José Manuel Soto y el negocio del “no”: cuanto más ultra, más rentable
José Manuel Soto volvió a la televisión y volvió a hacer lo que ya forma parte de su personaje público: colocar una frase reaccionaria en horario de consumo masivo y esperar a que el incendio haga el resto. Esta vez fue en De Viernes, tras su paso por Supervivientes 2026, donde recuperó sus declaraciones sobre el consentimiento y la Ley del solo sí es sí. No para rectificar. No para matizar. Para insistir.
Años atrás, Soto escribió en redes que un “no” podía ser “un no”, pero también “un ya veremos” o un “cúrratelo un poco más, chaval”. Añadió otra frase todavía más reveladora: “Si un ‘no’ fuera siempre un ‘no’, muchos no hubiéramos venido al mundo”. La frase quedó ahí, como quedan tantas cosas en este país: flotando entre el chascarrillo machista, la nostalgia del señorito y la coartada de “solo era una opinión”. Pero no era una opinión cualquiera. Era una forma de negar el centro mismo del consentimiento.
El 28 de junio, en Telecinco, lejos de admitir que aquello fue un disparate, Soto volvió a la carga: “Eso fue cuando la Ley del solo sí es sí, que cuando una mujer te dice que no, es que no. Y eso no es así”. Después remató la faena: “Hay veces que una mujer te dice que no y al siguiente día te dice que sí. En ese momento, no. Pero tú sabes perfectamente que las mujeres cuando te dicen que no, a veces te están diciendo: ‘Cúrratelo un poquito más’”. Ahí está el problema. Entero. Sin maquillaje.
Héctor Bellerín señala la homofobia del fútbol: el vestuario que expulsa a quien no obedece
Héctor Bellerín fue este martes al programa Cara al show, de Marc Giró, en La Sexta, y dijo algo que el fútbol profesional suele esconder bajo toneladas de épica barata, patrocinadores y testosterona televisada: la homofobia sigue ahí. Viva. Funcional. Protegida por el ruido del estadio y por esa coartada infantil de “son cosas del fútbol”. No, no son cosas del fútbol. Son cosas del machismo. Y del negocio. Y de una cultura deportiva que ha confundido durante décadas la competitividad con la vigilancia policial de la masculinidad.
El jugador del Real Betis Balompié, que aparece en la noticia durante un partido contra el FC Barcelona el 17 de mayo, habló en el programa emitido este martes sobre los comentarios homófobos que ha recibido y sigue recibiendo. No estamos hablando de un debate abstracto. Hablamos de insultos concretos, de cuerpos concretos, de jugadores concretos. Hablamos de cómo un futbolista puede ser señalado por pintarse las uñas, llevar falda o posicionarse políticamente, mientras a otros se les celebra cualquier gesto cavernario siempre que encaje en el molde del “tío de vestuario”.
Almeida convierte el Ayuntamiento en una agencia de colocación del PP
Hay gente que tarda meses en encontrar empleo. Hay jóvenes con máster, idiomas, alquiler imposible y contratos basura que encadenan entrevistas para cobrar poco más que la supervivencia. Hay trabajadoras y trabajadores públicos que opositan durante años para acceder a una plaza con garantías. Y luego está Madrid. O mejor dicho: el Madrid del PP, ese ecosistema donde algunas puertas no se abren por mérito, sino por parentesco político, cercanía institucional y una red de favores que ya ni se molesta en disimular.
El Ayuntamiento de José Luis Martínez-Almeida ha tardado un solo día en recolocar a F. T., pareja de Jorge Rodrigo, consejero de Vivienda, Transportes e Infraestructuras de Isabel Díaz Ayuso, después de su salida forzosa de la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo. Un día. Ni una semana de luto administrativo. Ni una pausa para guardar las formas. Un día para salir de una empresa pública donde su contratación había sido cuestionada por la Oficina Antifraude y entrar como personal eventual en el equipo del alcalde.
Ester Expósito contra el ‘puritanismo rancio’: “Me parece hipócrita que se apropien de nuestro discurso para quitarnos libertad”
Ester Expósito se sentó el 24 de junio en el sofá de Henar Álvarez, en Al cielo con ella, y no fue precisamente para esquivar el asunto. La actriz abordó la polémica de la Casita de Bad Bunny, esa parte del escenario del cantante puertorriqueño en la que apareció bailando y que, por lo visto, ha servido para que media España descubra una nueva emergencia nacional: una mujer joven moviéndose como le da la gana.
Antes de entrar al barro, Expósito hizo algo bastante más honesto que muchas de las personas que la han señalado. Aclaró que la demanda de diversidad le parece necesaria. “Que se pida diversidad y cuerpos distintos de mujeres me parece maravilloso y estoy totalmente de acuerdo”, vino a decir. Queremos ver la realidad. Mujeres distintas, cuerpos distintos. Hasta ahí, ningún problema. El problema empieza cuando esa reivindicación se utiliza como coartada para montar otro juicio moral contra una mujer concreta. Otra vez. Siempre otra vez.
Las supervivientes de Epstein vuelven a pagar el precio de una impunidad obscena
Durante décadas, la red de Jeffrey Epstein funcionó como suelen funcionar las cloacas del poder: con dinero, contactos, silencio y una arquitectura social diseñada para que las víctimas sean siempre sospechosas y los poderosos, apenas nombres incómodos en un expediente. Mujeres y niñas fueron captadas, explotadas y violadas mientras demasiadas instituciones miraban hacia otro lado. Ahora, cuando la desclasificación de los Archivos Epstein debía servir para empujar verdad, justicia y reparación, muchas supervivientes han recibido otro castigo. Otro más. La maquinaria que no las protegió entonces tampoco las protege ahora.
La extrema derecha ya huele la sangre del laborismo británico
Andy Burnham lleva una abeja en la solapa. No es un detalle simpático. Es política condensada en un pin. La abeja representa Manchester, su memoria industrial, su orgullo colectivo y esa idea tan sencilla que el neoliberalismo lleva décadas intentando ridiculizar: que la gente vive mejor cuando lo común funciona. La red Bee, ese sistema de autobuses y tranvías bajo control público y coordinado, se ha convertido en su bandera. Y por eso molesta.
Los gobiernos PP-Vox cuestan derechos: donde mandan juntos, la ciudadanía retrocede
No es una hipótesis. No es una exageración de campaña. No es el miedo preventivo de la izquierda. Donde PP y Vox han gobernado juntos, los derechos han retrocedido. Punto. Los últimos acuerdos alcanzados en Extremadura, Aragón y Castilla y León no son una novedad inocente ni una simple reedición parlamentaria. Son la vuelta al mismo laboratorio reaccionario que ya funcionó entre 2022 y 2024 en cinco comunidades autónomas: Extremadura, Aragón, Castilla y León, País Valencià y Región de Murcia.
El PP intenta venderlo como estabilidad. Vox lo llama “prioridad nacional”. La ciudadanía acaba pagando la factura. Y no precisamente en abstracto. La paga con leyes de memoria mutiladas, políticas de igualdad recortadas, censura cultural, ataques a las personas LGTBIQ+, desprecio a las lenguas propias, hostilidad hacia las personas migrantes y una obsesión casi folclórica por financiar la tauromaquia mientras se recorta en cooperación, sindicatos o cultura.
La gran mentira de la juventud fascista
Nos llevan años diciendo que “la juventud se está haciendo de extrema derecha”. Como si fuera una moda. Como si el fascismo fuese una estética rebelde, una simple respuesta al desencanto o una consecuencia inevitable de la precariedad.
Y no.
Una cosa es que existan jóvenes conservadores, reaccionarios o de derechas. Eso siempre ha existido. Otra muy distinta es el auge de grupos que convierten la violencia en identidad política y que encuentran altavoces constantes en medios, streamers y personajes que han transformado el odio en entretenimiento.
Vídeo | Borja Iglesias deja en evidencia al fútbol domesticado: “Lo que me pide el cuerpo difiere del protocolo” ante Trump
Borja Iglesias ha dicho algo bastante simple: que estrechar la mano de Trump le generaría un conflicto. Y con eso ya ha conseguido enfadar a toda esa gente que pide “libertad de expresión” siempre que nadie diga nada incómodo.
El problema no es el fútbol. Bueno, sí. También. El problema es esta obsesión por fabricar deportistas mudos, perfectamente patrocinables, sin opinión y sin humanidad. Robots con botas. Porque en cuanto uno habla de valores, de política o de dignidad, saltan los mismos de siempre a decir que “mezcla deporte y política”. Como si los Mundiales, la FIFA y las fotos con presidentes fueran neutrales.
Borja Iglesias no incendió nada. Ni siquiera fue especialmente duro. Pero dejó una frase que retrata perfectamente el momento: “Lo que me pide el cuerpo difiere del protocolo”.
Y ahí está todo.
Vídeo | Luis Tosar señala el problema que muchos prefieren no mirar: el machismo reaccionario que seduce a los jóvenes
Luis Tosar dijo en televisión pública algo que muchos llevan años intentando maquillar: que hay chavales reivindicando a Franco mientras se normalizan discursos machistas, rancios y reaccionarios como si fueran “rebeldía”. Y no lo dijo desde el postureo. Lo dijo preocupado. De verdad.
Quizá por eso molestó tanto.
Porque cuando uno de los actores más respetados del cine español habla del avance de la ultraderecha entre adolescentes, ya no pueden esconderse detrás del “son cuatro trolls de internet”. No. Hay algo pasando. Y llevamos demasiado tiempo mirando para otro lado.
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