama solo para que otros duerman tranquilos.”
Eso es lo que más duele al puritanismo: que una mujer diga que decidió, y que esa decisión no le pesó.
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